Capítulo 19 – La hija del silencio
El tiempo, en aquel pueblo, no avanzaba: se desgastaba.
Los días eran iguales, envueltos en una calma que más parecía resignación.
El internado se había convertido en ruinas cubiertas de musgo, y la parroquia, restaurada con maderas nuevas, conservaba bajo su suelo la grieta que nadie quiso nombrar.
A veces, cuando el viento soplaba desde el valle, los ancianos decían que el aire olía a incienso y a lluvia quemada.
Y por las noches más largas, se escuchaba un