Episodio 4

Kael.

El bosque quedó atrás, pero su olor no.

Viajó conmigo como una marca invisible, adherida a la piel, al pelaje, a algo más profundo que la carne. Cuando crucé los límites del territorio y los muros de piedra negra se alzaron ante mí, su presencia seguía ahí, persistente, ajena al mundo que me pertenecía.

Mi hogar.

El palacio se alzaba silencioso bajo la noche, vasto, antiguo, construido para imponer respeto. Los guardias se tensaron al sentirme llegar. No me anunciaron. No lo necesitaba. El territorio sabía cuándo su Alfa regresaba.

Crucé los corredores sin pronunciar palabra, apoyándome apenas en el bastón que usaba solo cuando otros estaban presentes. No porque lo necesitara… sino porque el mundo debía creer lo que yo permitía que creyera.

—Alfa.

La voz de **Rhevan**, mi mano derecha, sonó firme, respetuosa. Caminó a mi lado, adaptando su paso al mío, como siempre.

—¿Cuánto tiempo estuve fuera? —pregunté.

—Más del que acostumbra —respondió—. El consejo preguntó por usted.

No me detuve.

—Que sigan preguntando.

Subimos los escalones hacia la sala interior. El fuego ardía bajo, constante. El aire olía a piedra, a poder… y aun así, nada de eso lograba arrancarme de la mente la imagen de unos ojos humanos, cansados, demasiado grandes para un rostro tan pálido.

Frágil.

Pero no débil.

—Necesito información —dije al fin—. De inmediato.

Rhevan se tensó apenas. Me conocía lo suficiente para saber que ese tono no admitía demora.

—¿Sobre quién?

Me detuve.

El lobo dentro de mí se agitó, inquieto, como si la hubiera sentido incluso allí, tan lejos del bosque.

—Sobre la familia humana que vive en el límite oriental —respondí—. Cerca del bosque antiguo.

Rhevan guardó silencio un segundo de más.

Eso fue suficiente.

—¿Ya los conoces?

—Sí, Alfa —admitió—. Los conocemos.

Giré levemente el rostro hacia él.

—Habla.

—Esa familia... El hombre que lo dejó ciego señor intentando cazarlo —comenzó—. Tiene dos hijas.

Sentí al lobo erizarse.

—La mayor es fuerte —continuó—. Sana. Bella. Bien considerada por los ancianos. La menor…

Se interrumpió.

—Continúa —ordené.

—La menor nació con una marca lunar incompleta —dijo finalmente—. Su energía es inestable. Su lobo nunca despertó. En la manada la llaman… una Luna defectuosa.

El aire se volvió pesado.

Mis dedos se cerraron lentamente alrededor del bastón.

Defectuosa.

La imagen volvió con una claridad brutal: su respiración entrecortada, las manos temblorosas, el cuerpo frágil inclinado sobre el mío mientras limpiaba una herida que habría matado a cualquier otro. El miedo en su voz… y aun así, no huyó.

—¿Cómo la tratan? —pregunté.

Rhevan dudó.

—Mal, Alfa.

No necesitaba más detalles. El lobo gruñó bajo mi piel, una vibración profunda, peligrosa.

—Nombre —dije.

—**Aylén**.

El nombre se asentó en mí como si siempre hubiera estado ahí.

—Quiero a esa hija —afirmé.

Rhevan se detuvo en seco.

—¿Alfa…?

—Quiero casarme con la hija menor de esa familia.

El silencio fue absoluto.

—La defectuosa —añadí, sin suavizarlo.

Rhevan respiró hondo.

—Eso causará resistencia —dijo con cuidado—. El patriarca lleva años intentando casar a la hija mayor con alguien de poder.

—No me importa.

—Intentarán ofrecerle a la otra —insistió—. Dirán que es más fuerte. Más digna.

Sonreí apenas.

—Entonces diles —respondí— que no estoy pidiendo.

Rhevan inclinó la cabeza.

—¿Desea que vaya personalmente?

—Sí.

Avancé un paso más, dejando que mi presencia llenara la sala.

—Diles que su Alfa ha puesto los ojos en su hija menor. Que la quiere como Luna. Y que esta no es una alianza negociable.

El lobo dentro de mí se calmó un poco, como si esa decisión hubiera sido inevitable desde el momento en que ella apoyó su mano sobre mi pelaje ensangrentado.

—¿Y si se niegan? —preguntó Rhevan.

Mi voz bajó.

—Entonces aprenderán lo que significa despreciar una orden mía.

Me giré, dispuesto a retirarme.

—Una cosa más —añadí—. Nadie debe saber por qué la quiero. No la quiero lastimar, pero haré pagar a ese hombre lo que me hizo, Rhevan.

Rhevan asintió.

—Como ordene, Alfa.

Cuando quedé solo, apoyé una mano contra la pared fría. Cerré los ojos.

No veía su rostro.

Pero no lo necesitaba.

El lobo ya la había elegido.

Y el mundo, le gustara o no, se adaptaría a esa verdad.

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