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Capítulo 6: La Herencia y el Fantasma

La luz de la mañana entraba polvorienta por las ventanas altas del salón, donde Ana María encontró a Doña Ester Julia limpiando los espejos con una furia silenciosa, como si pudiera pulir las marcas del tiempo. La mujer dejó el trapo al sentir su presencia.

— He escuchado algo —dijo Doña Ester sin preámbulos, su voz áspera pero con un destello inusual—. Hay un concurso. Fuera de aquí, en el centro. Baile urbano. El premio es bueno… podría cambiarle la perspectiva a más de uno de estos muchachos.

Ana María sintió una chispa de entusiasmo genuino. Era una oportunidad perfecta, no solo para ellos, sino para consolidar su papel.

— ¡Claro que pueden participar! —exclamó—. Tienen talento, solo necesitan disciplina y… —hizo una pausa, evaluando— un chico más. El equipo está desbalanceado.

Doña Ester asintió lentamente, sus ojos, siempre tan escrutadores, se nublaron por un segundo con algo que parecía nostalgia y dolor.

— Mi nieto —dijo, las palabras saliendo con cuidado—. Baila bien. Mejor de lo que él cree. Heredó el talento… de su papá. —Hubo un temblor casi imperceptible en su voz al mencionar al padre, un eco de algo profundo y perdido.

Ana María, impulsada por el instinto de ayudar y de aprovechar cualquier conexión, se acercó.

— Entonces, ¿por qué no lo trae? Yo puedo hablar con él. A veces un extraño, un profesor nuevo… puede convencer donde la familia no llega.

Doña Ester la miró, y por primera vez, Ana María vio una grieta en la armadura de la matriarca: una mezcla de esperanza y un miedo ancestral.

— Es… complicado —confesó, bajando la voz—. Orgulloso. Herido. No aceptará.

— Déjame intentar. ¿Cómo se llama?

La anciana respiró hondo, como si el nombre pesara toneladas.

— Mateo. Mateo Ayala.

El aire se le cortó a Ana María. Ayala. El mundo pareció reducirse a ese apellido. El hijo de Gabo. El niño que había participado en el robo. 

— Ayala… —repitió, buscando confirmar lo obvio, el corazón acelerándose—. Doña Ester, perdóneme la pregunta, pero… ¿quién es el padre de Mateo?

El rostro de Doña Ester Julia se transformó. La nostalgia se esfumó, reemplazada por una máscara de hierro, pero detrás de sus ojos, el dolor brillaba como una herida abierta. Su voz, cuando habló, fue grave, seca, cargada de una verdad que había tallado a fuego en su alma.

— El padre de Mateo —dijo, clavando la mirada en un punto lejano más allá de la pared— está muerto.

No dio más explicaciones. No mencionó a Gabo. Solo dio media vuelta y se alejó con pasos firmes que resonaron en el salón vacío, dejando a Ana María congelada en el sitio, rodeada del eco de esas tres palabras devastadoras.

Ana María salió a buscar al nieto de doña Ester Julia. Lo encontró en una de las esquinas del barrio. Estaba con el mismo chico flaco que le robó la grabadora, ambos sumidos en una conversación tensa y baja. Al verla acercarse, Mateo puso los ojos en blanco.

— Que hace aquí —dijo, con un tono de fastidio forzado—. Abrase. No sea sapa.

Ana María no se inmutó. Cruzó los brazos, estudiándolo. No vio a un criminal, vio a un niño endurecido por el dolor.

— Ya sé qué pasa —dijo, con una sonrisa ligera que no llegaba a burlona, pero sí desafiante—. Te da miedo verme.

Mateo se irguió, los puños apretándose a los costados. El amigo lo miró y se fue dejándolos solos.

— ¿Miedo? Yo no le tengo miedo a nada —escupió las palabras, pero su voz aún tenía un deje adolescente, un quebrado que delataba su bravuconería.

— Si no tienes miedo —insistió ella, suave pero firme—, ven, habla conmigo cinco minutos. Sé varón, como tu papá.

Fue como tocar un cable de alta tensión. La máscara de indiferencia de Mateo se quebró. Sus ojos, tan parecidos a los de Gabo pero llenos de una rabia joven y desorientada, se encendieron.

— ¡Yo no tengo papá! —gritó, y esta vez la voz le salió rasgada, cargada de una verdad dolorosa y absoluta.

Se acercó a ella, desafiante, invadiendo su espacio. Olía a calle, a sudor juvenil y a impotencia.

— ¿Qué quiere, pues? Hable rápido, que no tengo tiempo —dijo, pero ya no era el tono del parcero duro. Era el de un chico herido que, a pesar de todo, había detenido su huida para escuchar.

Ana María mantuvo la calma, viendo más allá del desplante. Allí estaba: la puerta de entrada no solo al concurso, sino al corazón mismo del hijo de Gabo. Y supo que tenía que manejarlo con la precisión de un cirujano, porque un error podría cerrarla para siempre.

— Me dijeron que eres buen bailarín —comenzó Ana María, ignorando su actitud—. Los chicos del centro van a entrar a un concurso, pero nos falta un integrante. Podrías completar el equipo.

Mateo soltó una risa seca, sin humor.

— ¿Ayudar a una bobada de esas? Para eso me buscó. No. Váyase.

Ella persistió.

— Hágale. Sería bueno para usted.

— Ya le dije que no —replicó él, empezando a darse la vuelta.

Fue entonces cuando Ana María cambió la táctica. Cruzó los brazos y dejó caer las palabras con una calma deliberadamente desafiante:

— Ah, claro. Con razón. Ya sospechaba que con esa cara de duro no tenía talento. Ni debe saber bailar.

Mateo se detuvo en seco. El insulto a su orgullo fue más efectivo que cualquier súplica. Lentamente, giró hacia ella. Sin decir una palabra, sin que sonara música, comenzó a marcar un ritmo con los pies contra el pavimento. Luego, su cuerpo estalló en una serie de movimientos. Era una fusión cruda de hip-hop y ritmos callejeros, llenos de golpes secos, giros repentinos y una energía agresiva que contaba una historia de rabia y confinamiento. Era brusco, pero había un ritmo innato, una habilidad natural e innegable que transformó la esquina sucia en un escenario.

Cuando terminó, jadeando levemente, clavó sus ojos en los de ella, desafiándola a negarlo.

Ana María lo observó sin pestañear, luego dejó escapar un suspiro exagerado.

— Como sospechaba. No es bueno.

Mateo frunció el ceño, confundido por la falta de reacción.

— Pero no importa —continuó ella, con un encogimiento de hombros—. No necesitamos que tengas talento. Solo un cuerpo que complete el equipo. Te ponemos atrás, donde no se te vea mucho. Total, los otros sí cargan con el peso.

La provocación fue aún más profunda. 

— Entonces consíganse a otro —murmuró, y empezó a alejarse de nuevo.

Ana María dejó que diera un par de pasos antes de lanzar el último anzuelo, su voz clara en el aire quieto:

— El premio para el ganador es en efectivo. Una buena suma. Digamos… suficiente para cambiar algunas cosas.

Mateo se detuvo. No se dio la vuelta, pero su espalda, antes tensa por la indiferencia, ahora estaba rígida por la atención. El silencio se extendió por dos, tres segundos. El dinero, la posibilidad tangible de algo distinto, había hecho su trabajo. Finalmente, giró la cabeza apenas, un perfil contra la luz sucia de la calle.

— ¿Cuánto? —preguntó, y en esa única palabra había toda la desconfianza, la necesidad y la curiosidad de un chico que, por primera vez, veía una salida que no era un callejón sin salida.

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