Episodio 2

Aylén.

El primer paso fue el más difícil.

No porque el suelo estuviera cubierto de hojas húmedas o porque mis piernas temblaran por el frío, sino porque cada parte de mi cuerpo me gritaba que retrocediera. Que corriera. Que sobrevivir significaba huir.

El lobo negro era enorme incluso tendido en el suelo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, irregulares. Cada exhalación parecía un gruñido contenido, una advertencia. Su pelaje oscuro estaba apelmazado por la sangre seca en algunos puntos y fresca en otros, y el olor metálico se mezclaba con el aroma húmedo del bosque.

Me observaba.

No como lo haría un animal común, sino con una atención profunda, casi consciente. Sus ojos dorados seguían cada uno de mis movimientos, atentos, calculadores. No había miedo en ellos. Había dolor… y furia.

—No te acerques —susurré para mí misma, aunque mis pies no obedecieron.

Di otro paso.

El lobo reaccionó al instante.

Un gruñido bajo, amenazante, vibró en su garganta. Sus colmillos se mostraron, largos, blancos, mortales. Intentó incorporarse de golpe, impulsándose con las patas delanteras, pero el movimiento fue demasiado brusco. Su cuerpo cedió con un sonido sordo y volvió a caer sobre el suelo, arrancándose a sí mismo un gemido ronco que me atravesó el pecho.

Retrocedí de inmediato, el corazón desbocado.

—Lo siento… —murmuré, con la voz quebrada—. No quería…

El lobo volvió a gruñir, esta vez más débil, pero igual de amenazante. Su cola se agitó con violencia, removiendo las hojas. Estaba asustado. Herido. Acorralado. Y yo era una intrusa.

Mis manos temblaban tanto que tuve que cerrarlas en puños. El dolor en mi costado se hizo más intenso, como si mi propio cuerpo protestara por mi insensatez. Una punzada me obligó a inclinarme ligeramente, apoyando una mano contra un árbol cercano para no caer.

Respiré hondo.

Siempre había sido así. Mi cuerpo fallando. Mi fuerza agotándose antes de tiempo. Mi Luna… inexistente.

—Si quieres morderme, hazlo —susurré de pronto, sorprendida incluso de mí misma—. No creo que pueda huir muy lejos.

El lobo inclinó ligeramente la cabeza.

Solo un poco.

Como si esa frase hubiera roto algo.

Aproveché ese instante. Lentamente, muy despacio, me agaché a una distancia prudente. No extendí la mano esta vez. No lo miré directamente a los ojos. Recordaba lo que decían los ancianos: no desafíes a un depredador cuando está herido.

—Puedo ayudarte —dije en voz baja—. Sé… sé cómo limpiar heridas.

Era mentira a medias. Lo poco que sabía lo había aprendido curándome sola, a escondidas, con hierbas y vendas improvisadas. Nadie en mi casa se preocupaba por sanar mis golpes.

El lobo volvió a gruñir cuando saqué el pequeño cuchillo que siempre llevaba conmigo. El sonido fue inmediato, agresivo. Su cuerpo se tensó de nuevo, dispuesto a atacar aunque eso significara desgarrarse por dentro.

—No —me apresuré a decir—. No es para ti.

Con manos torpes, corté un trozo de tela de mi vestido. El frío mordió mi piel expuesta, pero no me detuve. Luego saqué el pequeño frasco de ungüento que guardaba como un tesoro. Hierbas molidas, grasa animal, nada más. Nada mágico. Nada fuerte.

Solo cuidado.

Avancé un poco más. El lobo lanzó un zarpazo al aire, rápido, violento. El movimiento fue tan cercano que sentí el viento de sus garras rozarme el rostro. Grité, cayendo hacia atrás, el corazón casi saliéndoseme del pecho.

El dolor explotó en mi costado. Un aliento ahogado escapó de mis labios. Me quedé en el suelo, encogida, esperando el ataque final.

Pero no llegó.

Cuando abrí los ojos, el lobo estaba inmóvil otra vez, respirando con dificultad. Su fuerza se agotaba. Lo sabía. Yo también sabía lo que era quedarse sin energía, depender de un cuerpo que no respondía.

—No voy a tocarte sin tu permiso —dije, con la voz rota—. Pero si no limpio esa herida… no vas a sobrevivir.

No sabía por qué me importaba tanto.

Me arrastré un poco más cerca, ignorando el ardor en mis músculos. El lobo no atacó esta vez. Solo me observó, tenso, desconfiado, pero quieto.

Vi la herida con claridad entonces. Un corte profundo en su costado, mal cerrado, inflamado. Probablemente una pelea. O una trampa. La sangre oscura manaba lentamente, como si su cuerpo ya no tuviera fuerzas para cerrarla.

Tragué saliva.

—Va a doler —le advertí.

Comencé a limpiar con cuidado, primero alrededor, sin tocar directamente. Cada vez que el ungüento rozaba su piel, el lobo gruñía, su cuerpo estremeciéndose. En un momento, giró el hocico hacia mí, los colmillos a centímetros de mi brazo.

Me quedé inmóvil.

—Lo sé —susurré, conteniendo el llanto—. Lo siento. Pero aguanta… por favor.

Algo cambió entonces.

No fue inmediato. No fue mágico. Fue lento.

El lobo dejó de gruñir poco a poco. Sus músculos, aunque aún tensos, comenzaron a relajarse. Su respiración se volvió un poco más regular. No apartó la mirada de mí, pero ya no había solo amenaza en ella.

Había atención.

Terminé de limpiar la herida con manos entumecidas. Luego, con extremo cuidado, presioné la tela improvisada contra el corte. El lobo soltó un sonido bajo, un quejido que me partió el alma.

—Ya casi… —murmuré.

Cuando terminé, me dejé caer hacia atrás, exhausta. El mundo me dio vueltas. El dolor en el pecho se intensificó, una presión conocida, asfixiante. Respirar se volvió difícil.

Cerré los ojos por un instante.

No supe cuánto tiempo pasó.

Cuando los abrí de nuevo, el lobo estaba más cerca.

Mucho más cerca.

Su enorme cabeza reposaba a pocos centímetros de mis pies. Ya no mostraba los colmillos. Sus ojos me observaban con algo que no supe nombrar.

Cansancio. Reconocimiento. Calma.

—No te acerques tanto… —susurré, sin fuerza real para apartarme.

Pero no se movió.

Al contrario, apoyó lentamente la cabeza sobre el suelo… y luego, con una suavidad imposible para alguien tan grande, rozó mi pierna con el hocico.

El contacto fue leve.

Casi respetuoso.

Y en ese instante, algo profundo se removió dentro de mí. Un calor extraño, desconocido, se expandió en mi pecho, disipando por un momento el dolor habitual. Como si una parte dormida de mí hubiera despertado al fin.

El lobo cerró los ojos.

Por primera vez desde que lo vi, parecía en paz.

Y yo, sentada allí, débil, rota, despreciada por todos… comprendí que, aunque no lo supiera aún, acababa de cambiar mi destino para siempre.

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