Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta se cerró.
El sonido fue seco, definitivo. Los cascos de los caballos del Alfa se alejaron poco a poco hasta perderse en la noche, y con ellos se fue la presión invisible que había mantenido a todos rígidos, obedientes, temerosos. Durante unos segundos nadie habló. Aylén seguía de pie en el centro del salón, con las manos sucias apretadas contra su falda, sin saber si debía moverse o desaparecer. El silencio pesaba tanto que le dolía respirar. Fue la madre quien lo rompió. —Maldita sea… —susurró entre dientes. Luego levantó la voz. —¿Te das cuenta de lo que has hecho? El patriarca se volvió lentamente hacia Aylén. Ya no había miedo en su mirada. Solo furia contenida. La misma que ella conocía desde niña. —Todos… fuera —ordenó, señalando a los sirvientes. Nadie discutió. En cuestión de segundos quedaron solos: los padres, Elara… y Aylén. Elara fue la primera en acercarse. —Hermana —dijo con una sonrisa forzada—. Esto es un malentendido. El Alfa no sabe lo que hace. Está… limitado. Aylén alzó la vista, confundida. —Él fue claro —murmuró—. Me eligió. La sonrisa de Elara se quebró. —¿Tú? —escupió—. ¿Tú crees que alguien como él te quiere a ti? La madre intervino de inmediato, cambiando el tono. —Hijita… —dijo con voz suave, casi dulce—. Ven aquí. Aylén dio un paso atrás. —Sabes que siempre hemos querido lo mejor para ti —continuó la mujer—. Todo lo que hacemos es por tu bien. Aylén sintió un nudo en la garganta. —Entonces… ¿por qué siempre me duele? —preguntó en voz baja. El patriarca dio un paso al frente. —Escúchame bien —dijo—. Ese Alfa no es para ti. Recházalo. —No puedo —respondió Aylén, temblando—. Él ya decidió. —¡Claro que puedes! —intervino Elara—. Di que no lo aceptas. Di que no estás preparada. Yo ocuparé tu lugar. —No es así como funciona… —susurró Aylén—. Él lo dejó claro. El silencio se volvió peligroso. El rostro del padre se deformó de rabia. —Mírate —gruñó—. Mugrosa. Débil. ¿Crees que mereces algo así? Antes de que pudiera reaccionar, la agarró del brazo. Aylén gritó. —¡Suéltame! —Eres una vergüenza —le gritó él, sacudiéndola con fuerza—. Una maldita vergüenza para esta familia. ¡Haz lo que te decimos! La madre no intervino. Elara miró hacia otro lado. —Recházalo —continuó el padre—. Recházalo y deja que tu hermana se case con él. Es lo único que puedes hacer bien por una vez en tu vida. La soltó de golpe. Aylén cayó al suelo, golpeándose la rodilla. El dolor fue agudo, pero no lloró. No delante de ellos. Se incorporó como pudo, respirando con dificultad. —No —dijo, apenas audible. El padre levantó la mano… pero se detuvo. El miedo regresó de golpe. El Alfa. La palabra Luna aún resonaba en la casa. Si la tocaban demasiado… si alguien veía las marcas… —Vete —escupió al final—. Antes de que cambie de opinión. Aylén no esperó otra orden. Salió corriendo. No tomó abrigo. No miró atrás. Sus pies descalzos golpearon el suelo frío mientras el aire le quemaba los pulmones. Corrió sin rumbo, con lágrimas silenciosas resbalándole por el rostro. Aylén no supo en qué momento empezó a correr. Solo sabía que necesitaba aire. Distancia. Silencio. El bosque la recibió como siempre: oscuro, húmedo, honesto. Allí no fingía ser otra cosa. Allí no era la hija defectuosa, ni la vergüenza, ni la que sobraba. Cuando llegó al claro, las piernas ya no le respondieron. Cayó de rodillas junto a la roca, con las manos apoyadas en la tierra fría. La respiración le temblaba en el pecho, y esta vez no intentó contener las lágrimas. —¿Qué debo hacer?—susurró—. Él... me eligió. Las palabras salieron rotas. —Me eligió… delante de todos. El bosque guardó silencio. Entonces **él apareció**. No de golpe. No como una amenaza. El lobo negro emergió lentamente de entre los árboles, tan grande como la primera vez, pero distinto. Ya no cojeaba. Su presencia era firme, sólida, como si el mundo mismo se acomodara a su paso. Aylén levantó la cabeza. El alivio fue tan fuerte que casi dolió. —Sabía que estarías aquí… —dijo con un hilo de voz. El lobo avanzó hasta quedar frente a ella y, con un gesto que le apretó el pecho, **se acostó** sobre la tierra, bajando la cabeza hasta quedar a su altura. No había agresividad. Solo espera. Aylén estiró la mano sin pensar. Sus dedos se hundieron en el pelaje espeso, cálido. El lobo cerró los ojos, exhalando lentamente, como si ese simple contacto fuera suficiente para sostenerlo todo. —Gracias… —susurró ella—. Por no irte. Se acercó más, apoyando la frente contra su cuello poderoso. —Eres mi único amigo ahora —confesó—. El único que no me mira como si fuera un error. El lobo emitió un sonido bajo, profundo, vibrante. No se apartó cuando ella lo rodeó con los brazos y lo abrazó con torpeza, como se abraza a alguien cuando ya no queda nadie más. —Hoy vino un Alfa —continuó, con la voz temblorosa—. Lo vi. Estaba allí… tan cerca. El lobo se tensó apenas. —Dijo mi nombre —susurró—. Me llamó Luna… aunque yo no soy eso. Aylén cerró los ojos. —Mi familia quiso entregarle a mi hermana —añadió—. Como siempre. Como si yo no existiera. Sus dedos acariciaron distraídamente el pelaje oscuro. —Pero él no quiso —dijo—. Me reclamó a mí. El lobo apoyó la cabeza contra su hombro. Grande. Pesada. Protectora. —Tengo miedo —admitió—. Porque no sé quién es realmente… y porque cuando me miró, sentí que ya no había marcha atrás. Aylén respiró hondo, llenándose del olor del bosque, del lobo, de esa calma que solo allí encontraba. —Si tú pudieras decirme algo… —murmuró—. Si pudieras decirme que no estoy sola. El lobo no habló. Pero se movió apenas, colocándose entre ella y la oscuridad del bosque, como un muro silencioso. Y eso fue respuesta suficiente. Porque aunque Aylén no lo supiera, el Alfa ya la había visto dos veces. Y la había elegido en ambas.






