Mundo ficciónIniciar sesiónEl regreso al dominio fue silencioso.
Kael avanzó por los pasillos de piedra negra guiado por el pulso constante de su lobo interior. No necesitaba ver los muros ni las antorchas; las sentía como extensiones de su propio cuerpo. Cada arco, cada columna, cada guardia inclinado ante su paso vibraba en el aire como una presencia reconocible. Y aun así, algo estaba mal. No era peligro. No era amenaza externa. Era una incomodidad profunda, un tirón persistente en el pecho, como si una parte de él hubiera quedado atrás… en el bosque… o más allá. —Rhevan —ordenó sin alzar la voz. Su mano derecha apareció de inmediato, con la precisión de alguien que llevaba años aprendiendo a escuchar lo que no se decía. —Mi Alfa. Kael se detuvo en el centro del salón. No se sentó. Permaneció de pie, con la espalda recta y el mentón alto, como si el mundo entero tuviera que acomodarse a su decisión. —Quiero que la ceremonia se prepare —dijo—. Sin retrasos. Sin discusiones. Rhevan asintió lentamente. —¿Alguna indicación específica? Kael inspiró con calma. El lobo se movió dentro de él, inquieto, marcando recuerdos que no le pertenecían del todo: manos agrietadas, frío constante, ropa gastada que no protegía. —Ropas nuevas —continuó—. Funcionales, no ostentosas. Que no la hagan sentir disfrazada. —Calzado adecuado. Abrigos. Nada que pese más que su propio cuerpo. Rhevan alzó la vista, sorprendido por el nivel de detalle. —¿Desea que lleven su emblema? Kael negó con lentitud. —Aún no. El lobo gruñó suavemente. —Hazlas llegar hoy —añadió—. Que sepa que no está sola. Rhevan inclinó la cabeza. —Así será. Las horas pasaron. Kael permaneció en silencio, escuchando el dominio respirar. El crepitar del fuego. El murmullo lejano de los sirvientes. Todo estaba en orden… hasta que no lo estuvo. El lobo se tensó de golpe. No fue una visión clara al inicio, sino sensación: un nudo de vergüenza, una opresión en el pecho, el recuerdo ajeno de un espacio cerrado cargado de hostilidad. Kael se quedó inmóvil. —No… —murmuró. El vínculo se abrió. Y entonces vio. Vio los cofres colocados sobre la mesa de la casa humana. Vio manos ajenas abriéndolos sin cuidado. Vio telas suaves contrastando con un entorno áspero, indigno. Vio a Elara. Impecable. Erguida. Sonriendo con superioridad. —¿De verdad pensaste que esto era para ti? —decía, sosteniendo una prenda entre los dedos. Aylén estaba frente a ella. Más pequeña. Más encorvada. Con la ropa manchada del trabajo, las manos heridas, la piel enrojecida por el frío y el esfuerzo. —Es… es mío —respondía Aylén—. Lo envió el Alfa. Kael sintió la vibración exacta de su voz. El temblor que intentaba ocultar. El lobo se adelantó, enfurecido. —No digas tonterías —respondía Elara—. Tú no puedes ofrecer nada a un Alfa. Aylén dio un paso al frente, extendiendo la mano. —Devuélvemelo. La bofetada no fue impulsiva. Fue calculada. El sonido del golpe se expandió como una grieta en el vínculo. Aylén giró el rostro, perdiendo el equilibrio. El lobo rugió dentro de Kael con tal fuerza que él tuvo que apoyarse en la columna más cercana. —¡No! —gruñó. Vio a Aylén llevarse la mano a la mejilla, la respiración agitada, los ojos brillando de dolor contenido. —Si no lo rechazas —continuaba Elara—, no recibirás nada. Ni ropa. Ni ceremonia. Ni respeto. Le arrebató la prenda. —Todo esto será mío —añadió—. Siempre debió serlo. El padre observaba. La madre callaba. El abandono era absoluto. Kael apretó los puños. —Rhevan —dijo con voz grave—. Ven. Ahora. Su mano derecha apareció al instante. —Mi Alfa… algo ocurre. —Sí —respondió Kael—. Y no volverá a ocurrir. El vínculo mostró la última imagen: Aylén de pie, sin nada, con la mejilla ardiendo y los ojos bajos, sosteniéndose a sí misma porque nadie más lo hacía. Kael enderezó el cuerpo. —Lo que es mío —dijo lentamente— no se toca. No se humilla. No se condiciona. Rhevan tragó saliva. —¿Desea que intervengamos? —Deseo que entiendan —corrigió Kael—. Y si no entienden… aprenderán. Se giró hacia él. —Envía otro cargamento. Con escolta. Y con un mensaje que no admita interpretación. Rhevan asintió. —¿Cuál, mi Alfa? Kael alzó el rostro vendado, como si mirara directamente a quienes habían osado tocarla. —Que mi Luna no pedirá permiso para existir. Y que el próximo golpe que reciba… lo devolveré yo. El lobo se aquietó apenas. Porque el vínculo ya no era unilateral. Aylén aún no lo sabía. Pero ya no estaba sola.






