Mundo ficciónIniciar sesiónEn las cumbres heladas de los Alpes suizos, el dinero no es lo único que gobierna. Allí reina Lucien Blanc: multimillonario, magnate hotelero y el Alfa de la manada más letal y aristocrática de Europa. Un hombre conocido por su corazón de hielo y su brutalidad implacable. Para el mundo, es un intocable. Para Zoé, es solo un objetivo. Zoé Dupont ha sido entrenada desde la cuna con un único propósito: exterminar a la bestia que asesinó a su padre. Como heredera de la Orden de Cazadores, Zoé es un arma letal envuelta en seda; fría, calculadora y profesional. O eso creía. Su plan de infiltrarse en la exclusiva Gala de Invierno de Blanc parecía infalible, hasta que sus miradas se cruzan. Zoé esperaba una bestia salvaje, pero encuentra a un hombre sofisticado que la desarma con una sola sonrisa. Y Lucien, que esperaba una amenaza, encuentra algo que su lobo interior anhela desesperadamente: una compañera. Pero lo que realmente obsesiona al Alfa no es solo que ella sea una cazadora, sino su aroma: una mezcla embriagadora de pólvora y una pureza intacta. Zoé es virgen, una fruta prohibida que nunca ha sido tocada, y Lucien decide que él será el único en enseñarle el significado del placer. Cuando una tormenta de nieve aísla la mansión del resto del mundo, los roles se invierten. Encerrada con el enemigo, Zoé descubrirá que el odio y el deseo son dos caras de la misma moneda. Ella vino a cazar al lobo, pero ha olvidado la regla más importante de la naturaleza: nunca acorrales a un depredador si no estás dispuesta a ser devorada. Ella quería su sangre. Él reclamará su inocencia.
Leer másLa lluvia en París no limpiaba nada; solo lo ensuciaba todo de un gris miserable. Las gotas repiqueteaban contra los cientos de paraguas negros que se agolpaban en el cementerio de Père Lachaise como una bandada de cuervos silenciosos.
Yo no llevaba paraguas. Dejé que el agua helada me empapara el cabello y corriera por mi cuello, colándose bajo el cuello rígido de mi abrigo negro. Necesitaba sentir ese frío. Era lo único que me recordaba que yo seguía viva, porque todo lo demás dentro de mí se sentía tan muerto como el hombre que yacía en el agujero frente a mis pies.
—Zoé.
La voz era grave, rasposa, como el sonido de botas militares arrastrándose sobre grava. No necesité girarme para saber que mi tío, Gaspard, estaba a mi lado. Él era ahora el Gran Maestre interino, pero para mí, en ese momento, solo era el único familiar que me quedaba en un mundo que se había vuelto repentinamente hostil.
Gaspard extendió su paraguas para cubrirme, pero yo di un paso al frente, acercándome más al borde de la fosa.
—Deberían haberlo dejado abierto —murmuré, mi voz sonando extraña, carente de inflexión.
—No, ma chérie —Gaspard puso una mano pesada sobre mi hombro, apretando con una fuerza que pretendía ser reconfortante pero que se sentía como una atadura—. Créeme. No querías verlo. Nadie debería ver a su padre así.
Cerré los ojos y la imagen que había tratado de bloquear durante tres días estalló en mi mente con violencia. No había visto el cuerpo, pero había leído el informe forense de la Orden. "Desmembramiento traumático". "Laceraciones profundas consistentes con garras de gran tamaño". "Pérdida del cuarenta por ciento de la masa corporal".
No lo habían matado. Lo habían cazado. Lo habían destrozado como si fuera un muñeco de trapo, por deporte, por crueldad. Mi padre, el hombre que me enseñó a empuñar una daga antes de que aprendiera a escribir, el líder más fuerte que la Orden había conocido, reducido a carne irreconocible.
—Fueron ellos, ¿verdad? —pregunté. La rabia empezó a calentarme el pecho, desplazando al frío de la lluvia.
Gaspard suspiró, un sonido largo y teatral. Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que los otros miembros de la Orden, que cuchicheaban a nuestras espaldas, no pudieran oírnos.
—No fue un ataque al azar, Zoé. Fue un mensaje.
—¿De quién?
—De la Manada del Pico de Plata.
El nombre flotó en el aire húmedo, cargado de una amenaza eléctrica. Silver Peak Pack. Incluso entre los cazadores, ese nombre se pronunciaba con respeto y miedo. No eran chuchos callejeros ni bestias sin control. Eran la realeza del mundo subterráneo. Ricos, poderosos, intocables.
—¿El Alfa? —pregunté, sintiendo cómo mis manos se cerraban en puños dentro de mis bolsillos, clavándome las uñas en las palmas hasta casi sangrar.
—Lucien Blanc —escupió Gaspard el nombre como si fuera veneno—. El lobo más fuerte de Europa. Se cree un dios intocable en su trono de hielo en los Alpes. Piensa que puede bajar de su montaña, masacrar al líder de los Cazadores y volver a sus fiestas de gala sin consecuencias.
Me giré lentamente hacia mi tío. Sus ojos grises me miraban con una intensidad febril. En ese momento no vi la manipulación, no vi la codicia que brillaba en el fondo de sus pupilas; solo vi a un hombre compartiendo mi dolor, ofreciéndome un blanco para mi odio.
—¿Por qué mi padre? —insistí.
—Porque tu padre descubrió algo —mintió Gaspard con una fluidez aterradora—. Blanc está expandiendo su territorio. Quiere erradicar a la Orden. Empezó cortando la cabeza de la serpiente.
Gaspard sacó un sobre grueso del interior de su chaqueta y me lo tendió. El papel estaba seco, protegido de la lluvia.
—La Orden quiere responder con un ataque militar, pero eso sería un suicidio —dijo él—. Blanc tiene un ejército. Si vamos a la guerra, perderemos. Necesitamos algo más sutil. Algo… definitivo.
Tomé el sobre. Pesaba. Sabía lo que había dentro sin abrirlo: fotos, itinerarios, debilidades.
—¿Por qué me das esto a mí?
—Porque eres la mejor, Zoé. Tu padre te entrenó para ser perfecta. Eres disciplinada, eres letal y, lo más importante, nadie sabe quién eres fuera de estos muros. Eres un fantasma.
Miré el ataúd de caoba brillante una última vez. Mi padre siempre me había dicho que las emociones eran una debilidad, que el placer y el dolor eran distracciones que un cazador no podía permitirse. He vivido mi vida siguiendo sus reglas monásticas. Nunca he bebido hasta perder el sentido, nunca he bailado hasta el amanecer, nunca he dejado que un hombre me toque. He guardado mi cuerpo y mi mente como un templo sagrado dedicado a una sola cosa: la Misión.
Ahora, esa pureza tenía un propósito.
—Lucien Blanc —pronuncié el nombre, probando su sabor en mi lengua. Sabía a sangre.
—Él va a celebrar la Gala de Invierno en tres semanas —susurró Gaspard, como una serpiente en mi oído—. En St. Moritz. Estará rodeado de lujo y seguridad. Se sentirá invencible. Necesito a alguien que pueda entrar, acercarse lo suficiente para ver el color de sus ojos y clavarle una daga de plata en el corazón antes de que se transforme.
Abrí el sobre. La primera foto era de un hombre bajando de un jet privado. Era alto, impecable en un traje gris oscuro. Tenía el cabello negro y una mandíbula que parecía tallada en granito. Pero fueron sus ojos los que me detuvieron. Incluso en la foto granulada, tenían una arrogancia depredadora.
No parecía un monstruo. Parecía un príncipe.
—Lo haré —dije. No fue una promesa; fue una sentencia.
—Ten cuidado, sobrina —advirtió Gaspard, aunque vi la sonrisa de triunfo que intentaba ocultar—. Blanc no es solo un animal. Es seductor. Es rico. Utilizará todo eso para desarmarte.
Cerré el sobre y alcé la vista hacia el cielo plomizo. La lluvia se había convertido en aguanieve.
—No tengo interés en su dinero ni en sus encantos, tío. Mi vida no tiene espacio para eso.
Di media vuelta, dando la espalda a la tumba de mi padre. El dolor seguía ahí, un agujero negro en mi pecho, pero ahora tenía algo con qué llenarlo. Un nombre. Un rostro.
Lucien Blanc creía ser el depredador más peligroso de Europa. Estaba a punto de descubrir qué sucede cuando la presa tiene colmillos propios.
Me ajusté el abrigo y caminé hacia la salida del cementerio. La caza había comenzado.
POV: Lucien BlancEl tiempo es una fiera que no se puede domar con colmillos, ni siquiera con los de un Dios-Lobo. Se desliza entre los dedos como la arena de los Pirineos, implacable y silencioso.Hoy, sentado en el banco de piedra blanca de la terraza superior, siento el peso de los siglos en mis huesos de una manera que la guerra nunca logró imponer. Mi pelaje, antaño azul eléctrico y plata vibrante, se ha vuelto de un blanco níveo, fundiéndose con la nieve que corona las cumbres. Mis ojos dorados, aunque cansados, siguen viendo más allá de lo que cualquier humano podría soñar.Siento una mano cálida y rugosa posarse sobre la mía. No necesito girarme para saber que es ella.—Estás muy callado hoy, Lucien —dice Zoé.Su voz ha perdido el filo de la capitana de la Orden, pero ha ganado la profundidad de una campana de bronce. Su cabello, una vez oscuro como la noche de París, es ahora una cascada de plata que cae sobre sus hombros. Las cicatrices de sus batallas contra los Patriarcas
POV: Julian Blanc-ValoisEl aire en el Núcleo Central de la Ciudadela de Ámbar estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Frente a nosotros, el Motor de Resonancia de Sangre y Plata se alzaba como una torre de cristal translúcido, envuelta en filamentos de hierro meteórico y circuitos de grafeno. Era una obra de arte imposible: la herencia científica de los Malphas casada con la magia de sangre de los Blanc.—¿Estás nerviosa, científica? —le susurré a Lyra, quien ajustaba los últimos parámetros en su consola holográfica.Ella me miró de soslayo. Tenía ojeras bajo sus ojos ámbar, producto de noches enteras sin dormir, pero su mano no temblaba.—No es nerviosismo, Julian. Es rigor estadístico —respondió, aunque vi cómo apretaba los labios—. Si la frecuencia de tu mercurio no se sincroniza con el campo de torsión, el núcleo podría entrar en una retroalimentación armónica. Básicamente, convertiríamos la Ciudadela en el faro más brillante y
POV: Léo BlancEl campo de entrenamiento en las cumbres superiores de la Ciudadela estaba cubierto por una fina capa de nieve que brillaba bajo la luz de la luna llena. Aquí, el aire era tan puro que podía sentir la vibración de las moléculas de oxígeno.Julian llegó unos minutos después, todavía con las vendas en las manos. Se detuvo a diez metros de mí, su silueta recortada contra el abismo de la montaña.—¿Has venido a decirme que Lyra es un peligro de nuevo, padre? —preguntó Julian, con una ironía que me recordó demasiado a mis propios años de rebeldía.—He venido a decirte que tenías razón —respondí, y vi cómo Julian se tensaba por la sorpresa—. El ataque en el laboratorio demostró que no importa cuánto intentemos escondernos tras los muros de la paz; el pasado siempre encuentra una forma de llamar a la puerta.Me quité la túnica superior, dejando al descubierto mi pecho marcado por las venas de plata. El mercurio en mi sangre empezó a brillar, respondiendo a la proximidad de mi
POV: Aura Blanc-DupontEl Gran Salón de la Ciudadela de Ámbar no se sentía como una sala de justicia, sino como el epicentro de una tormenta contenida. Las paredes, una mezcla de obsidiana antigua y filamentos de ámbar que brillaban con una luz dorada y rítmica, parecían latir con la agitación de los miles de ciudadanos que seguían el juicio a través de las pantallas en las plazas.Yo estaba sentada en el trono de mis padres. No era un asiento de oro, sino de una piedra blanca que recordaba la paz que tanto les costó construir. A mi izquierda, mi madre Zoé permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión de vigilancia serena. A mi derecha, mi padre Lucien observaba con sus ojos dorados, su presencia todavía imponente, aunque ahora emanaba una calma que solo los años de verdadera paz pueden otorgar.Frente a mí, los cuatro atacantes del "Frente de la Pureza" estaban encadenados con grilletes de resonancia. Sus rostros, ahora descubiertos, no eran los de monstruos, sino los de
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