El resto de la tarde transcurrió en una niebla de pensamientos. Natalia ordenó el salón, revisó la música para la próxima clase, respondió mensajes de los chicos. Pero su mente estaba en otra parte, en la historia de Doña Ester, en ese Gabo que bailaba y amaba y reía, en el hombre que había sido antes de que el dolor lo transformara en piedra. Y también en sus palabras finales: Ese mundo quema.
El atardecer comenzó a pintar el cielo de tonos naranjas y rosados cuando Natalia decidió que ya era