El vestíbulo acorazado del Banco Internacional era un templo de silencio y luz fría. Arthur Imperial caminaba con paso firme hacia la bóveda, con Julia del brazo. Ella lucía un sombrero de ala ancha que ocultaba parcialmente su rostro, pero su sonrisa era de una confianza absoluta.
Cuando el banquero, el señor Vanderbilt, introdujo la llave, las puertas del ascensor privado se abrieron. Sofía y Elliot aparecieron, seguidos de Leo.
—¡Deténganse! —exclamó Leo, mostrando la orden judicial—. Esta b