Capítulo 23 – Lo que el mundo aprende a hacer solo
No hubo ceremonia.
Nadie anunció el día en que Lucía dejó el valle, ni se marcó en calendario alguno. No se encendieron fuegos ni se apagaron luces. Simplemente, una mañana, la casa de piedra amaneció cerrada, con el cerrojo puesto desde dentro por última vez. El polvo comenzó a asentarse en los escalones con una lentitud respetuosa, como si incluso él comprendiera que ya no había nada que custodiar.
El río siguió su curso.
El cielo permaneció intacto.
El mundo aceptó la ausencia con la serenidad de aquello que ha aprendido a sostenerse sin testigos.
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Lucía caminó durante horas sin sentir prisa ni dirección impuesta.
Por primera vez, el camino no le hablaba. No había señales ocultas en la grava ni advertencias en la inclinación del terreno. Cada bifurcación era una decisión neutra, y esa neutralidad le pesó más que cualquier mandato antiguo.
Eligió avanzar no porque debía, sino porque quedarse habría sido una forma distinta de repet