El sueño había empezado a vencer a Natalia, envolviéndola en la frágil paz de su pijama de algodón y el silencio del apartamento ajeno. Descansaba recostada en el sofá, los acontecimientos del día—la sonrisa de Gabo, el sí de Nariño—revoloteando en su mente, cuando un golpe firme y urgente resonó en la puerta.
El reloj marcaba las diez de la noche, una hora inusual para visitas. Con cautela, se acercó a la mirilla. La figura al otro lado la hizo contener la respiración: era el Mayor Dante Rojas