La lluvia en las colinas de los Imperial no era una bendición; era una cortina de humo. Esa noche, la mansión parecía respirar con un ritmo pesado, llena de secretos que las paredes de mármol ya no podían contener. Eric, con los ojos inyectados en sangre y una botella de coñac a medio terminar, observaba desde la ventana de su estudio cómo una silueta se deslizaba por el jardín trasero hacia el viejo invernadero abandonado.
No necesitaba verle la cara para saber quién era. El andar grácil y dec