Capítulo 8: La Negociación con el Temerario.
La guarida de Nariño no era un lugar, era una atmósfera. Pesada, opresiva, perfumada con el humo acre de tabacos importados que el propio capo consumía con lentitud ritual. Antonio Nariño no era joven; los años no lo habían doblegado, lo habían tallado. Cada arruga en su rostro sereno era un tratado de experiencia violenta, cada mirada de sus ojos fríos y claros una sentencia. Nada, absolutamente nada en su territorio, escapaba a esa mirada. Era severo, calculador, y una temeridad tranquila ema