Mundo ficciónIniciar sesiónAl salir del edificio, la figura alta y sólida de Gabo la esperaba apoyada contra la pared, iluminada por el neón parpadeante de La Esquina Negra. Su expresión era impenetrable.
— ¿Te gustó el baile? —preguntó Ana María, desafiante, deteniéndose frente a él.
— Este no es lugar para ti —dijo él, ignorando la pregunta, su voz un ronco susurro de advertencia—. Deberías irte. Ahora.
Ella esbozó una sonrisa pequeña y fría.
— Ya es tarde. Estoy dentro.
Por un instante, algo cruzó los ojos oscuros de Gabo. No era ira. Era una chispa de fascinación pura, rápida como un relámpago, ante la audacia descarada de esta mujer que no se doblegaba. Asintió, casi para sí mismo.
— Entonces no saldrás fácil —sentenció y se apartó de la pared, abriendo el camino—. Suerte, profesora. La vas a necesitar.
Y se perdió en la sombra del callejón, dejándola sola bajo la luz enfermiza del neón, con la certeza de que había llamado la atención del depredador, y de que el juego, ahora, era de verdad.
Esa noche, en la oscuridad de su apartamento, Marcó un número memorizado. Sonó dos veces antes de que una voz grave respondiera al otro lado.
— Diga.
— Estoy dentro —susurró ella, los ojos fijos en la ventana.
Al otro lado de la línea, la voz del Mayor Rojas, aunque contenida, dejó escapar una nota de algo que podía ser satisfacción o simple alivio.
— Bien. Más rápido de lo esperado. Buen trabajo, Bedoya. —Hizo una pausa, y su tono recuperó la frialdad operativa—. Ahora mantén el ritmo. Informa solo si es crucial. No te expongas. —y colgó.
Los días pasaban y cada entrada a La Esquina Negra era un recordatorio humillante: una de las guardias de Nariño, una mujer con ojos muertos llamada Perris, la requisaba de arriba abajo con manos brutales. Gabo había convencido a Antonio de que la profesora era buena para la imagen del barrio, pero la desconfianza del capo era palpable como un hedor.
Esa tarde, Ana María intentaba enganchar a un puñado de adolescentes con una coreografía sencilla cuando la puerta se abrió de golpe. Dos chicos de no más de quince años irrumpieron. Uno blandía una pistola pequeña pero real. En segundos, agarraron la vieja grabadora y salieron disparando.
El instinto de Natalia estalló antes que el juicio de Ana María. Sin pensar, salió tras ellos. El de la pistola escapó por un callejón, pero ella alcanzó al otro, lo inmovilizó contra una pared y le torció el brazo a la espalda.
— ¡Devuélvanlo! —le gritó al oído.
— ¡Yo no fui! ¡Solo lo acompañaba, lo juro! —gimió el chico, aterrado.
En ese momento, el ronroneo de una moto se detuvo a su lado. Gabo, con el casquete en la mano, la miraba con una expresión que heló la sangre.
— ¿Qué demonios estás haciendo? Suéltalo.
— ¡Robaron el equipo! —explicó Ana, sin soltar al chico.
— Te dije que lo soltaras —rugió Gabo, bajando de la moto. Su voz era un latigazo—. Es mi hijo. No te metas con él.
El chico, con rabia, gritó entonces:
— ¡Usted no es mi papá! ¡Abrace!
Ana María abrió las manos, liberando al chico, que salió corriendo. Se quedó mirando a Gabo, comprendiendo que acababa de tocar, sin querer, la única fibra humana que le quedaba. Y que hacerlo había sido el error más peligroso de todos.
— Lo siento —dijo Ana María, la voz aún entrecortada—. No quería hacerle daño. Solo… es la única grabadora que tenemos.
Gabo la observó, la tensión aún palpitando en el aire entre ellos. Su rostro, un momento antes distorsionado por la ira, se suavizó un poco.
— No se preocupe por eso —murmuró, su tono más bajo—. Le conseguiré otra.
— ¿De verdad? —La sorpresa y un rayo de genuina esperanza iluminaron el rostro de Ana María antes de que pudiera contenerse. Sonrió. Fue una sonrisa amplia, aliviada, que le llegó a los ojos y por un segundo borró toda la dureza y el miedo acumulado.
Gabo la miró. Por dentro, algo se estremeció, como una piedra lanzada a un pozo profundo y olvidado.
Esa sonrisa fue un hechizo perfecto. Se coló entre las grietas de su armadura y se le instaló en el corazón con una dulzura que lo aterrorizó.
— Para agradecer el gesto —propuso ella, recuperando la compostura pero manteniendo una cálida sinceridad en la mirada— lo invito a cenar. Cuando quiera.
Él negó con la cabeza.
— No es necesario.
Dio media vuelta, subió a la moto y arrancó sin mirar atrás, dejándola en la calle con el eco de una sonrisa que, por un instante, había logrado traspasar su armadura.
Horas después, el rugido de la moto anunció su regreso. Gabo apareció en la puerta del salón cargando no una grabadora, sino un equipo de sonido portátil nuevo y de buena calidad. Ana María se quedó boquiabierta.
— Gabo… esto es de verdad. No sabes cuánto te lo agradezco —su voz tembló de emoción genuina. Sin pensarlo, en un impulso de puro agradecimiento, cerró la distancia y lo abrazó.
Gabo se quedó absolutamente rígido. El contacto fue un electroshock. No recordaba la última vez que alguien lo había abrazado sin intención de dañarlo o someterlo. Sus brazos colgaron a los lados, impotentes, mientras sentía la cálida presión de su cuerpo contra el suyo.
Ella notó la tensión de piedra en sus músculos y se separó rápidamente, avergonzada.
— Lo siento, fue… el impulso.
Él asintió, sin palabras, todavía procesando el maremoto sensorial.
— Por favor —insistió ella, recuperándose—, déjame invitarte a cenar. Te lo debo.
— Aquí no hay lugares… —masculló él, buscando una excusa en su territorio.
— Entonces te invito a mi casa —declaró Ana María, con una decisión que no admitía rechazo—. Yo cocino. Es lo menos que puedo hacer.
Gabo la miró, atrapado entre el deseo instintivo de huir y una curiosidad profunda, arrastrada por el fantasma de aquel abrazo. Finalmente, asintió con la cabeza, una vez.
— Esta noche —concedió, y se fue antes de que pudiera arrepentirse.
Cuando la noche cayó, Ana escuchó el ronroneo familiar de la moto deteniéndose abajo. Contuvo la respiración. No era solo una cena. Era la primera vez que cruzaba el umbral de su personaje para invitar al lobo directamente a su guarida.







