Al salir del edificio, la figura alta y sólida de Gabo la esperaba apoyada contra la pared, iluminada por el neón parpadeante de La Esquina Negra. Su expresión era impenetrable.— ¿Te gustó el baile? —preguntó Ana María, desafiante, deteniéndose frente a él.— Este no es lugar para ti —dijo él, ignorando la pregunta, su voz un ronco susurro de advertencia—. Deberías irte. Ahora.Ella esbozó una sonrisa pequeña y fría.— Ya es tarde. Estoy dentro.Por un instante, algo cruzó los ojos oscuros de Gabo. No era ira. Era una chispa de fascinación pura, rápida como un relámpago, ante la audacia descarada de esta mujer que no se doblegaba. Asintió, casi para sí mismo.— Entonces no saldrás fácil —sentenció y se apartó de la pared, abriendo el camino—. Suerte, profesora. La vas a necesitar.Y se perdió en la sombra del callejón, dejándola sola bajo la luz enfermiza del neón, con la certeza de que había llamado la atención del depredador, y de que el juego, ahora, era de verdad.Esa noche, en l
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