Mundo ficciónIniciar sesiónClara Dawson pensó que era solo otro empleo como niñera. Pero nada en la mansión Blackthorn es normal. Tras sus imponentes muros y pasillos susurrantes, se esconde una niña rota por el silencio... y un hombre aún más peligroso: Alexander Blake. Frío, controlador y marcado por una pérdida que aún arde en las paredes de su casa, Alexander no tolera errores, ni afectos innecesarios. Clara llegó para cuidar a Isla, su hija de seis años. Pero lo que encuentra es un mundo donde sentir está prohibido, y cada vínculo es una amenaza. Aun así, Isla comienza a sonreír... y eso desata la furia del hombre que todo lo vigila. Pero lo que Alexander no esperaba es que Clara no se quebrara tan fácilmente. En un ambiente gótico lleno de secretos, Clara deberá elegir entre su libertad y proteger a una niña que empieza a confiar en ella. Aunque eso signifique desafiar al hombre más temido de todos. ¿Hasta dónde puede llegar una mujer sin nada que perder… cuando empieza a sentir demasiado?
Leer másCapítulo 23 – Lo que el mundo aprende a hacer solo No hubo ceremonia.Nadie anunció el día en que Lucía dejó el valle, ni se marcó en calendario alguno. No se encendieron fuegos ni se apagaron luces. Simplemente, una mañana, la casa de piedra amaneció cerrada, con el cerrojo puesto desde dentro por última vez. El polvo comenzó a asentarse en los escalones con una lentitud respetuosa, como si incluso él comprendiera que ya no había nada que custodiar.El río siguió su curso.El cielo permaneció intacto.El mundo aceptó la ausencia con la serenidad de aquello que ha aprendido a sostenerse sin testigos.⸻Lucía caminó durante horas sin sentir prisa ni dirección impuesta.Por primera vez, el camino no le hablaba. No había señales ocultas en la grava ni advertencias en la inclinación del terreno. Cada bifurcación era una decisión neutra, y esa neutralidad le pesó más que cualquier mandato antiguo.Eligió avanzar no porque debía, sino porque quedarse habría sido una forma distinta de repet
Capítulo 22 – Lo que permanece despierto El mundo no terminó.Lucía abrió los ojos esperando ruinas, grietas en el cielo, una señal inequívoca de que había cometido un error irreversible. Había pasado su vida oyendo que romper un ciclo siempre traía castigo. Sin embargo, el valle seguía allí, respirando con la paciencia de lo que ha sobrevivido a muchas promesas.El amanecer era limpio, casi indecente en su normalidad.La niebla se retiraba de los campos con lentitud, y el canto de los insectos regresaba como si hubiera estado aguardando una señal. Lucía permaneció sentada largo rato, escuchando su propio pulso. Era estable. Humano. Sin ecos superpuestos.Eso la inquietó más que cualquier desastre.Caminó hasta el río verdadero —el que ahora corría sin resistencia ni memoria retenida— y se arrodilló en la orilla. El agua reflejó su rostro con una nitidez extraña. Por primera vez, su imagen no parecía observada desde otro lado.No había nadie detrás de sus ojos.Solo ella.Cuando sume
Capítulo 21 – El umbral que recuerda La llave no abrió una puerta.Abrió un latido antiguo.Cuando Lucía la sostuvo con ambas manos, el aire del internado se plegó sobre sí mismo, como si las ruinas reconocieran por fin a quien regresaba no como intrusa, sino como heredera. El polvo se elevó en espirales lentas, formando símbolos que no eran letras ni figuras, sino intenciones suspendidas.Las paredes, saturadas de años y de silencios impuestos, exhalaron un gemido profundo. Las raíces que habían reclamado el edificio se retiraron apenas, no por miedo, sino por reverencia. Algo había despertado, pero no con violencia.El pasillo frente a ella se alargó.No en distancia, sino en memoria.Cada paso que daba resonaba dos veces: uno en la madera podrida bajo sus pies descalzos, y otro en un espacio que no obedecía a la geometría del mundo. Las sombras no seguían la luz; se plegaban a su presencia, como si el cuerpo de la niña fuera ahora el eje de toda penumbra.—No estás entrando —dijo
Capítulo 20 – Donde el polvo sueñaLa niña creció sin nombre.O, mejor dicho, con uno que nunca terminaba de pronunciarse del todo.Los demás la llamaban “Lucía”, aunque a veces, en las noches sin luna, cuando el viento pasaba sobre el valle, se oía una voz que susurraba otro distinto: Isla.Entonces ella despertaba con la sensación de haber olvidado algo sagrado.Vivía en el borde del pueblo, en una casa pequeña con paredes de piedra. Nadie la había visto enfermar jamás.Decían que hablaba sola, o con alguien que nadie más podía ver.Y cuando tocaba el suelo con las manos desnudas, las flores marchitas volvían a erguirse por un instante antes de morir otra vez.⸻Cada noche soñaba con un lugar de niebla y ruinas.Había un río que no corría, solo temblaba.Y sobre el agua flotaban fragmentos de rostros, como espejos rotos.Allí estaba Clara, de pie, vestida con un manto gris. Sus ojos eran serenos, pero cargaban un cansancio que solo tienen las almas que se quedaron a mitad del camino
Capítulo 19 – La hija del silencio El tiempo, en aquel pueblo, no avanzaba: se desgastaba.Los días eran iguales, envueltos en una calma que más parecía resignación.El internado se había convertido en ruinas cubiertas de musgo, y la parroquia, restaurada con maderas nuevas, conservaba bajo su suelo la grieta que nadie quiso nombrar.A veces, cuando el viento soplaba desde el valle, los ancianos decían que el aire olía a incienso y a lluvia quemada.Y por las noches más largas, se escuchaba un sonido leve, como el suspiro de alguien que intenta soñar dentro de la piedra.El pueblo lo llamó la noche del silencio.Un suceso que nadie entendió, pero que todos recordaban con el cuerpo, como se recuerda una fiebre.⸻Una mañana gris, una mujer apareció en el camino del sur.Llevaba un abrigo largo, cubierto de polvo, y en brazos sostenía a una niña dormida. Su andar era lento, como si cada paso le doliera. Nadie la reconoció.Pero algunos, al mirarla, sintieron una punzada extraña, un eco
Capítulo 18 – Las voces del polvo El suelo se abrió como una herida antigua, supurando oscuridad.No fue un temblor, sino un gemido: el sonido de algo que llevaba siglos dormido bajo la piedra. Las bancas de la parroquia se deslizaron hacia el altar, arrastradas por un viento que olía a tierra húmeda y a hierro oxidado. El aire se volvió espeso, saturado de polvo y ceniza, y Clara sintió que cada respiración era como tragar cenizas de un incendio invisible.—¡Padre Esteban! —gritó Alexander, forcejeando contra la sombra que lo retenía—. ¡Ayúdela!Pero el sacerdote no respondió de inmediato. Estaba de pie frente al crucifijo fracturado, con la mirada fija en los ojos vacíos del Cristo ennegrecido. Su mano temblaba mientras apretaba un rosario que ardía como si fuera de fuego.—No hay exorcismo posible… —dijo finalmente, con voz quebrada—. Esto no es una posesión. Es un regreso.Clara sostuvo a Isla contra su pecho. La niña no lloraba, pero su cuerpo temblaba con espasmos irregulares.










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