Episodio 9

La mañana llegó gris y pesada, como si incluso el cielo dudara sobre lo que estaba a punto de ocurrir.

En la casa humana, Aylén estaba de rodillas junto al lavadero, frotando una tela gastada con manos entumecidas. La bofetada del día anterior aún ardía en su mejilla, aunque nadie lo mencionaba. Nadie lo hacía nunca. El dolor, en esa casa, no se explicaba: se asumía.

No escuchó los caballos hasta que el suelo vibró.

No eran pasos desordenados ni voces humanas comunes. Era un avance firme, sincronizado. **Presencias**.

El lobo lo sintió primero.

Desde lejos, Kael percibió el cambio en el aire a través del vínculo. El pulso de Aylén se aceleró. No por miedo inmediato, sino por esa intuición que precede a los momentos que dividen la vida en un antes y un después.

—Han llegado —pensó el lobo.

La puerta principal se abrió de golpe.

Cinco hombres cruzaron el umbral. Vestían los colores del Alfa, portaban armas visibles, y caminaban con la calma de quienes no temen consecuencias. Dos de ellos cargaban cofres nuevos, sellados con el emblema que nadie allí podía ignorar.

El patriarca palideció.

La madre se llevó la mano al pecho.

Elara avanzó un paso… y luego otro, con la misma sonrisa calculada de siempre.

—Bienvenidos —dijo—. ¿Qué asunto los trae a nuestra humilde casa?

El hombre que iba al frente no se inclinó.

—Venimos por orden directa del Alfa Supremo —respondió—. Traemos lo que pertenece a su Luna.

El silencio fue abrupto.

Aylén alzó la cabeza desde el fondo del corredor. Sus manos seguían mojadas, su ropa manchada. No entendía aún… pero **su nombre resonó en su pecho** como un llamado.

Los cofres fueron colocados en el centro del salón.

Elara no esperó.

Avanzó con rapidez, levantando la tapa del primero.

—Debe haber un error —dijo, tomando una de las prendas—. Estas cosas no pueden ser ¿más reglas para ella?

No terminó la frase.

Una mano fuerte le sujetó la muñeca.

El movimiento fue tan rápido que nadie lo vio venir.

El escolta apretó con firmeza, sin violencia innecesaria, pero con una fuerza que dejó claro algo irrefutable: **ella no tenía poder allí**.

—Suelte eso —ordenó.

—¡Me estás lastimando! —gritó Elara, intentando zafarse.

El escolta no respondió.

La lanzó a un lado con un movimiento seco.

Elara cayó contra una silla, sorprendida, humillada, con el aire escapándole de los pulmones.

La madre dio un grito ahogado.

—¡¿Cómo se atreve?!

El escolta giró apenas el rostro.

—Una advertencia —dijo—. La próxima vez no será tan leve.

Se volvió hacia los cofres y cerró cada uno con cuidado.

—Este regalo es para la Luna —declaró con voz clara—. Nadie más tiene derecho a tocarlo.

El lobo **observó todo**.

Sintió el temblor de Aylén. El shock. La incredulidad. Y algo nuevo… algo que apenas comenzaba a despertar: **protección real**.

El escolta se giró entonces, recorriendo la estancia con la mirada hasta encontrarla.

Aylén.

Pequeña. Sucia. Temblorosa.

Exactamente como el lobo la había visto antes.

Caminó hacia ella.

Cada paso resonó en el silencio.

Aylén se puso de pie torpemente, sin saber si debía huir o inclinarse.

—Señorita —dijo él, deteniéndose frente a ella—. Por orden del Alfa Supremo…

Aylén levantó la mirada.

—Debe estar lista para la ceremonia oficial.

Las palabras tardaron en asentarse.

La madre abrió la boca, pero ningún sonido salió.

El patriarca retrocedió un paso.

Elara, desde el suelo, apretó los dientes con odio puro.

El escolta hizo una seña, y dos hombres avanzaron con los cofres hacia Aylén.

—Nadie volverá a tocarla —añadió—. Nadie volverá a imponerle nada.

El lobo **se aquietó**.

No por calma.

Sino por certeza.

Kael no estaba allí en cuerpo…pero su voluntad llenaba cada rincón de esa casa. Aylén extendió la mano con cuidado, como si temiera que aquello desapareciera.

Por primera vez,

nadie se la arrebató.

Y por primera vez,

su familia entendió algo que jamás creyó posible:

La hija defectuosa, ya no les pertenecía.

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