Capítulo 22 – Lo que permanece despierto
El mundo no terminó.
Lucía abrió los ojos esperando ruinas, grietas en el cielo, una señal inequívoca de que había cometido un error irreversible. Había pasado su vida oyendo que romper un ciclo siempre traía castigo. Sin embargo, el valle seguía allí, respirando con la paciencia de lo que ha sobrevivido a muchas promesas.
El amanecer era limpio, casi indecente en su normalidad.
La niebla se retiraba de los campos con lentitud, y el canto de los insectos regresaba como si hubiera estado aguardando una señal. Lucía permaneció sentada largo rato, escuchando su propio pulso. Era estable. Humano. Sin ecos superpuestos.
Eso la inquietó más que cualquier desastre.
Caminó hasta el río verdadero —el que ahora corría sin resistencia ni memoria retenida— y se arrodilló en la orilla. El agua reflejó su rostro con una nitidez extraña. Por primera vez, su imagen no parecía observada desde otro lado.
No había nadie detrás de sus ojos.
Solo ella.
Cuando sume