La laguna permanecía tranquila, como si el mundo alrededor se hubiera detenido allí. El agua se movía apenas con una brisa suave, formando pequeños círculos que rompían el reflejo perfecto del cielo. Aylén caminó unos pasos más cerca de la orilla, observando cómo la luz se deslizaba sobre la superficie cristalina.
Kael permanecía a su lado, escuchando cada sonido del lugar que conocía tan bien: el leve chapoteo del agua contra las piedras, el movimiento de las hojas en los árboles cercanos, la