La primera luz del amanecer se filtró por la ventana como un intruso, pintando de gris pálido las formas entrelazadas en el sofá. Natalia despertó primero, el peso de un brazo muscular alrededor de su cintura, el calor de un torso desnudo contra su espalda. Por un segundo de confusión plácida, olvidó quién era y dónde estaba. Luego, la memoria regresó en un torrente: la llamada, la puerta, el olor a whisky, la confesión, el beso… todo el camino hasta la intimidad febril y sin palabras que había