El silencio que quedó después no fue vacío, sino profundo.
Kael permanecía inclinado sobre ella, su respiración ya más estable, aunque todavía pesada por el desgaste físico y emocional. El fuego en la chimenea crepitaba suavemente, devolviendo a la habitación una atmósfera más tranquila, menos cargada que minutos antes.
Aylén deslizó los dedos por su espalda, despacio, sintiendo cómo los músculos antes tensos comenzaban a relajarse bajo su contacto. No había prisa ahora. No había urgencia. Solo