Llegar al salón con Mateo, fue como entrar con un león joven a rastras. Doña Ester Julia dejó caer el trapo que sostenía, sus ojos oscuros, tan parecidos a los de su nieto, se abrieron en una mezcla de incredulidad y un temor ancestral.
— No puedo creerlo —murmuró, más para sí misma que para ellos. —hiciste un buen trabajo Ana María.
Mateo carraspeó, incómodo bajo esa mirada.
— Abuela, deje de alargar tanto a esta señora —refunfuñó, hundiendo las manos en los bolsillos del jean holgado.
— Más r