Mi contrato con el CEO: La esposa que él no esperaba

Mi contrato con el CEO: La esposa que él no esperabaES

Romance
Última actualización: 2026-01-16
Vicenta Soler  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Ayer era la esposa invisible de un abogado traidor. Hoy, soy la socia del hombre más poderoso de Manhattan. Cuando encontré a mi esposo con mi propia hermana, mi mundo se detuvo. No solo me arrebataron el amor; me arrebataron mi dignidad y me dejaron en la calle con una maleta empapada. Pero en medio de la tormenta, Nathan Blackwood, el CEO más temido de Wall Street, me ofreció una salida que nadie en su sano juicio aceptaría. Las reglas de nuestro contrato son estrictas: Un matrimonio falso de un año para asegurar su imperio mediático. Habitaciones separadas y ninguna expectativa sentimental. A cambio, él me daría los recursos para recuperar mi herencia y ver caer a quienes me pisotearon. Nathan cree que ha comprado a una esposa dócil que simplemente posará a su lado en las galas. Lo que no sabe es que la Evelyn Mitchell que se escondía detrás de los libros ha muerto. He regresado para reclamar mi lugar, y mientras las sombras del poder nos rodean, el contrato que firmamos con sangre empresarial empieza a quemar con un fuego que ninguno de los dos puede controlar. "Ellos me llamaron débil. Yo los llamo testigos de mi ascenso."

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Capítulo 1

El día que dejé de existir

El olor a rosas y vainilla me golpeó antes de abrir la puerta. No era mi perfume.

Llevaba tres horas atrapada en el tráfico de Manhattan con una botella de champán en el asiento del copiloto y una reservación imposible de conseguir en Le Bernardin. Nuestro quinto aniversario. Cinco años de matrimonio con Derek Mitchell, el abogado más prometedor de Sullivan & Partners. Cinco años siendo la esposa perfecta, la anfitriona impecable, la mujer que aprendió a hacerse invisible para que él brillara.

El apartamento estaba en silencio. Demasiado silencio.

Dejé el champán en la mesa del recibidor y caminé hacia el dormitorio. La puerta estaba entreabierta. Un gemido atravesó el pasillo como un cuchillo.

No era mi voz.

Empujé la puerta. Y el mundo que había construido durante cinco años se desmoronó en tres segundos.

Derek. Mi Derek. Desnudo sobre las sábanas de seda egipcia que elegí con tanto cuidado. Pero no estaba solo.

El cabello rubio que caía sobre la almohada era inconfundible. Lo había trenzado miles de veces cuando éramos niñas. Lo había peinado el día de su graduación. Lo había recogido en un moño elegante hace apenas dos semanas, en su cumpleaños.

Madison. Mi hermana menor.

—¿Eve? —Derek se incorporó de golpe, sin molestarse en cubrirse—. No deberías estar aquí.

No debería estar aquí. En mi propia casa. En mi aniversario.

Madison se envolvió en la sábana con una calma que me heló la sangre. Ni siquiera tuvo la decencia de parecer avergonzada.

—Esto iba a pasar tarde o temprano, Evie —dijo, usando el apodo de mi infancia como si no acabara de apuñalarme—. Derek y yo llevamos meses esperando el momento adecuado para decírtelo.

—¿Meses? —La palabra salió rota de mi garganta.

Derek se levantó de la cama. Cada músculo de su cuerpo me resultaba familiar. Lo había amado con cada fibra de mi ser. Lo había elegido. Y él había elegido a mi hermana.

—Escucha, Eve, no quería que te enteraras así —su voz adoptó ese tono condescendiente que usaba con los pasantes—. Pero ya que estamos aquí, seamos adultos. Esto... —señaló entre él y Madison—... es real. Lo que teníamos tú y yo se acabó hace mucho tiempo.

—Estamos casados —susurré—. Cinco años.

—Cinco años de qué, exactamente. —Derek cruzó los brazos—. ¿De cenas aburridas? ¿De excusas sobre por qué no puedes darme un hijo? Los médicos dijeron que no hay nada malo contigo, Eve. Pero aquí estamos. Cinco años y nada.

Madison se acercó a él, apoyando la mano en su pecho. El diamante de mi madre brillaba en su dedo anular. El anillo que debía heredar yo. El anillo que mamá prometió darme cuando me casara.

—Mamá sabe —dijo Madison, como si leyera mis pensamientos—. Todos saben. Derek y yo vamos a casarnos en cuanto firmes el divorcio. Ya estoy embarazada, Evie. Tres meses.

El suelo desapareció bajo mis pies.

—Deberías irte —continuó Derek—. Mis abogados enviarán los papeles mañana. No intentes pelear. No tienes caso, y francamente, no tienes dinero para costearlo. Firmaste un acuerdo prenupcial, ¿recuerdas?

Recordaba. Recordaba haberlo firmado porque confiaba ciegamente en él. Porque era una estúpida.

—¿Por qué? —Fue lo único que pude decir.

Madison ladeó la cabeza, ese gesto que la hacía parecer un ángel cuando éramos niñas.

—Porque puedo, Evie. Siempre pudiste conformarte con ser la segunda opción. La hermana rellenita. La que no destaca. La que se esconde detrás de los libros mientras yo ganaba concursos de belleza. —Se encogió de hombros—. Derek merece a alguien que esté a su altura. Mírate. Has engordado quince kilos desde la boda. No te cuidas. No te esfuerzas. ¿Esperabas que él se quedara contigo para siempre?

—Madison tiene razón —agregó Derek—. Necesito una esposa que me abra puertas, no que me avergüence en los eventos de la firma. Cada vez que te presento a los socios, veo cómo te miran. Con lástima. La esposa gorda del abogado estrella.

Las palabras cayeron como ácido sobre mi piel. Cada sílaba era una cicatriz nueva.

—Tienes una hora para recoger tus cosas —dijo Derek, consultando su reloj como si tuviera una cita más importante—. Solo lo personal. Todo lo demás se queda. El apartamento, los muebles, el coche... Todo está a mi nombre.

Me moví como un autómata. Saqué una maleta del armario, la misma que usé en nuestra luna de miel. Metí ropa al azar. Documentos. La foto de mis padres el día de su boda. Un collar de perlas falsas que mi abuela me regaló antes de morir.

Madison me observaba desde el umbral de la puerta.

—No te lo tomes tan mal, Evie. Algún día lo entenderás. Esto es lo mejor para todos.

No respondí. ¿Qué podía decir?

Arrastré la maleta hasta el ascensor. El portero me miró con una mezcla de confusión y pena. Claro. Él también sabía. Todo el maldito edificio debía saberlo.

Afuera, Nueva York me recibió con una bofetada de viento helado. Enero en Manhattan es cruel con los que no tienen a dónde ir.

Caminé sin rumbo. Las luces de Times Square parpadeaban a lo lejos, ajenas a mi tragedia. Miles de personas pasaban a mi lado, cada una con su propia vida, sus propios problemas. Para el mundo, yo era invisible. Siempre lo había sido.

El cielo se abrió sin previo aviso. Una lluvia torrencial empapó mi abrigo en segundos. El maquillaje que me había aplicado con tanta ilusión esa mañana corría por mis mejillas como lágrimas negras.

Evelyn Carter. Treinta y tres años. Sin marido. Sin casa. Sin familia. Sin nada.

¿Quién era yo ahora?

Durante cinco años había sido la esposa de Derek Mitchell. Antes de eso, la hermana mayor de Madison Carter. La hija responsable. La que siempre cumplía. La que nunca pedía nada para sí misma.

Y ahora... nada.

Me detuve en una esquina. El semáforo cambió a verde. Los coches aceleraron frente a mí, salpicando agua sucia sobre mi abrigo ya arruinado.

Mi teléfono vibró. Un mensaje de mi madre: "Madison me contó todo. Dale tiempo a tu hermana. Ella lo necesita más que tú. Siempre has sido la fuerte, Evelyn."

La fuerte. La que aguanta. La que sonríe cuando por dentro se está rompiendo en mil pedazos.

Borré el mensaje. Y luego borré el número de mi madre.

La lluvia arreciaba. El frío calaba hasta los huesos. Y de pronto, ya no importaba. Nada importaba. Llevaba toda la vida siendo lo que otros esperaban que fuera, y mira dónde me había llevado.

A ningún lugar.

Di un paso hacia la calle sin mirar.

El chirrido de los frenos rasgó la noche. Luces cegadoras. El rugido de un motor. El tiempo se detuvo.

Un brazo me jaló hacia atrás con fuerza brutal. Mi espalda chocó contra algo sólido. Un pecho. Un latido que no era el mío.

El coche pasó rozándome a centímetros. El conductor gritó algo que se perdió en la lluvia.

—¿Está intentando matarse o es simplemente estúpida?

La voz era grave, cortante como el filo de una navaja. Me giré, todavía atrapada en esos brazos desconocidos.

Ojos grises. Fríos como el acero. Un rostro esculpido con ángulos imposibles, mandíbula tensa, expresión de absoluto fastidio. El traje bajo su abrigo negro costaba más que todo lo que llevaba en mi maleta.

Lo reconocí al instante. Todos en Nueva York lo reconocerían.

Nathan Blackwood. El magnate de las comunicaciones. El hombre que poseía la mitad de los medios del país. El CEO más despiadado de Wall Street.

Y me estaba mirando como si fuera un insecto que acababa de arruinar sus zapatos italianos.

—¿Y bien? —Su agarre no cedía—. ¿Tiene algo que decir o va a quedarse ahí parada como una estatua mojada?

Abrí la boca. Ningún sonido salió.

Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en las marcas de rímel, en mis labios temblorosos, en la maleta abandonada en el charco junto a nosotros.

Algo cambió en su expresión. Algo que no pude descifrar.

—Entra al coche —ordenó, señalando el Mercedes negro estacionado junto a la acera—. Ahora.

El sentido común gritaba que huyera. Que un extraño en la noche, por muy famoso que fuera, era peligroso. Que las mujeres inteligentes no se suben a los coches de desconocidos.

Pero yo ya no era inteligente.

Yo ya no era nada.

Y quizás, solo quizás, eso era exactamente lo que necesitaba.

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