Mundo ficciónIniciar sesiónEl clic de la puerta al cerrarse detrás del Mayor Rojas resonó en los oídos de Natalia como un disparo seco. La rabia, contenida por unos segundos de shock helado, estalló entonces en un torrente incontrolable. Un grito ahogado, feroz, le desgarró la garganta. Giró sobre sus talones y descargó toda su frustración contra la única cosa inanimada en la sala: la silla de acero. La pateó con tal fuerza que chirrió contra el piso de linóleo, volcándose con un estruendo metálico que llenó el vacío de la habitación.
—¡Injusto! ¡Es una trampa!—, gritó al aire envenenado, sus palabras rebotando en las paredes desnudas. No había lágrimas, solo el fuego ciego de la humillación.
Ese fuego la empujó fuera de la sala. Corrió por el pasillo, sus botas golpeando el suelo con un ritmo desesperado. Alcanzó al Mayor Rojas justo cuando él salía al estacionamiento posterior, bajo la luz cruda del atardecer.
—¡Mayor! —su voz sonó rasgada, urgente. Él se detuvo, girándose con lentitud. Su imponente figura se recortaba contra la luz baja, su rostro de nuevo una máscara impenetrable—. Mayor, por favor. Fue una prueba. Una provocación extrema. Yo puedo hacerlo mejor. Lo merezco. He trabajado años para esto.
El Mayor Rojas la miró.
—No, oficial Bedoya. No lo merece.
La indiferencia en su tono fue más devastadora que un grito. Le dio la espalda y se alejó hacia un vehículo oficial negro, dejándola plantada, con el rechazo ardiendo como una marca en la piel.
Natalia caminó sin rumbo, alejándose de la comisaría, sumida en un torbellino de ira y vergüenza. Las calles se volvieron más estrechas, los comercios más modestos. El bullicio de la ciudad era un ruido lejano.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un estallido seco, agudo, que cortó la calma vespertina. Un disparo.
Todos los instintos, adormecidos por años de archivo, se dispararon a la vez. Su mano fue al coldre de su pistola de servicio, desenfundándola con un movimiento automático. El sonido provenía de una pequeña tienda de abarrotes en la esquina, con las luces intermitentes y la puerta entreabierta.
Se acercó con cautela, pegada a la pared. Por el vidrio sucio, vio la escena: un hombre mayor, el tendero, estaba de rodillas, amordazado y con las manos atadas. Cuatro individuos con pasamontañas lo rodeaban. Uno, con un arma humeante, la apuntaba a la cabeza del anciano. No era un robo común; era una ejecución a punto de consumarse.
No pensó. Actuó.
—¡Policía! ¡BAJEN EL ARMA! —gritó, irrumpiendo en la tienda con su arma en alto.
Por un segundo, todo se congeló. Luego, el caos.
Los cuatro hombres se dispersaron como sombras. El que apuntaba al tendero giró el arma hacia ella. Natalia no dudó. Disparó primero.
El estruendo sacudió el local. El hombre cayó con un grito y los otros tres respondieron desde detrás de los estantes. Las balas silbaron, reventando latas y botellas. Natalia se lanzó al suelo y se arrastró tras el mostrador. El corazón le golpeaba el pecho.
Refuerzos. Necesito refuerzos.
Con manos firmes, sacó el radio.
—Unidad 7-Bedoya, solicito refuerzos urgentes.
Tienda El Progreso, 24 con 5. Intercambio de fuego. Cuatro hostiles, un rehén.
Solo estática. Una bala astilló la madera a centímetros de su cabeza. El tendero gimió. No podía esperar.
Olvidó el protocolo. Actuó.
Calculó posiciones por el sonido. Asomó y disparó dos veces. Un cuerpo cayó. Quedaban dos. Uno intentó flanquearla. Rodó entre paquetes de arroz y disparó a las piernas. El hombre cayó aullando.
El último vació su cargador a ciegas. Cuando recargó, Natalia emergió. Un disparo limpio. Jadeando, cubierta de polvo y vidrio, liberó al tendero. El hombre lloraba, agradecido.
Fue entonces cuando, por fin, se escucharon las sirenas. La primera persona en cruzar la puerta, abriéndose paso entre el humo y el desastre, fue el Mayor Dante Rojas. Llevaba un chaleco antibalas sobre su ropa de civil, su rostro era una mezcla de alerta máxima y… asombro.
Sus ojos grises barrieron la escena: los cuatro atacantes neutralizados (uno muerto, tres heridos), el tendero a salvo, y en el centro, Natalia Bedoya, de pie entre los escombros, su arma aún humeante en la mano, el uniforme empolvado, la respiración entrecortada pero la mirada desafiante, eléctrica.
Un oficial se acercó al Mayor, murmurando un informe rápido. Rojas no apartaba la vista de ella. Finalmente, habló, su voz más baja de lo habitual, sin el tono cortante de antes.
—¿Usted hizo… todo esto? ¿Sola?
Natalia, sintiendo que el suelo aún podía ceder bajo sus pies, asintió con firmeza. La adrenalina aún le quemaba las venas, pero en sus ojos brillaba un destello de triunfo amargo.
—Sí, mi mayor. Sin refuerzos. Sin órdenes. Solo la situación —hizo una pausa, clavando la mirada en él—. Quizás no soy la herramienta que usted buscaba en una sala de interrogatorios. Pero soy la que actúa cuando la ley se tarda. Soy la buena oportunidad, mayor. La que usted necesita para un caso que de verdad importe.
El Mayor Rojas guardó silencio por un largo momento, evaluándola de nuevo. Pero esta vez no era la evaluación de un objeto defectuoso. Era la mirada de un estratega que ve un recurso inesperado, peligroso, pero potencialmente invaluable. La tensión entre ellos era palpable, cargada de lo no dicho.
En ese instante, el teléfono del Mayor vibró insistentemente. Sin apartar los ojos de Natalia, lo llevó al oído.
—Diga comandante Vega.
La voz de Vega al otro lado era audible, tensa y apremiante:
—Rojas, es hora. La presión es insostenible. El alcalde está respirándonos en la nuca. Tenemos que resolver el caso de Antonio Nariño y su red, y lo tenemos que hacer ya. Necesitamos resultados. ¿Tienes algo o vamos a seguir dando palos de ciego?
El Mayor Rojas mantuvo la mirada fija en Natalia, quien, a pesar de la distancia, podía sentir el peso de la conversación. Una chispa de comprensión cruzó sus ojos. Él escuchó un momento más, su expresión se volvió aún más impenetrable, pero en el ángulo de su mandíbula se notaba la presión.
—Entendido, comandante. Estoy en algo. Le informo pronto.
—Diga… Sí, comandante Vega —escuchó, mientras su mirada no se apartaba de Natalia. La voz de Vega, tensa y apremiante, se filtró en el aire estático—: Dante, es hora. El alcalde nos presiona. Hay que resolver el caso de Antonio Nariño ya. ¿Tienes algo o seguimos a ciegas?
—Entendido. Estoy en algo —respondió Rojas, cortante, y colgó.
El aire en la tienda destrozada se espesó. El Mayor dio un paso hacia Natalia, reduciendo la distancia. Su voz, cuando habló, fue un decreto grave y cortante, una sentencia que era también la única cuerda salvavidas.
—Bedoya. Te vas a infiltrar en La Esquina Negra. Esa es tu prueba real. La única que te queda.







