Capítulo 21 – El umbral que recuerda
La llave no abrió una puerta.
Abrió un latido antiguo.
Cuando Lucía la sostuvo con ambas manos, el aire del internado se plegó sobre sí mismo, como si las ruinas reconocieran por fin a quien regresaba no como intrusa, sino como heredera. El polvo se elevó en espirales lentas, formando símbolos que no eran letras ni figuras, sino intenciones suspendidas.
Las paredes, saturadas de años y de silencios impuestos, exhalaron un gemido profundo. Las raíces que habían reclamado el edificio se retiraron apenas, no por miedo, sino por reverencia. Algo había despertado, pero no con violencia.
El pasillo frente a ella se alargó.
No en distancia, sino en memoria.
Cada paso que daba resonaba dos veces: uno en la madera podrida bajo sus pies descalzos, y otro en un espacio que no obedecía a la geometría del mundo. Las sombras no seguían la luz; se plegaban a su presencia, como si el cuerpo de la niña fuera ahora el eje de toda penumbra.
—No estás entrando —dijo