Capítulo 3: Identidad bajo llave.

El Mayor Rojas condujo en silencio hasta un edificio modesto. El apartamento en el tercer piso era pequeño, impersonal: muebles funcionales, paredes desnudas, olía a limpieza reciente y abandono.

—Desde hoy dejarás de ser Natalia Bedoya. Tu nombre es Ana María Castro. Profesora de baile latino. Tu única misión es infiltrarte en La Esquina Negra y ganarte la confianza de Gustavo Ayala, mano derecha de Antonio Nariño. A través de él, desmantelaremos la red.

Natalia asintió, la determinación endureciendo su mirada. 

—Entendido.

—Olvídate de tu madre, de tu hermana, continuó él, su tono implacable. —Para ti, no existen.

—Lo sé. Estoy lista.

El Mayor la evaluó. 

—Demuéstralo. Quítate la ropa.

Ella contuvo la respiración, pero no vaciló. Bajo su mirada fría, se despojó de la camisa y el pantalón del uniforme, quedando de pie en la modestia del apartamento.

Él se acercó, su examen fue meticuloso. Buscaba marcas, tatuajes, cualquier cosa que pudiera delatarla. Su mirada, profesional al principio, se detuvo por un instante de más al recorrer la línea grácil de su espalda, la curva de su cintura. Natalia sintió el calor subirle al rostro, pero mantuvo la mirada al frente, desafiante.

—Bien—, dijo finalmente, apartando los ojos. —No hay marcas identificables. Tu cuerpo... es adecuado para el rol. Una profesora de baile debe moverse con confianza. 

Arrojó una bolsa sobre el sofá. 

—Ropa de Ana María. Y esto—, añadió, mostrando una credencial falsa impecable, —es tu nueva vida.

—¿Cuándo empiezo?

El Mayor esbozó una sonrisa fría. 

—Mañana. 

Natalia tomó la credencial. En sus manos, el plástico sintió el peso de una vida entera dejada atrás, y el filo peligroso de la que comenzaba.

Al día siguiente, Ana María llegó a La Esquina Negra bajo un cielo plomizo. Mientras buscaba entrar a la comuna, un estallido seco reventó el silencio. ¡PUM! ¡PUM! Balazos.

Instinto puro. Se lanzó contra la pared más cercana, en un callejón estrecho. Al hacerlo, chocó con una masa sólida que salía de la sombra. Era como golpear un muro de ladrillo vivo.

El hombre la sujetó por los brazos para evitar que cayera. Ella alzó la vista.

Gustavo Ayala. Lo reconoció al instante, pero en persona era más: más alto, más ancho de espaldas, con una presencia que absorbía el aire del callejón. Llevaba una camisa negra ajustada sobre músculos definidos, tatuajes asomaban en su cuello. Su rostro era angular, duro, con ojos oscuros que no reflejaban la balacera, solo una curiosidad peligrosa y fría. Esos ojos la recorrieron de arriba abajo, sin prisa, evaluando cada detalle.

— No eres de la comuna —dijo. Su voz era ronca, sin inflexión—. ¿Qué haces aquí?

Antes de que pudiera responder, sus manos expertas ya la estaban requisando. Un registro rápido pero invasivo: brazos, costados, cintura, piernas. Sus dedos fueron impersonales, pero la proximidad era abrumadora. Ana María contuvo un estremecimiento real, forzando una expresión de nerviosismo genuino.

— Vengo a una entrevista —logró decir, la voz temblorosa—. Soy profesora de baile. 

Gabo soltó una risa breve, sin humor.

— No he escuchado nada de eso. Este no es lugar para profesoras. Vete.

— ¡Espere! —Ana María, con manos que fingían temblar, sacó su carnet falso y su teléfono. Le mostró la pantalla—. Mire. La vacante. 

Gabo la miró con desprecio, sus ojos oscuros como piedras pulidas.

— Aquí no se baila. Aquí se sobrevive. Es mejor que se vaya, señorita.

— Tengo la cita —insistió Ana María, sosteniendo su mirada—. Tengo los papeles.

Él esbozó una sonrisa fría, cortante.

— Para qué insiste, no va a durar ni tres días en este lugar. 

El desafío flotó en el aire corrupto del callejón. Ana María sintió el fuego de la terquedad arder en su pecho, el mismo que la había sacado del archivo.

— ¿Quiere apostar? —dijo, la voz más firme de lo que pretendía.

Gabo guardó silencio. La estudió, desde sus zapatos modestos hasta sus ojos que no se apartaban. No había miedo allí, solo una tozudez que no encajaba. Algo se movió en su rostro impasible. No era interés. Era curiosidad. El tipo de curiosidad que un depredador tiene por una presa que no huye.

— Acompáñeme —ordenó, y su voz ya no era solo fría. Era una invitación al laberinto.

Gabo la condujo hasta la escuela donde una mujer mayor, revisaba cuentas con gesto de profundo cansancio. Era Doña Ester Julia, profesora por vocación.

— Doña Ester —dijo Gabo, su tono no era de quien pide, sino de quien exige una explicación—. Esta mujer dice que hay una vacante para profesora de baile. ¿Es verdad?

Doña Ester alzó la vista lentamente, sin apuro. Sus ojos, astutos y fatigados, pasaron de Gabo a Ana María.

— Sí, es verdad —respondió, su voz cerrada—. ¿Por qué? ¿Acaso debo informarte a ti de cada contratación que se hace, Gustavo?

La pregunta flotó en el aire, cargada de una tensión antigua. Gabo no respondió de inmediato. Su mandíbula se tensó levemente. Ana María sintió la grieta, la pequeña fisura en la autoridad absoluta de Gabo.

Doña Ester Julia dirigió su mirada a Natala.

— Es la única que ha tenido el valor de venir. Los demás tienen miedo. 

Doña Ester la evaluó por un momento.

— Allí hay una grabadora. Elige una cinta y haz tu prueba.

Cuando la música comenzó, no bailó para impresionar.

Bailó para dominar.

Se acercó a Gabo despacio, con una cadencia calculada, la cadera marcando el ritmo con precisión provocadora, el cuerpo insinuando más de lo que mostraba. Su mirada lo sostuvo sin pudor, firme, como si supiera exactamente lo que estaba despertando en él.

El aire se volvió denso.

A Gabo se le tensó la mandíbula. El pulso, traicionero, le golpeó las sienes.

Sintió el deseo morderle el pecho, una reacción primaria, incómoda, peligrosa. Pero no dio un paso atrás.

Ella giró, lenta, dejando que el final del movimiento rozara el límite de lo permitido.

Demasiado cerca.

Antes de que la canción terminara, Gabo apagó la grabadora con un clic seco.

— Suficiente —anunció.

El silencio cayó como un golpe.

Él no vaciló.

— Es ella. Punto.

— Gustavo, yo soy la que decide si… —empezó Doña Ester.

Pero esa mirada no admitía réplica. Era una orden.

Ana María estaba dentro.

Gabo se dio la vuelta y salió sin mirarla, como si quedarse un segundo más fuera una debilidad que no podía permitirse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP