La luna rechazada del alfa ciego.
La luna rechazada del alfa ciego.
Por: Dalex Hache
Episodio 1

Aylén.

Aprendí muy pronto a no llorar en voz alta.

No porque no doliera, sino porque en esta casa las lágrimas eran motivo de burla, y yo ya era suficiente motivo de vergüenza.

—Levántate.

La voz de mi madre cayó sobre mí antes incluso de que el sol terminara de asomarse. Sentí el golpe en la pierna antes de comprender que estaba despierta. Su pie me empujó con impaciencia, como si yo fuera un objeto estorbando el paso.

—¿Otra vez fingiendo que estás enferma? —escupió—. Muévete, Aylén. No voy a repetirlo.

Me incorporé con torpeza. El dolor en el costado seguía ahí, profundo, punzante, como cada mañana. Mi respiración salió desigual, pero no dije nada. Nunca decía nada. Decirlo solo empeoraba las cosas.

—Mírala —intervino mi padre desde la puerta—. Tan débil como siempre. Una Luna que no puede ni mantenerse en pie… qué vergüenza.

Apreté los dientes.

Nací con una marca plateada en el pecho, irregular, incompleta. Según los ancianos, una señal de luna rota. Una bendición fallida. Desde entonces, mi cuerpo había sido más frágil que el de los demás, mi energía más inestable, mi lobo… silencioso. Inexistente.

—Una Luna defectuosa —había dictaminado mi madre años atrás—. La diosa cometió un error contigo.

Ese error era yo.

En la mesa del desayuno, **Elara** ocupaba su lugar de siempre, erguida, hermosa, radiante. Su aura era fuerte, clara, perfecta. La Luna ideal. La hija perfecta.

—¿Otra vez llegas tarde? —dijo sin mirarme, removiendo su bebida—. Siempre dando problemas.

Intenté sentarme, pero mi madre retiró el cuenco antes de que pudiera tocarlo.

—Primero trabaja. Luego, si queda algo, comes.

Asentí.

Salí al patio con el estómago vacío y el cuerpo ya cansado. El aire frío me cortó la piel mientras cargaba los cubos de agua. Uno resbaló de mis manos y se volcó, empapándome los pies.

No vi venir el golpe.

La bofetada me giró el rostro, el sabor metálico llenándome la boca.

—¡Inútil! —gritó mi madre—. ¿Sabes cuánto cuesta traer esa agua?

Me llevé la mano a la mejilla, temblando.

—Lo siento… yo…

—¡Cállate! —me empujó con fuerza—. Si no sirves como Luna, al menos sirve como criada.

Caí al suelo. El golpe me sacó el aire. Nadie me ayudó a levantarme.

Elara observaba desde la puerta, con una mueca apenas visible en los labios. No de culpa. De fastidio.

—Madre —dijo—, no seas tan dura. No es su culpa haber nacido así.

Eso dolió más que el golpe.

Más tarde, mientras limpiaba las heridas de mis manos en silencio, escuché a mis padres hablar. Creían que no estaba cerca.

—No podemos seguir cargando con ella —dijo mi padre—. No sirve para nada.

—Encontraremos la forma de deshacernos —respondió mi madre—. Para algo nos será útil.

Sentí el frío treparme por la espalda.

Esa noche, cuando el dolor en el pecho se volvió insoportable y la casa dormía, salí sin hacer ruido. El bosque siempre había sido mi único refugio. Allí nadie me llamaba defectuosa. Allí nadie me golpeaba.

Caminé hasta que las lágrimas me nublaron la vista.

Entonces lo escuché.

Un gemido bajo. Profundo. Doloroso.

Me detuve en seco.

Entre las sombras, algo enorme respiraba con dificultad. Un **lobo negro**, tan grande que el corazón casi se me salió del pecho. Su pelaje estaba manchado de sangre, su cuerpo tenso, herido.

Era peligro.

Era muerte.

Y aun así… no retrocedí.

Sus ojos se alzaron hacia mí. Dorados. Intensos. No había rabia en ellos. Solo dolor. Y algo más. Algo que me atravesó el pecho como un eco.

Di un paso al frente.

El lobo gruñó, intentando levantarse, pero cayó de nuevo, vencido.

—Tranquilo… —susurré, sin saber por qué—. No voy a hacerte daño.

Extendí la mano con cuidado, aun temblando.

Y cuando nuestros mundos estuvieron a un solo aliento de distancia, sentí algo despertar dentro de mí…

algo que nunca antes había sentido.

Como si, por primera vez, alguien —o algo— me hubiera visto de verdad.

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