Mundo ficciónIniciar sesiónRechazada por sus propios padres y obligada a vivir bajo la sombra de su hermana mayor, la hija perfecta, Aylén aprende desde niña que su lugar en la familia es el silencio. Buscando escapar del desprecio que la asfixia, se adentra en el bosque, donde encuentra a un enorme lobo negro herido, salvaje y peligroso. A pesar del miedo, decide ayudarlo. Al principio, el animal se muestra errático y desconfiado, pero algo inexplicable nace entre ellos, un vínculo que la calma como nada antes. Días después, Aylén regresa al bosque… y el lobo ha desaparecido. Desde entonces, la sensación de ser observada no la abandona, y su vida comienza a cambiar de formas que no logra comprender. Algunas heridas no se ven. Algunos destinos ya han sido marcados.
Leer másAylén.
Aprendí muy pronto a no llorar en voz alta. No porque no doliera, sino porque en esta casa las lágrimas eran motivo de burla, y yo ya era suficiente motivo de vergüenza. —Levántate. La voz de mi madre cayó sobre mí antes incluso de que el sol terminara de asomarse. Sentí el golpe en la pierna antes de comprender que estaba despierta. Su pie me empujó con impaciencia, como si yo fuera un objeto estorbando el paso. —¿Otra vez fingiendo que estás enferma? —escupió—. Muévete, Aylén. No voy a repetirlo. Me incorporé con torpeza. El dolor en el costado seguía ahí, profundo, punzante, como cada mañana. Mi respiración salió desigual, pero no dije nada. Nunca decía nada. Decirlo solo empeoraba las cosas. —Mírala —intervino mi padre desde la puerta—. Tan débil como siempre. Una Luna que no puede ni mantenerse en pie… qué vergüenza. Apreté los dientes. Nací con una marca plateada en el pecho, irregular, incompleta. Según los ancianos, una señal de luna rota. Una bendición fallida. Desde entonces, mi cuerpo había sido más frágil que el de los demás, mi energía más inestable, mi lobo… silencioso. Inexistente. —Una Luna defectuosa —había dictaminado mi madre años atrás—. La diosa cometió un error contigo. Ese error era yo. En la mesa del desayuno, **Elara** ocupaba su lugar de siempre, erguida, hermosa, radiante. Su aura era fuerte, clara, perfecta. La Luna ideal. La hija perfecta. —¿Otra vez llegas tarde? —dijo sin mirarme, removiendo su bebida—. Siempre dando problemas. Intenté sentarme, pero mi madre retiró el cuenco antes de que pudiera tocarlo. —Primero trabaja. Luego, si queda algo, comes. Asentí. Salí al patio con el estómago vacío y el cuerpo ya cansado. El aire frío me cortó la piel mientras cargaba los cubos de agua. Uno resbaló de mis manos y se volcó, empapándome los pies. No vi venir el golpe. La bofetada me giró el rostro, el sabor metálico llenándome la boca. —¡Inútil! —gritó mi madre—. ¿Sabes cuánto cuesta traer esa agua? Me llevé la mano a la mejilla, temblando. —Lo siento… yo… —¡Cállate! —me empujó con fuerza—. Si no sirves como Luna, al menos sirve como criada. Caí al suelo. El golpe me sacó el aire. Nadie me ayudó a levantarme. Elara observaba desde la puerta, con una mueca apenas visible en los labios. No de culpa. De fastidio. —Madre —dijo—, no seas tan dura. No es su culpa haber nacido así. Eso dolió más que el golpe. Más tarde, mientras limpiaba las heridas de mis manos en silencio, escuché a mis padres hablar. Creían que no estaba cerca. —No podemos seguir cargando con ella —dijo mi padre—. No sirve para nada. —Encontraremos la forma de deshacernos —respondió mi madre—. Para algo nos será útil. Sentí el frío treparme por la espalda. Esa noche, cuando el dolor en el pecho se volvió insoportable y la casa dormía, salí sin hacer ruido. El bosque siempre había sido mi único refugio. Allí nadie me llamaba defectuosa. Allí nadie me golpeaba. Caminé hasta que las lágrimas me nublaron la vista. Entonces lo escuché. Un gemido bajo. Profundo. Doloroso. Me detuve en seco. Entre las sombras, algo enorme respiraba con dificultad. Un **lobo negro**, tan grande que el corazón casi se me salió del pecho. Su pelaje estaba manchado de sangre, su cuerpo tenso, herido. Era peligro. Era muerte. Y aun así… no retrocedí. Sus ojos se alzaron hacia mí. Dorados. Intensos. No había rabia en ellos. Solo dolor. Y algo más. Algo que me atravesó el pecho como un eco. Di un paso al frente. El lobo gruñó, intentando levantarse, pero cayó de nuevo, vencido. —Tranquilo… —susurré, sin saber por qué—. No voy a hacerte daño. Extendí la mano con cuidado, aun temblando. Y cuando nuestros mundos estuvieron a un solo aliento de distancia, sentí algo despertar dentro de mí… algo que nunca antes había sentido. Como si, por primera vez, alguien —o algo— me hubiera visto de verdad.Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr
El tiempo en el reino de las sombras parecía haber sanado a la par de la naturaleza. Los campos que rodeaban el castillo estaban en pleno apogeo, pero dentro de los muros de piedra, la tensión era palpable, una mezcla de alegría y ansiedad contenida. Habían pasado nueve meses desde que la Luna y el Alfa unieron sus destinos, y el momento esperado por toda la manada finalmente había llegado.Era una noche de luna llena, una "Luna de Sangre" que teñía el cielo de un carmesí profundo, el color de la fuerza y el linaje de Ares. En los aposentos reales, el aire era pesado y cálido. Aylén estaba reclinada entre montañas de cojines, con el sudor perlado en su frente y las manos apretando con fuerza las sábanas de seda. Una contracción tras otra la sacudía, haciéndola jadear.—¡Kael! —llamó ella con la voz quebrada.Kael no se había movido de su lado en diez horas. El Alfa Supremo, el hombre que no temblaba ante ejércitos, estaba pálido, con los ojos brillando en un dorado eléctrico. Ares es
Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad permanezca en tu piel.Elara se dejó cuidar, aunque su mirada seguía perdida en la puerta. El silencio del castillo era sepulcral, solo interrumpido por el sonido lejano de los caballos galopando hacia los límites del bosque. Cada minuto que pasaba sin noticias de Rhevan era una tortura para ella.—¿Y si ellos le hacen algo? —susurró Elara, con la voz quebrada—. Mi padre es capaz de cualquier bajeza cuando se siente acorralado.Kael se acercó entonces, colocándose detrás de Aylén. Sus manos grand
Al amanecer, una densa bruma cubría los terrenos del castillo, ocultando los movimientos de aquellos que preferían la sombra. Enos, envuelto en una capa andrajosa, se deslizó por el camino que los sirvientes usaban para traer la leche fresca y las provisiones de las granjas cercanas. Su conocimiento de los pasadizos del castillo, de cuando aún ostentaba un título noble, le permitió evadir la patrulla principal que Rhevan comandaba.En las cocinas, el ajetreo matutino comenzaba. Elara ya estaba allí, supervisando la preparación de la infusión de hojas de frambuesa que Aylén tomaba cada mañana para fortalecer el útero.—Ve a buscar un poco más de miel al almacén, Marta —le dijo Elara a una de las criadas—. Esta jarra está casi vacía.En el breve instante en que la cocina quedó en silencio, una figura se materializó en la puerta de servicio. Elara no tuvo tiempo de gritar; una mano callosa y con olor a tabaco rancio le tapó la boca mientras era arrastrada hacia el rincón oscuro de la des





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