Episodio 3

Aylén.

No debería haber vuelto.

Eso fue lo primero que pensé al abrir los ojos aquella mañana.

El dolor seguía ahí, instalado en mi pecho como una piedra antigua, recordándome quién era y cuáles eran mis límites. Cada respiración era un esfuerzo consciente. Cada movimiento, una negociación con un cuerpo que nunca había sido fuerte.

Me quedé sentada en el borde de la cama durante varios minutos, esperando que el mareo pasara. La luz que entraba por la ventana era pálida, grisácea. Afuera, la casa ya estaba despierta. Escuché la voz de mi madre dando órdenes, el sonido seco de pasos, el murmullo complacido de Elara.

Nadie me llamó.

Eso significaba dos cosas: o no me necesitaban… o aún no habían decidido qué hacer conmigo ese día.

Me levanté con cuidado. El simple gesto de ponerme de pie me arrancó un jadeo ahogado. Apoyé la mano en la pared hasta que el temblor en mis piernas se calmó. Estaba acostumbrada. Siempre había vivido así, midiendo cada paso, escondiendo cada debilidad para no darles más motivos para despreciarme.

Pero aquella mañana había algo distinto.

Una inquietud suave, persistente, latiéndome bajo la piel.

El lobo.

La imagen de sus ojos dorados me atravesó con una claridad que me sorprendió. Recordé el calor de su aliento, el peso de su mirada, la forma en que, al final, había apoyado la cabeza cerca de mí como si… como si confiara.

Me vestí despacio, ignorando el hambre que me hacía doler el estómago. Tomé el pequeño frasco de ungüento —había quedado poco— y salí antes de que alguien reparara en mi ausencia.

El bosque me recibió con su silencio habitual, pero esta vez no me sentí una intrusa.

Avancé con pasos lentos, cuidando mi respiración, deteniéndome cada vez que el dolor se intensificaba. Varias veces tuve que apoyarme en los troncos, cerrando los ojos hasta que el mundo dejaba de girar.

—No soy fuerte… —murmuré para mí misma—. Pero puedo llegar.

No sabía por qué lo necesitaba tanto.

Cuando alcancé el claro donde lo había dejado, el corazón me dio un vuelco.

Estaba vacío.

Las hojas estaban revueltas, la tierra marcada por huellas profundas, pero no había rastro del enorme cuerpo negro. El lugar donde había reposado estaba frío.

Sentí un nudo apretarme la garganta.

—Quizás… —susurré— quizás ya no me necesita.

Me arrodillé con dificultad, revisando el suelo. Encontré manchas de sangre seca, menos de las que esperaba. Eso era buena señal. Quise creerlo. Me aferré a esa idea como si fuera un salvavidas.

Me quedé allí un rato, sentada sobre una roca, escuchando el murmullo del viento entre los árboles. El bosque estaba vivo a mi alrededor: el crujir de las ramas, el canto lejano de algún ave, el roce de hojas.

Entonces lo sentí.

No un sonido. No un movimiento claro.

Una presencia.

La piel se me erizó en los brazos. No de miedo. De reconocimiento.

—Sé que estás aquí —dije en voz baja, sin saber por qué estaba tan segura—. No tienes que esconderte.

El silencio se estiró.

Respiré hondo, ignorando el ardor en el pecho, y dejé el frasco de ungüento en el suelo, a la vista. Luego me aparté unos pasos y me senté de nuevo, bajando la mirada, ofreciéndole espacio.

Pasaron largos minutos.

Cuando por fin lo vi, fue apenas una sombra moviéndose entre los árboles.

Grande. Oscura.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero no me levanté. No corrí. No levanté las manos.

—Vine a verte —susurré—. Solo… eso.

El lobo emergió un poco más, lo suficiente para que pudiera distinguir su silueta. Su andar era lento, medido. Aún estaba herido. Lo noté en la forma en que apoyaba una pata antes que la otra.

Se detuvo a varios metros de distancia, observándome.

—Traje más ungüento —añadí, señalando el frasco—. Si… si quieres.

No se acercó.

Pero tampoco se fue.

Esa fue su respuesta.

Me quedé allí, hablándole de cosas pequeñas. De cómo el bosque era el único lugar donde no me sentía rota. De cómo mi cuerpo siempre fallaba, pero aun así seguía caminando. No esperaba que entendiera las palabras. Quizás solo necesitaba que alguien escuchara.

El lobo se tumbó finalmente entre las sombras, manteniendo la distancia, pero sin perderme de vista. Su presencia era firme, vigilante. Como un guardián silencioso.

Fue entonces cuando escuché el crujido.

Pasos.

Me tensé al instante.

—¿Aylén? —la voz de uno de los guerreros de la manada resonó entre los árboles—. ¿Dónde estás?

El miedo me atravesó como un cuchillo. No debía estar allí. Si me encontraban sola en el bosque, habría castigo. Siempre lo había.

Me puse de pie con dificultad, buscando una ruta para huir, pero el mareo me golpeó con fuerza. Tropecé, cayendo de rodillas.

El lobo se movió.

No hacia mí.

Hacia el sonido.

Todo ocurrió rápido.

Un gruñido profundo, estremecedor, retumbó entre los árboles. No era un aviso. Era una amenaza pura. Sentí el suelo vibrar bajo mis manos cuando el enorme cuerpo negro se desplazó con una velocidad imposible para alguien herido.

—¿Qué fue eso? —escuché al guerrero decir, alarmado.

Otro gruñido, más cercano esta vez.

—Vámonos —dijo otra voz—. No es seguro.

Los pasos se alejaron, apresurados, perdiéndose entre la maleza.

Me quedé inmóvil, el corazón desbocado.

Cuando levanté la mirada, el lobo estaba de nuevo cerca, interponiéndose entre el lugar por donde habían venido y yo. Su postura era firme, protectora. No me miraba. Vigilaba.

—Gracias… —susurré, con la voz temblorosa.

El lobo giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos dorados se encontraron con los míos. No había violencia en ellos. Ni miedo.

Solo una certeza profunda.

Por primera vez en mi vida, alguien me había protegido sin pedirme nada a cambio.

Y mientras el bosque nos envolvía en su silencio, comprendí algo que me hizo estremecer:

tal vez yo no estaba tan sola como siempre había creído.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP