El desayuno continuaba en una calma que no era silenciosa, sino íntima. El leve roce de los cubiertos contra la porcelana, el sonido del zumo al servirse en los vasos y la respiración pausada de Kael llenaban el espacio con una cotidianidad nueva para ambos. Aylén lo observaba mientras él comía, atento a cada aroma, a cada pequeño movimiento del aire. La venda cubría sus ojos, pero su expresión era serena. Ares descansaba a unos pasos, siempre vigilante.
Aylén tomó su taza entre las manos, per