Kael. El bosque quedó atrás, pero su olor no. Viajó conmigo como una marca invisible, adherida a la piel, al pelaje, a algo más profundo que la carne. Cuando crucé los límites del territorio y los muros de piedra negra se alzaron ante mí, su presencia seguía ahí, persistente, ajena al mundo que me pertenecía. Mi hogar. El palacio se alzaba silencioso bajo la noche, vasto, antiguo, construido para imponer respeto. Los guardias se tensaron al sentirme llegar. No me anunciaron. No lo necesitaba. El territorio sabía cuándo su Alfa regresaba. Crucé los corredores sin pronunciar palabra, apoyándome apenas en el bastón que usaba solo cuando otros estaban presentes. No porque lo necesitara… sino porque el mundo debía creer lo que yo permitía que creyera. —Alfa. La voz de **Rhevan**, mi mano derecha, sonó firme, respetuosa. Caminó a mi lado, adaptando su paso al mío, como siempre. —¿Cuánto tiempo estuve fuera? —pregunté. —Más del que acostumbra —respondió—. El consejo preguntó por us
Leer más