Mundo ficciónIniciar sesiónSer la secretaria de Diddier Montalvo no es un trabajo. Es sobrevivir a un jefe perfecto, frío… y peligrosamente irresistible. Durante dos años, ella ha sido invisible. Eficiente. Impecable. Intocable. Hasta que un pequeño error lo cambia todo. Un archivo enviado por accidente. Una novela equivocada. Un protagonista sospechosamente familiar. Porque sí… ella ha estado escribiendo sobre él. Sobre su jefe. Sobre su actitud dominante. Sobre todo lo que haría si dejara de ser tan malditamente profesional. Y ahora… él lo sabe. Diddier Montalvo acaba de descubrir que su secretaria, la mujer que nunca reacciona ante él, en realidad lo imagina perdiendo el control. Y lo peor no es eso. Lo peor es que quiere saber cómo termina la historia. Entre órdenes que ya no suenan tan profesionales, miradas que duran demasiado y un capítulo setenta que él exige leer… la línea entre el trabajo y el deseo empieza a desdibujarse. Porque cuando un CEO obsesivo decide involucrarse en tu novela… huir no es una opción. Y esta vez, él no quiere ser solo el protagonista. Quiere ser quien escriba el final.
Leer másMi nombre es… ¿A quién le importa cómo me llame?
A mí no, desde luego.
En el ecosistema de Tecnología del Futuro, mi identidad es lo de menos. Los nombres son para las personas que necesitan ser recordadas. Yo no. Yo estoy diseñada para ser indispensable, no memorable.
Para el resto del mundo, soy simplemente la secretaria.
Esa mujer de acero que puede orbitar alrededor del sol sin quemarse.
Y el sol, en este caso, tiene nombre y apellido: Diddier Montalvo.
CEO. Genio. Tirano corporativo.
Un hombre cuya arrogancia solo es superada por su fortuna… y por su inquietante capacidad para hacer que directivos con décadas de experiencia suden frío con una sola mirada.
Mientras el jefe sea feliz, el imperio prospera.
Y si Diddier es feliz, es porque yo me encargo de que el universo conspire a su favor.
Aunque ese “universo” sea, en realidad, mi agenda perfectamente sincronizada, mi red de contactos y una paciencia que debería cotizar en bolsa.
—¡Malditos! —murmuro para mis adentros mientras camino exactamente tres pasos detrás de él por el pasillo principal.
Ni dos. Ni cuatro.
Tres.
Siempre tres.
Mis dedos se deslizan sobre la tablet con precisión quirúrgica, registrando cada orden que sale de sus labios. Diddier no habla. No conversa. No explica.
Él dicta.
Y el mundo —incluyéndome— ejecuta.
—Reprograma la llamada con Singapur. No, espera. Adelántala dos horas. Cancela la cena del jueves. No quiero ver a esos idiotas esta semana. Que el equipo de desarrollo me entregue un informe completo antes de las cinco.
Anoto todo sin levantar la vista.
Fusión en Singapur. Interfaz de IA. Inversores susceptibles. Crisis latente.
Y, por supuesto, la cena que olvidará si yo no se la recuerdo exactamente diez minutos antes.
Siempre diez.
Nunca nueve. Nunca once.
Lo que me diferencia de todas las secretarias que terminaron llorando en el baño antes de ser desechadas es algo muy simple:
Yo no me dejo seducir.
No es disciplina. Es supervivencia.
He desarrollado una especie de inmunidad funcional a su presencia. A su voz grave. A esa forma suya de inclinar ligeramente la cabeza cuando evalúa a alguien, como si estuviera decidiendo si vale la pena conservarlo… o descartarlo.
No he intentado llamar su atención.
No he usado faldas estratégicas.
No he confundido eficiencia con coqueteo.
En esta oficina, soy invisible por diseño.
Un fantasma corporativo con acceso total.
Mi ropa es tan sobria que podría confundirme con el mármol de la recepción. Mi perfume es neutro. Mi voz, medida. Mi existencia, utilitaria.
Diddier Montalvo chasquea los dedos, y yo ya tengo la respuesta antes de que termine el gesto.
Es una dinámica tan perfectamente aceitada que, a veces, me pregunto si él siquiera sabe que tengo rostro.
Mucho menos nombre.
Para él, soy una extensión de su escritorio.
Una herramienta más.
Y yo me aseguré de que así fuera.
Porque detrás de esa fachada impecable de empleada modelo… existe otra versión de mí.
Una que nadie en este edificio conoce.
La llaman —aunque solo en estadísticas y rankings— Sunflower.
La escritora.
La que convierte fantasías en dinero.
La que observa, registra… y transforma.
En este edificio no hay secreto que no pase por mis manos.
Y ese poder, bien administrado, paga facturas mucho más allá de mi salario.
Mi vida era una maquinaria perfecta.
Silenciosa. Precisa. Bajo control.
O lo era.
Hasta hace exactamente cinco minutos.
La crisis por el lanzamiento del nuevo software había convertido la oficina en una olla de presión.
El ambiente estaba cargado.
Correos urgentes. Llamadas cortadas. Equipos al borde del colapso.
Y Diddier…
Bueno.
Diddier estaba en su estado más peligroso:
Calmadamente furioso.
—Necesito el informe de vulnerabilidades en mi sistema. Ahora mismo.
No levantó la voz.
Y eso fue peor.
Mucho peor.
Porque cuando grita, libera tensión.
Cuando no… alguien va a pagar.
Yo, mientras tanto, estaba haciendo algo extremadamente estúpido.
Trabajaba en dos mundos al mismo tiempo.
En mi pantalla, dos ventanas abiertas:
A la izquierda: métricas corporativas.
A la derecha: el capítulo más arriesgado que he escrito en mi vida.Error número uno.
El pánico llegó en forma de prisa.
La prisa, en forma de descuido.
Y el descuido… en forma de desastre.
Arrastré el archivo sin pensarlo demasiado hacia Nexus, nuestro sistema interno.
Ultra seguro.
Ultra eficiente.
Ultra implacable.
Hice clic.
Enviar.
Destino uno: Diddier Montalvo.
Destino dos: mi editora.Un segundo después…
El mundo se detuvo.
Miré el nombre del archivo.
No.
No.
No, no, no…
No era Informe_Metricas_Q3.p*f.
Era:
El_Castigo_del_Señor_D_Cap69.docx
El silencio se volvió denso.
Irreal.
Y entonces ocurrió.
El pequeño icono junto al nombre de Diddier cambió de color.
En esta empresa no existe el “visto”.
Existe algo peor.
Mucho peor.
El Doble Check Dorado.
Una confirmación elegante.
Definitiva.
Irrevocable.
El archivo había sido abierto.
Leído.
Procesado.
El aire abandonó mis pulmones.
No de golpe.
Sino en una fuga lenta y cruel.
Estoy aquí.
Sentada.
Apenas a dos metros de su oficina.
Puedo escuchar el aire acondicionado.
El leve clic del ratón.
Cada segundo pesa como una condena.
—Estúpida… —susurro—. Estúpida, estúpida…
Mis dedos se enfrían.
Mi espalda se humedece.
Mi mente… colapsa.
Porque sé exactamente qué contiene ese archivo.
El “Señor D” no es un CEO eficiente.
No es un estratega.
No es un líder.
Es un hombre peligroso.
Dominante.
Implacable.
Un hombre que acorrala a su secretaria contra el ventanal de su oficina —el mismo ventanal que tengo frente a mí— y la obliga a olvidar cómo respirar.
Un hombre que no pide permiso.
Que no negocia.
Que toma.
Y lo peor…
Lo construí usando cada detalle real.
Su anillo girando en el dedo cuando está tenso.
El aroma a madera oscura y tabaco limpio.
La forma en que su mirada se vuelve más profunda cuando pierde la paciencia.
No dejé nada fuera.
Nada.
Mis predecesoras fallaron porque querían vivir la fantasía.
Yo fui más inteligente.
La vendí.
La convertí en capítulos.
En ingresos.
En anonimato.
Hasta ahora.
Porque ahora…
Él sabe.
El pánico me empuja a abrir el cajón.
Pastillas.
Las encuentro.
Las tomo.
Sin agua.
El sabor amargo se pega a mi lengua, pero no logra apagar el incendio que me devora por dentro.
Soy una profesional.
La mejor que ha tenido.
Pero en este instante…
Soy una mujer que acaba de entregarle a su jefe el mapa detallado de sus fantasías más peligrosas.
Y él… lo está leyendo.
El intercomunicador se enciende.
Un clic seco.
Su voz atraviesa el espacio.
Más grave.
Más lenta.
Peor.
—Venga a mi oficina. Ahora.
Pausa.
—Y traiga la tablet.
No grita.
No amenaza.
No necesita hacerlo.
Mi destino ya está decidido.
Me levanto.
Mis piernas no cooperan.
Se sienten… ajenas.
Como si no fueran mías.
Ajusto mi blusa.
La misma que, en el capítulo, el Señor D no tendría paciencia en quitar.
Respiro.
Una vez.
Dos.
No sirve de nada.
Camino.
Cada paso suena demasiado fuerte.
Cada latido, demasiado evidente.
Diddier Montalvo ya no es solo mi jefe.
Ahora es el hombre que sabe exactamente lo que he hecho con su imagen.
Lo que he imaginado.
Lo que he escrito.
Y lo peor de todo…
Es que ahora sabe que existo más allá de mi función.
Llego a la puerta.
La abro.
Él está de espaldas.
Frente al ventanal.
La ciudad extendiéndose bajo sus pies.
En su pantalla…
Mi condena.
El documento sigue abierto.
Página tres.
Donde todo empieza a descontrolarse.
Se gira lentamente.
Sus ojos azules me encuentran.
Pero no están fríos.
No están calculando.
Están…
Encendidos.
Peligrosamente atentos.
Deja la tablet sobre el escritorio con una calma que no le conocía.
Eso me asusta más que cualquier grito.
—Dígame una cosa…
Su voz es baja.
Controlada.
Letal.
—En el capítulo setenta…
Da un paso hacia mí.
Solo uno.
Pero es suficiente.
—¿Qué es exactamente… lo que planeaba hacerme?
Y en ese instante…
Entiendo algo aterrador.
El problema no es que lo haya leído.
El problema es que…
No parece molesto.
—¡Maldito tirano! —masculle entre dientes en cuanto Diddier Montalvo desapareció por el pasillo.No sirvió de nada.La rabia no bajó.El aire seguía cargado, denso, como si su presencia se hubiera quedado pegada a las paredes, a mi piel… a mi maldita respiración.Ni siquiera cuando la persona que nos interrumpió se fue, el espacio volvió a la normalidad. Todo seguía vibrando con esa tensión insoportable que él había dejado atrás, como una huella invisible.Me llevé una mano al pecho.Error.Mi corazón seguía acelerado.Demasiado.—Genial —murmuré con ironía amarga—. Ahora también me da órdenes literarias.Porque eso era lo más absurdo de todo.No bastaba con que fuera un tirano corporativo.No.Ahora también pretendía dirigir mi novela.Ni siquiera Silvia —mi editora, mi amiga y una mujer cuya sutileza emocional rivaliza con la de un rinoceronte en estampida— se había atrevido jamás a exigirme un capítulo de esa manera.Y eso que Silvia sí tenía motivos.Plazos.Lectores.Dinero.Pero
(POV Diddier Montalvo)Es la primera vez en mi carrera que una empleada logra irritarme… y fascinarme al mismo tiempo.No debería ser posible.Pero ahí está.Precisa.Impecable.Insoportablemente perfecta.Mi secretaria.Durante dos años, esa mujer ha ejecutado cada orden con una eficiencia que roza lo inhumano. No comete errores. No improvisa. No duda. No se adelanta… pero tampoco llega tarde.Está exactamente donde debe estar.Siempre.Y, lo más irritante de todo…No reacciona.A mí.He visto a ejecutivos temblar con una sola mirada mía. He cerrado acuerdos millonarios sin levantar la voz. He sido descrito —con una insistencia absurda— como frío, calculador, inaccesible.Incluso peligroso.Y sin embargo…Para ella, soy funcional.Nada más.Un elemento más dentro de su sistema perfectamente organizado.Como una alarma.Un recordatorio.Una tarea.Eso debería ser irrelevante.Pero no lo es.Porque, en algún punto que no tengo intención de identificar, su indiferencia dejó de ser profe
Salir del edificio de Tecnología del Futuro fue como atravesar una membrana invisible.Adentro, todo era control: temperatura exacta, pasos amortiguados, decisiones que parecían inevitables. Afuera, el mundo me golpeó con un calor húmedo y ruidoso que se pegó a mi piel como si quisiera recordarme que la realidad seguía existiendo… aunque la mía acabara de fracturarse.Seguí caminando.No recuerdo haber decidido hacerlo.Mis piernas simplemente avanzaron, una tras otra, mientras mi mente se negaba a abandonar el piso cuarenta y dos.Su oficina.Su voz.Esa pregunta.¿Qué es exactamente lo que planeaba hacerme?Tragué saliva al recordarlo. Error.La sensación volvió de inmediato, como si sus ojos siguieran sobre mí, desarmándome con la misma precisión quirúrgica con la que dirige una empresa multimillonaria.Llegué al estacionamiento sin ser consciente del trayecto. Abrí la puerta del coche, entré y la cerré con más fuerza de la necesaria. El golpe seco retumbó en el habitáculo, obligán
Mi mente se quedó completamente en blanco en cuanto lo escuché.La pregunta no solo llenó la habitación… la contaminó.Se quedó suspendida entre nosotros, densa, cargada de algo que no lograba identificar del todo. No era solo curiosidad. No era enojo.Era algo peor.—¿Qué es exactamente lo que planeaba hacerme?El silencio que siguió no fue normal.Fue pesado.Aplastante.El sistema de ventilación emitía un zumbido casi imperceptible, constante, como un recordatorio de que el mundo seguía funcionando… aunque el mío acabara de detenerse. Mi corazón, en cambio, no tenía ese tipo de disciplina. Golpeaba con fuerza contra mis costillas, desordenado, insistente, como si intentara huir de mí.¿De verdad quería saberlo?No.No podía ser tan simple.Diddier Montalvo no hacía preguntas sin propósito. No improvisaba. No reaccionaba: calculaba.Esto tenía que ser una estrategia.Una forma de presionarme.De empujarme hasta el punto de ruptura para observar qué salía de mí.Porque eso era lo que
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