Episodio 10

Kael permanecía de pie en el centro de la estancia, mientras el eco de los pasos de la escolta se perdía en los corredores del palacio. El murmullo lejano de órdenes y preparativos llegaba amortiguado, pero no lograba anclarlo al presente. El lobo dentro de él seguía atento, vigilante, pero su mente había sido arrastrada hacia atrás, hacia un tiempo que nunca se había ido del todo. Bastó el roce de la rabia, el recuerdo del nombre del padre de Aylén, para que algo se abriera en su interior como una herida vieja mal cerrada.

El bosque apareció primero como un olor. Tierra húmeda, hojas aplastadas, savia rota. Kael era pequeño entonces, apenas un cachorro que aún no entendía del todo el peso de su linaje ni la crueldad del mundo humano. Corría entre los árboles con una libertad que solo existe antes del miedo, con el cuerpo ágil y los sentidos despiertos, viendo cada sombra, cada movimiento mínimo entre los troncos. El bosque era suyo, y él era del bosque. No había amenazas, no había fronteras, solo el latido constante de la vida bajo sus patas.

Hasta que el aire cambió.

No fue inmediato. Hubo primero un silencio extraño, un quiebre en el ritmo natural del lugar, como si el bosque mismo contuviera la respiración. Luego llegó el sonido: un crujido seco, metálico, ajeno. El lobo se detuvo, el instinto encendido de golpe, el pelaje erizándose sin saber aún por qué. Entonces percibió el olor, fuerte y desagradable, sudor humano mezclado con hierro y pólvora, un olor que no pertenecía allí. Kael recordó cómo giró la cabeza, cómo sus ojos jóvenes encontraron la figura agazapada entre los arbustos: un hombre con el arma levantada, respirando con dificultad, apuntando sin comprender realmente lo que tenía frente a él.

El estallido fue brutal.

El mundo se volvió blanco y ardiente en un solo instante. El impacto lo lanzó contra el suelo, rodando entre hojas y barro, mientras un dolor insoportable le atravesaba el rostro. Aulló, no de furia, sino de puro pánico, porque algo esencial se había roto. El ojo le ardía como si le hubieran clavado fuego líquido; luego el otro, y el bosque que siempre había visto con tanta claridad comenzó a deshacerse en manchas y sombras. Oyó al hombre gritar, maldecir, moverse torpemente, y supo que debía huir aunque el cuerpo no respondiera como antes.

Corrió como pudo, tropezando, guiado más por el instinto que por la vista, con la sangre empapándole el rostro y el miedo empujándolo hacia adelante. El bosque lo dejó pasar, lo sostuvo, lo escondió hasta que cruzó el límite del territorio. Fue entonces cuando ocurrió lo peor, aunque en ese momento aún no podía saberlo.

Al llegar a casa, el cambio lo alcanzó.

El cuerpo del lobo se disolvió y el humano tomó su lugar, y con ese tránsito llegó la oscuridad absoluta. No sombras, no luces difusas, no formas. Nada. Kael recordó el terror que lo inundó de golpe, el grito que le desgarró la garganta cuando abrió los ojos humanos y no encontró el mundo. Recordó cómo manoteó el aire, cómo las manos pequeñas temblaban buscando algo a lo que aferrarse mientras la nada lo devoraba.

—No veo… —había sollozado—. Mamá, no veo…

Sintió los brazos de su madre rodeándolo, escuchó su voz quebrarse mientras lo llamaba una y otra vez, mientras su padre rugía con una furia que hizo vibrar la casa entera. Llegaron sanadores, uno tras otro, voces graves, susurros, el olor amargo de las hierbas y del miedo. Kael recordó cada palabra como si aún resonara en las paredes.

—El lobo está intacto —habían dicho—. Pero el daño… el daño se reflejó en el cuerpo humano.

Ciego.

La palabra cayó como una sentencia.

El recuerdo se cerró lentamente, pero el peso permaneció. Kael volvió al presente con el pecho tenso y la mandíbula apretada. El lobo dentro de él gruñó, reconociendo el mismo olor, la misma marca invisible que el tiempo no había borrado.

—Fue él —dijo el lobo, con una certeza fría—. El humano que disparó.

Kael no respondió en voz alta. No lo necesitaba. Lo sabía desde el primer instante en que había sentido esa presencia, desde que su instinto se tensó al oír el nombre del padre de Aylén. El pasado no había quedado enterrado en el bosque; había esperado, paciente, hasta este momento.

Y ahora, todo encajaba.

No solo había reclamado a Aylén como su Luna.

Había regresado al origen de su herida.

Y esta vez, Kael no era un cachorro indefenso que huía sangrando entre los árboles. Esta vez, era un Alfa. Y el mundo, le gustara o no, iba a aprender qué sucede cuando el pasado intenta repetir su crueldad.

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