Mundo ficciónIniciar sesiónGabo llegó puntual. Llevaba una camisilla blanca simple que se tensaba sobre su torso musculoso y una chaqueta de jean gastada. Al verla, se quedó un segundo en silencio. Ana María llevaba un vestido rojo corto que acentuaba sus curvas, su cabello cobrizo ondeaba suelto sobre los hombros y un maquillaje sutil realzaba sus ojos. Estaba deslumbrante, y la expresión de Gabo, por una fracción de segundo, fue de pura y absoluta captura.
La cena transcurrió con una calma sorprendente. Entre platos sencillos y sorbos de vino, la tensión inicial se transformó en una corriente eléctrica de cercanía.
— Me doy cuenta —dijo ella en un momento, jugando con el borde de su copa— de que no eres el hombre frío que todos piensan.
Él alzó una ceja.
— ¿Así? ¿Por qué lo dices?
— Porque me ayudaste. Dos veces. Estás aquí conmigo. Y hoy… cuando ese chico dijo que no eras su padre, tu mirada cambió. Hubo dolor.
Gabo apretó la mandíbula. Una sombra veloz cruzó sus ojos.
— No quiero hablar de eso —dijo, y su voz tenía un borde áspero, pero no de enojo, sino de protección hacia algo herido.
Ella asintió, respetando el límite. Para cambiar el aire, él murmuró:
— Bailas muy bien. Con… sentimiento.
Ana María sintió que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas. Una sonrisa nerviosa, genuina, jugó en sus labios.
— Me halaga que venga de usted.
La noche pasó demasiado rápido, en un torbellino de miradas sostenidas y palabras que decían más de lo que pronunciaban. Cuando Gabo se levantó para irse, había una calma nueva entre ellos.
— Nos vemos en la comuna —dijo él, y su tono ya no era una orden, sino casi una promesa.
— Nos vemos —susurró ella.
Al cerrar la puerta, Ana María se apoyó contra ella, el corazón galopándole. Había visto grietas en su armadura, había sentido una atracción que no era parte del guión. Y Gabo, camino a su moto, sabía que estaba en grave peligro. No por una amenaza, sino por un deseo profundo y olvidado de volver a ver esa sonrisa, esa noche, y cada noche después.
A la mañana siguiente, el timbre sonó a una hora prudente de la mañana. Natalia, aún con sueño, abrió la puerta vestida con un pijama corto y sencillo de algodón blanco que, sin intención, delineaba la suave curva de sus caderas y la larga línea de sus piernas tonificadas. No prestó atención a su atuendo.
— Mayor —dijo, sorprendida, abriendo paso a Dante Rojas, quien entró con su habitual aire de urgencia contenida, aunque una sombra de cansancio oscurecía sus ojos.
— Nariño está planeando mover un cargamento grande. Enorme. Necesito que averigües el destino final. Es nuestra oportunidad para una intervención masiva —soltó sin preámbulos, clavando en ella una mirada que exigía máxima atención.
Ella asintió, seria.
— Entendido. ¿Un café?
Mientras ella se giraba y caminaba hacia la pequeña cocina, el Mayor no pudo evitar seguirla con la vista. El movimiento del delicado tejido de algodón sobre su silueta, la firmeza de sus pantorrillas con cada paso, crearon una distracción física tan potente que una fina capa de sudor frío asomó en su nuca. Respiró hondo, forzando la mente a concentrarse en el mapa logístico de Nariño y no en la geografía que tenía delante.
Cuando Natalia regresó con las dos tazas humeantes, lo encontró de pie, mirando fijamente por la ventana, la mandíbula apretada.
— ¿Está bien, Mayor? —preguntó, ofreciéndole el café.
— Sí —respondió él, tomando la taza y evitando su mirada—. Solo es la presión del caso. —Bebió un sorbo, recuperando la compostura—. Informe. ¿Cómo progresan las cosas con Gabo? ¿Ha hecho algún movimiento?
Ella dudó un instante, luego asintió.
— Sí. Anoche lo invité a cenar. Aquí.
Una punzada aguda, rápida y totalmente irracional de algo que se parecía demasiado a los celos atravesó el pecho de Rojas. La tensión regresó a sus hombros.
— ¿Y? ¿Sucedió algo? —preguntó, manteniendo su tono profesional, plano.
— Aún no —respondió ella, con una honestidad que sonó extrañamente vulnerable.
Dentro de él, una oleada de alivio, igual de irracional, apagó la punzada anterior. Asintió con la cabeza, un gesto brusco.
— Bien. Mantén la distancia emocional, Bedoya. Es crucial. No te veas arrastrada por el personaje —y se fue.
Minutos más tarde, al entrar a La Esquina Negra, no estaba la guardia habitual. En su lugar, Gabo esperaba, apoyado contra la pared. Su mirada era diferente, menos impenetrable.
— ¿Me vas a requisar hoy? —preguntó Ana María, con una sonrisa juguetona.
— No —respondió él, y de su chaqueta sacó una pequeña barra de chocolate, la mejor que se vendía en la zona—. Es para agradecer la cena.
Ella se sonrojó, una oleada de calor dulce y genuino.
— No era necesario… gracias.
Antes de que pudiera pensar en las consecuencias, se inclinó y le dejó un beso suave y rápido en la mejilla.
El beso fue un fantasma de contacto: suave, seco, fugaz. Pero en la piel de Gabo, donde sus labios rozaron su mejilla, se encendió una marca de fuego lento que parecía expandirse hacia su sangre. Se quedó paralizado, mientras ella, con una sonrisa tímida pero radiante, se alejaba hacia el salón.
Desde la penumbra del pasillo, la observó entrar al aula vacía. Encendió la nueva grabadora, y una música suave llenó el aire. La vio comenzar a estirarse, levantando los brazos, arqueando la espalda en un movimiento fluido que era pura gracia y fuerza. Cada línea de su cuerpo, concentrada en el ejercicio, parecía una afirmación de vida en medio de aquel lugar muerto.
Un pensamiento claro y brutal como un disparo resonó en su cabeza, ahogando el último eco del beso: "No te puedes enamorar." Pero era demasiado tarde. La advertencia llegaba justo cuando sentía, por primera vez en una década, que su corazón, ese órgano endurecido que solo latía para la supervivencia, daba un vuelco rebelde y peligroso.







