Capítulo 4: El precio del talento

El edificio de Vanguard Enterprises se alzaba como una aguja de obsidiana en el corazón financiero. Sofía entró en el vestíbulo, sintiendo que sus pasos resonaban con una fuerza que no sabía que poseía. La recepcionista, una mujer de mirada gélida, no se atrevió a detenerla cuando mencionó el nombre de Elliot. El ascensor privado subió en un silencio absoluto hasta el piso 50, donde el aire parecía más fino y cargado de electricidad.

Cuando las puertas se abrieron, Sofía se encontró en un despacho minimalista. Elliot estaba de pie frente a un ventanal, observando las luces de la ciudad como un general que vigila un campo de batalla. No se dio la vuelta de inmediato.

—Llegas tres minutos tarde, Sofía —dijo Elliot. Su voz era una mezcla de seda y acero—. Eric siempre presumió de que su asistente era el reloj suizo de su compañía.

—Ya no soy su asistente —respondió ella, dejando su maleta cerca de la puerta. Se acercó al escritorio de mármol negro—. Y no vine aquí para hablar de puntualidad.

Elliot se giró. Sus ojos grises eran dos tormentas contenidas. Observó el rostro de Sofía, buscando rastro de lágrimas o desesperación, pero solo encontró una determinación fría.

—Eric dice que eres su "mano derecha", pero todos sabemos que las manos no piensan, solo ejecutan —Elliot se sentó, cruzando las piernas con una elegancia depredadora—. ¿Por qué debería darte asilo? Eres una fugitiva de su cama y de su nómina. Si te contrato, tendré a sus abogados en mi puerta mañana por la mañana.

—No me vas a contratar como empleada, Elliot. Me vas a usar como el arma que destruirá a Imperial Holdings —Sofía abrió su laptop personal—. Eric cree que el sistema Hades le pertenece. Lo que no sabe es que yo escribí el código en un lenguaje que él no entiende y con una arquitectura que se autodestruirá si yo no introduzco una clave cada doce horas.

Elliot se inclinó hacia adelante, su interés finalmente despertado. —¿Estás diciendo que tienes secuestrada la infraestructura de tu propio novio?

—Ex-novio —corrigió ella con firmeza—. Y no es secuestro si el código es de mi autoría intelectual, algo que puedo probar con los registros ocultos en la cadena de bloques que él nunca revisó. Eric me despreció, me llamó "herramienta" y me mandó al sótano. Ahora, quiero que vea cómo su imperio se vuelve ciego mientras tú te quedas con sus clientes.

Elliot soltó una risa seca, desprovista de humor. —Eres más peligrosa de lo que Eric imagina. Pero aquí no hay caridad, Sofía. Si quieres mi protección, tienes que demostrarme que vales el riesgo.

Él deslizó una tablet hacia ella. En la pantalla había una serie de algoritmos de alta frecuencia de Vanguard que habían estado dando errores durante meses. —Mis mejores ingenieros no han podido optimizar esto. Si eres la genio que dices ser, arréglalo en diez minutos. Si no, puedes irte a dormir a la estación de tren.

Sofía no dudó. Se sentó y sus dedos empezaron a bailar sobre el teclado con una gracia casi hipnótica. No miró a Elliot ni una sola vez. En su mente, las líneas de código se organizaban como piezas de un rompecabezas. En ocho minutos, presionó la tecla Enter.

—Hecho —dijo, devolviéndole la tablet—. No solo optimicé la velocidad de ejecución, sino que cerré tres brechas de seguridad que tu equipo ni siquiera había detectado.

Elliot revisó los resultados. El silencio se prolongó durante un minuto eterno. Cuando levantó la vista, la chispa de menosprecio había desaparecido, reemplazada por algo mucho más oscuro y excitante: reconocimiento profesional.

—Te quedarás en la suite del piso 48 —sentenció Elliot, levantándose—. Tendrás acceso a mi servidor privado. No saldrás del edificio sin mi escolta. Por ahora, no eres más que un fantasma en mi máquina. Si Eric te encuentra antes de que estemos listos, te entregaré. ¿Entendido?

—Entendido —respondió ella, sosteniendo su mirada—. Pero no me encontrará. Él está demasiado ocupado pensando que soy incapaz de sobrevivir sin él.

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