Mundo ficciónIniciar sesiónPara desmantelar la red de Antonio Nariño, la policía Natalia debe infiltrarse en La Esquina Negra como Ana María, una profesora de baile. Su objetivo clave: Gabo, el terrateniente desconfiado y peligroso que maneja las operaciones. Lo que su plan no incluyó fue que, tras la máscara del criminal, encontraría a un hombre herido cuya mirada la desarma, y que el corazón que debía usar como carnada comenzaría a latir de verdad por él. Y lo que nadie pudo prever fue que el Mayor Rojas, su frío y calculador jefe, el arquitecto de toda esta mentira, empezaría a mirarla no como un recurso, sino como la mujer que ha sacudido su control. Atrapada en un triángulo imposible, Natalia deberá navegar un mar de mentiras, drogas y violencia, donde cada decisión puede salvar la ciudad o destrozar su corazón. ¿Traicionará su deber por el amor del enemigo? ¿O seguirá las órdenes del hombre que la envió a la trampa y ahora la desea? En La Esquina Negra, el peligro más mortal no siempre lleva un arma... a veces solo lleva una mirada que desvela tu alma.
Leer más—¿Cómo que ya lo conseguiste? —preguntó, y su voz había perdido toda calidez—. ¿De dónde sacaste esa cantidad de dinero, Natalia?Ella desvió la mirada, sintiendo que las mejillas le ardían.—No puedo decírtelo.—¿No puedes o no quieres? —Dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Porque una cosa es no querer, y otra muy diferente es no poder. Así que te pregunto de nuevo: ¿de dónde sacaste el dinero?Natalia apretó la mandíbula, negándose a responder. Pero su silencio era más elocuente que cualquier palabra.Dante sintió que la sangre le hervía. Sin mediar palabra, cruzó la distancia que los separaba y la tomó del brazo con una fuerza que no había usado antes. Sus dedos se cerraron alrededor de su antebrazo como un tornillo de banco, apretando, doliendo.—¡Me vas a decir ahora mismo quién te dio ese dinero! —exigió, su voz elevándose, perdiendo todo el control que había mantenido hasta ahora.Natalia agachó la mirada, negándose a encontrar sus ojos. No podía decirle. No podía.
El resto de la tarde transcurrió en una niebla de pensamientos. Natalia ordenó el salón, revisó la música para la próxima clase, respondió mensajes de los chicos. Pero su mente estaba en otra parte, en la historia de Doña Ester, en ese Gabo que bailaba y amaba y reía, en el hombre que había sido antes de que el dolor lo transformara en piedra. Y también en sus palabras finales: Ese mundo quema.El atardecer comenzó a pintar el cielo de tonos naranjas y rosados cuando Natalia decidió que ya era hora de irse. Estaba recogiendo sus cosas cuando escuchó una voz conocida a sus espaldas.—Ana.Se volvió, y allí estaba Gabo. De pie en la puerta del centro comunitario, con su chaqueta de cuero y esa expresión seria que tan bien conocía. Pero en sus ojos había algo diferente, algo más suave. La luz del atardecer lo envolvía en tonos cálidos, haciendo que por un momento pareciera menos el hombre duro y más el muchacho que bailaba del que había hablado Doña Ester.El corazón de Natalia dio un vu
Ana se levantó con determinación, se duchó rápido, se vistió con su ropa de siempre y salió antes de que pudiera cambiar de opinión. El camino a La Esquina Negra fue un ejercicio de respiración profunda y pensamientos ordenados. Tenía que concentrarse. Tenía que ser Ana María, la profesora de baile. Nada más.Cuando llegó al centro comunitario, el bullicio habitual la envolvió como un abrigo conocido. Los chicos ya estaban allí, calentando, riendo, esa energía contagiosa que siempre lograba sacarla de sus propios laberintos mentales.—¡Profe! —Lena corrió hacia ella, abrazándola con la efusividad de siempre—. ¡Llegó tarde!—Perdón, perdón —sonrió Natalia, devolviendo el abrazo—. ¿Listos para ensayar?—¡Siempre!La clase transcurrió en esa burbuja de normalidad. Los chicos se movían al ritmo de la música, sus cuerpos expresando lo que las palabras no podían. Natalia los corregía, los animaba, se reía con sus ocurrencias. Pero una parte de ella estaba en otra parte, preguntándose si en
La luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas, pintando rayos dorados sobre las sábanas revueltas. Natalia despertó lentamente, arrastrada desde las profundidades del sueño por una sensación de calidez que no recordaba haber sentido en años. Estaba envuelta en algo, rodeada, protegida.Abrió los ojos con cuidado y descubrió que era él. Gabo. Su brazo rodeaba su cintura, su pecho presionaba suavemente contra su espalda, su respiración acompasada acariciaba su nuca. Estaba profundamente dormido, su rostro relajado de una manera que nunca había visto, sin las líneas de tensión que siempre lo marcaban. Parecía más joven, más vulnerable, más... humano.El abrazo era tan rico, tan cálido, tan perfecto, que por un momento Natalia se permitió quedarse quieta, sintiendo cada punto de contacto entre sus cuerpos, el latido lento de su corazón contra su espalda, la paz absoluta de este momento robado.Pero entonces la realidad se coló como un ladrón en su burbuja de felicidad.¿Qué
Último capítulo