Episodio 5

La casa se estremeció cuando los caballos se detuvieron frente a la entrada.

No fue un ruido fuerte, pero sí distinto. Demasiado ordenado. Demasiado solemne para tratarse de comerciantes o viajeros comunes. Los guardias humanos se enderezaron de inmediato, nerviosos, mientras una figura descendía del caballo negro sin prisa, como si el tiempo le perteneciera.

**Rhevan** no alzó la voz. No necesitó hacerlo.

—Anuncien mi presencia —ordenó—. Vengo en nombre del Alfa.

El nombre no fue pronunciado, pero todos supieron a quién se refería.

Dentro de la casa, el patriarca dejó caer su copa. El sonido del vidrio al romperse contra el suelo fue seco, abrupto. Su esposa palideció.

—¿El… Alfa? —susurró ella, llevándose una mano al pecho—. ¿Aquí?

—Arréglate —ordenó él con urgencia—. Llama a Elara. Rápido.

En minutos, la familia estaba reunida en la sala principal. Elara descendió las escaleras con un vestido claro, el cabello cuidadosamente arreglado, el rostro sereno. Sonreía. Siempre sonreía cuando había algo que ganar.

Rhevan entró sin inclinar la cabeza, sin mirar a nadie en particular, pero su presencia llenó el espacio como una sombra pesada.

—Soy Rhevan —dijo—. Mano derecha del Alfa Supremo.

El patriarca hizo una torpe reverencia.

—Es… es un honor —balbuceó—. No esperábamos...

—Nunca lo hacen —interrumpió Rhevan con calma—. Vengo a comunicar una decisión.

No una propuesta.

No una negociación.

Una decisión.

—Mi Alfa ha puesto los ojos en su familia —continuó—. Y ha elegido a una de sus hijas como su futura Luna.

El silencio fue absoluto.

El corazón del patriarca empezó a latir con fuerza, no de miedo… sino de ambición.

—Nuestra hija mayor —dijo de inmediato, adelantando un paso y señalando a Elara— es fuerte, sana, educada. Una Luna perfecta para una alianza de ese nivel.

Elara bajó la mirada con falsa modestia.

Rhevan no la miró.

—No he terminado —dijo.

El patriarca tragó saliva.

—El Alfa ha elegido a su hija menor —continuó Rhevan—. **Aylén**.

La reacción fue inmediata.

—¡No! —exclamó la madre, sin ocultar el horror—. Eso no es posible.

—Debe haber un error —añadió el padre con rapidez—. Mi señor Alfa no puede referirse a esa niña.

Rhevan ladeó levemente la cabeza.

—¿Esa niña?

—Es… defectuosa —escupió la mujer—. Débil. Enferma. Su Luna nunca despertó. No puede dar herederos fuertes. Sería una vergüenza.

Elara frunció apenas el ceño, más por sorpresa que por desacuerdo.

—Mi hermana no está preparada para un rol así —añadió con suavidad—. Yo puedo servir mejor al Alfa. Mucho mejor.

Rhevan dejó que el silencio se extendiera.

—Mi Alfa no pidió una evaluación —dijo al fin—. Dio una orden.

El patriarca dio un paso adelante, sudoroso.

—Con todo respeto… no podemos entregar a esa hija. Pero estamos dispuestos a ofrecerle a la mayor. Es lo lógico. Lo conveniente.

Rhevan los miró entonces.

Por primera vez.

—¿Saben qué es lo ilógico? —preguntó con voz baja—. Decirle no a un Alfa.

La madre apretó los labios.

—Aylén no sirve —dijo—. Apenas puede trabajar. Pasa los días limpiando establos como una criada. ¿Cómo podría ser Luna?

En ese mismo instante, a varios metros de allí, **Aylén** arrastraba un cubo de agua por el barro.

Sus manos estaban enrojecidas, agrietadas por el frío y el trabajo constante. El olor a heno húmedo y estiércol se le había impregnado en la ropa. Cada respiración le dolía, pero seguía avanzando, limpiando, agachándose una y otra vez.

Nadie le había dicho que se preparara.

Nadie la había llamado.

Desde el interior del establo, escuchó vagamente voces elevadas en la casa, pero no prestó atención. Nunca hablaban de ella para algo bueno.

—No es digna —continuó la madre—. El Alfa se ofendería si supiera lo que realmente es.

Rhevan dio un paso hacia adelante.

—Cuidado —advirtió—. Está hablando de la futura Luna del Alfa.

Elara abrió los ojos, incrédula.

—¿La… futura qué?

—Aylén —repitió Rhevan—. Su hija menor. La Luna defectuosa, como la llaman.

El patriarca negó con la cabeza, desesperado.

—No. No. No podemos permitirlo. Si el Alfa insiste… entonces será mejor que tome a la otra. La que vale la pena.

Rhevan los observó durante un largo instante.

—Transmitiré su respuesta —dijo finalmente.

Se giró sin despedirse.

—Pero les aconsejo algo —añadió antes de salir—: no confundan paciencia con debilidad.

Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio volvió a caer.

La madre fue la primera en romperlo.

—Esto es culpa suya —dijo, con los ojos encendidos—. Siempre trayendo desgracia.

Elara apretó los labios, pensativa.

—No importa —respondió—. El Alfa cambiará de opinión cuando vea lo que yo puedo ofrecer.

Aylén, ajena a todo, se arrodilló en el barro para recoger la paja sucia.

Sin saberlo, su destino ya había sido decidido.

Y el mundo estaba a punto de castigar a quienes se atrevieron a rechazarlo.

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