La conmoción no se disipó tras la confesión. Aylén se puso de pie tan abruptamente que la silla rozó el suelo con un sonido seco. Dio unos pasos sin dirección clara, como si el aire de la estancia ya no le alcanzara. Sus manos temblaban, pero no de fragilidad, sino de algo más profundo, más antiguo.
—Siempre he sabido que mis padres y mi hermana jamás han sido buenos conmigo —dijo, la voz quebrándose apenas en la primera frase, aunque luego se volvió firme—. Siempre me han humillado, maltratado