Episodio 6

El salón permanecía en penumbra.

No porque faltara fuego, sino porque **Kael no lo necesitaba**. Las antorchas ardían para otros, para quienes creían que la luz gobernaba el mundo. Él lo conocía de otra forma.

A través del pulso.

Del aire.

Del lobo que respiraba con él.

Cuando **Rhevan** cruzó el umbral, Kael ya sabía que algo estaba mal. El ritmo de sus pasos era distinto. Más pesado. Más contenido.

—Habla —ordenó el Alfa, sin girar el rostro.

Rhevan se arrodilló.

—La familia se negó.

El silencio que siguió fue espeso, casi físico. El lobo interior se irguió, alerta, recorriendo el espacio como una sombra viva.

—Explícate —dijo Kael, con una calma peligrosa.

—Intentaron sustituirla —continuó Rhevan—. Ofrecieron a la hija mayor. Dijeron que la menor no era digna… que era una Luna defectuosa.

La palabra **defectuosa** no cayó al suelo.

Se **clavó**.

Kael no gritó. No golpeó nada.

Eso hubiera sido más fácil de soportar.

Sus dedos se cerraron lentamente sobre el brazo del trono, y la piedra antigua **crujió** bajo la presión.

El lobo recordó antes que él.

El olor del bosque húmedo.

La sangre espesa en el pelaje negro.

Las manos pequeñas, temblorosas, aun así firmes.

Aylén.

—¿Cuáles fueron sus razones? —preguntó Kael al fin.

—Afirmaron que es débil —respondió Rhevan—. Que no despertó como Luna. Que trabaja como criada. Que no vale una alianza.

El aire vibró.

Kael se puso de pie.

Su ceguera era una verdad conocida. Un arma para otros.

Pero **no una limitación**.

El lobo le mostró el salón completo: la posición de Rhevan, las antorchas, los muros. Le mostró también algo más lejano… el camino que llevaba a la casa humana.

—¿Saben a quién rechazaron? —preguntó Kael.

Rhevan bajó la cabeza.

—Creen que usted reconsiderará.

Una sonrisa lenta, oscura, cruzó el rostro del Alfa.

—No entienden nada —respondió—. Yo no elijo dos veces.

Avanzó un paso.

—Prepara los caballos.

Rhevan alzó la vista.

—¿Irá usted mismo?

—Sí.

El lobo interior **mostró el sendero**, la distancia, la noche cerrándose sobre el bosque.

—Si creen que pueden humillar a mi Luna sin consecuencias —continuó Kael—, entonces necesito mirarlos… aunque no sea con los ojos que esperan.

Se detuvo.

—Esta vez no enviaré palabras.

Rhevan inclinó la cabeza.

—¿Qué debo hacer cuando lleguemos? Señor. Ese hombre no sabe que usted es la persona que él dejó ciego. Quiere usar a esa pobre chica como venganza.

Kael giró el rostro vendado hacia la salida.

—No. Ella curó a mi lobo hace unos días, yo no sabía qué ella era su hija —respondió—. Tengo un vínculo con ella, mi lobo la reclama como su luna, es algo más allá de una venganza.

– Entiendo señor.

La noche estaba cerrada cuando los caballos se detuvieron frente a la casa.

No hubo gritos ni anuncios exagerados. No hizo falta. El simple hecho de que **el Alfa Supremo** hubiera descendido personalmente bastó para que el aire se volviera irrespirable.

Kael avanzó primero.

No llevaba armadura, solo un abrigo oscuro que caía pesado sobre sus hombros. La venda cubría sus ojos, blanca contra la piel marcada por cicatrices antiguas. Caminaba con paso firme, seguro, como si conociera el lugar desde siempre.

Y en cierto modo, lo conocía.

El lobo interior le mostraba el mundo: el temblor de las paredes, los latidos acelerados dentro de la casa, el miedo filtrándose por las rendijas como humo.

La puerta se abrió de golpe.

El patriarca cayó de rodillas antes de que Kael cruzara el umbral.

—Mi… mi Alfa —balbuceó—. No esperábamos el honor de su presencia.

Kael no respondió de inmediato. Dio un paso dentro. Luego otro. Cada movimiento era lento, medido, como si estuviera **contando los pecados** del lugar.

—Esperaban que reconsiderara —dijo al fin.

No fue una pregunta.

La madre se adelantó, con una sonrisa tensa que no alcanzaba a ocultar el miedo.

—Alfa, por favor comprenda. Solo pensamos en lo mejor para usted. Nuestra hija mayor es fuerte, pura, sana. Una Luna digna de...

—Silencio.

La palabra cayó como un golpe seco.

El lobo interior mostró a Kael el temblor en las manos de la mujer, el sudor frío recorriendo su espalda.

—Hablan de dignidad —continuó Kael— después de **negarme** lo que es mío.

El patriarca levantó la vista, desesperado.

—No fue una negativa, mi Alfa. Fue una… corrección. La menor no está preparada. Es débil desde su nacimiento. Siempre lo ha sido.

Elara avanzó entonces.

Impecable. Vestido claro, manos suaves, cabello arreglado con esmero. Se inclinó con elegancia estudiada.

—Yo puedo servirle, Alfa —dijo con voz dulce—. Haré honor a su nombre y a su manada.

Kael giró ligeramente el rostro hacia ella.

El lobo **la olió** antes que él.

Perfume.

Orgullo.

Ambición afilada.

—¿Eso creen? —preguntó Kael—. ¿Que pueden elegir por mí?

La madre asintió con rapidez.

—Aylén no es adecuada —insistió—. Apenas puede realizar tareas básicas. Vive entre establos, Alfa. Su cuerpo es frágil. Su Luna nunca despertó.

El lobo rugió.

No hacia afuera.

Hacia dentro.

Le mostró a Kael **otras manos**: pequeñas, enrojecidas, abiertas por el trabajo. Le mostró sangre seca bajo las uñas, barro pegado a la piel, el temblor constante de un cuerpo que no se rinde.

—Tráiganla —ordenó Kael.

El patriarca parpadeó.

—¿A… Aylén?

—Ahora.

Hubo un instante de vacilación.

—Está… trabajando —dijo la madre, incómoda—. No es momento de presentarla así.

Kael dio un paso más.

—No repito órdenes.

Uno de los sirvientes salió corriendo hacia los establos.

El lobo siguió cada paso.

Aylén estaba inclinada sobre el suelo, limpiando restos de paja húmeda. Sus manos temblaban. Tenía una venda improvisada en la muñeca izquierda, manchada de sangre vieja. La espalda encorvada por el cansancio.

– Aylén.

Cuando escuchó su nombre, levantó la cabeza.

No tuvo tiempo de cambiarse. Ni de lavarse. La tomaron del brazo y la condujeron a la casa.

Aylén caminó con pasos inseguros, dejando pequeñas huellas de barro en el suelo pulido del salón.

El contraste fue brutal.

Elara, radiante.

Aylén, sucia, agotada, con las manos heridas y la mirada baja.

El lobo **la vio completa**.

Vio las cicatrices.

El dolor contenido.

La debilidad… y la resistencia feroz bajo ella.

Kael sintió el golpe en el pecho.

—Mírala —susurró el lobo dentro de él—. Ella es nuestra.

Aylén se detuvo a pocos pasos del Alfa. No sabía quién era exactamente, solo sentía algo familiar… una presión en el aire que le erizaba la piel.

No se atrevió a levantar la vista.

—¿Esta es…? —preguntó Kael, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí —respondió el patriarca con desdén—. Esa es.

Elara frunció el ceño, incómoda.

Kael avanzó un paso más, hasta quedar frente a Aylén. El lobo le mostró cada detalle: el temblor en sus dedos, la respiración agitada, el esfuerzo por mantenerse en pie.

—Mírame —ordenó.

Aylén levantó lentamente la cabeza.

No vio sus ojos.

Pero sintió algo peor.

Sintió que **la estaban viendo de verdad**.

—Dicen que no vales nada —dijo Kael—. Que eres defectuosa.

La madre asintió con fuerza.

—Es la verdad.

El silencio que siguió fue mortal.

—Entonces —dijo Kael, girándose hacia ellos—, será mía.

El patriarca abrió la boca.

—Mi Alfa...

—Me casaré con Aylén.

El lobo sonrió dentro de él.

Porque esta vez,

no podrían esconderla.

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