El muro comienza a caer
El día amaneció más claro que de costumbre. La lluvia había cesado, pero el frío permanecía en el aire como un susurro persistente, colándose por las rendijas del viejo internado y colgándose de los huesos como un recuerdo que no quería irse.
Isla se encontraba en el invernadero, acariciando con delicadeza los pétalos de una rosa color vino. Su vestido azul, ligeramente arrugado, contrastaba con la fragilidad de la flor. Era la única rosa viva que quedaba en el jardín;