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Piel de Seda, Corazón de Metal

Tres semanas después, la Zoé Dupont que lloraba bajo la lluvia había desaparecido. O, al menos, la había enterrado bajo capas de seda, maquillaje y una mentira muy cara.

Me miré en el espejo de cuerpo entero de la suite del vagón de primera clase del Glacier Express. El tren serpenteaba a través de los Alpes suizos, cortando el paisaje blanco como una aguja, pero yo apenas registraba la belleza de las montañas nevadas al otro lado del cristal. Mi atención estaba fija en la extraña que me devolvía la mirada.

A mis veintisiete años, mi reflejo siempre había sido mi mayor contradicción y mi mejor arma. La genética de mi madre, una belleza latina que había enamorado al líder de los cazadores, me había "maldecido" con un cuerpo que parecía hecho para el pecado, no para la guerra.

—Ridículo —murmuré, alisando la tela sobre mis caderas.

El vestido era un diseño exclusivo de satén verde esmeralda que se adhería a mi piel almendrada como si fuera agua líquida. El corte era impúdico; el corsé interno empujaba mis pechos grandes hacia arriba, exhibiendo un escote profundo que desafiaba la gravedad, mientras que la falda tenía una abertura lateral que subía peligrosamente por mi muslo, revelando piernas que parecían interminables.

Me pasé una mano por el cabello, una cascada ondulada de color chocolate que me llegaba hasta la cintura, brillando bajo las luces tenues de la cabina. Mis ojos verdes, normalmente fríos y analíticos, estaban delineados para parecer misteriosos y seductores, y mis labios carnosos estaban pintados de un rojo sangre intenso.

Si alguien me viera, vería a una modelo, a una amante de lujo, a una mujer trofeo. Jamás imaginarían que estas manos de manicura perfecta podían romper un cuello en dos segundos.

Mi padre habría despreciado esta prenda. "La armadura debe ser práctica", decía siempre. "La vanidad te mata".

Pero Gaspard tenía razón. Para cazar a un lobo que vive como un rey, no puedes vestirte como un soldado. Tienes que ser la carnada más exquisita del salón.

Levanté el dobladillo del vestido con cuidado. Allí, ajustada contra la piel suave de mi muslo derecho, estaba mi verdadera seguridad: una liga de encaje negro reforzada, sosteniendo una daga de hoja fina. No era acero común. Era una aleación de plata pura y titanio, bañada en acónito concentrado.

Solté la tela y el vestido cayó, ocultando el metal bajo la seda.

—Eres Élise Vasseur —repetí mi nueva identidad, ensayando la mentira frente al espejo—. Consultora de inversiones. Hija de un diplomático. Rica. Aburrida. Y buscando problemas.

El tren comenzó a frenar. Por los altavoces, una voz melodiosa anunció nuestra llegada a St. Moritz. Sentí una punzada en el estómago. No era miedo. Era la anticipación de ver al monstruo.

Cerré los ojos un segundo y la imagen del dossier de la Orden apareció en mi mente. Lucien Blanc. Treinta y dos años de poder absoluto. Las fotos no le hacían justicia a la descripción de los informantes: casi dos metros de altura, una musculatura brutal propia de un dios vikingo y una piel bronceada que contrastaba con la nieve eterna de su reino. Un hombre de cabello largo y rebelde, y unos ojos verde esmeralda que, según decían, podían congelarte o quemarte vivo.

Tomé mi abrigo de piel sintética blanca y mi bolso de mano, donde un labial ocultaba una cápsula de gas tóxico, y salí al pasillo.

El aire al bajar del tren me golpeó el rostro. Era un frío seco, limpio, pero debajo de eso… allí estaba. El olor.

Para un humano normal, St. Moritz olía a pinos, nieve y dinero viejo. Pero yo había sido entrenada para detectar lo que otros ignoraban. El aire vibraba con una energía pesada, almizclada y territorial. Lobos. Estaban por todas partes. Los maleteros, los chóferes inmóviles junto a las limusinas, los guardias de seguridad escaneando a la multitud.

Estaba caminando directamente hacia la boca de la manada más peligrosa de Europa.

Un hombre alto con uniforme de chofer y el emblema de un lobo plateado bordado en la solapa se acercó a mí. Se movía con esa gracia depredadora inconfundible.

—¿Mademoiselle Vasseur? —preguntó. Su voz era cortés, pero sus fosas nasales se dilataron levemente. Me estaba olfateando.

Mantuve mi ritmo cardíaco estable. Años de meditación yóguica me permitían controlar mi pulso. Sabía a qué olía yo: a perfume Chanel, a mi champú de lavanda y a nada más. Los supresores químicos que había tomado durante una semana ocultaban mi aroma humano y, sobre todo, el olor metálico de las armas.

—Soy yo —respondí, dándole una sonrisa gélida y altiva, sacudiendo mi cabello para que el aroma a perfume lo golpeara.

—El Señor Blanc ha enviado un coche para sus invitados VIP. Bienvenida al Hotel Silver Heights.

Me guio hacia un Maybach negro blindado. Mientras me acomodaba en el asiento de cuero caliente, miré a través de la ventanilla tintada.

Sobre nosotros, dominando la montaña como un castillo feudal moderno, se alzaba la propiedad de Lucien Blanc. Era una estructura impresionante de cristal y piedra negra incrustada en la roca, brillando bajo la luz de la luna. Parecía impenetrable.

Mi mano fue instintivamente a mi muslo, rozando el contorno de la daga a través de la tela del vestido. La sensación del arma me calmó. Lucien Blanc podía parecer un dios nórdico invencible, podía tener millones de euros y garras capaces de desgarrar acero. Pero tenía una debilidad que todos los hombres poderosos compartían: la arrogancia.

Él creía que yo era una oveja más entrando en su corral para ser trasquilada. No sabía que la mujer de curvas suaves y labios rojos venía a cortarle la garganta.

El coche arrancó, subiendo por la carretera serpenteante hacia la cumbre.

Disfruta de tu fiesta, Señor Blanc, pensé mientras nos acercábamos a las fauces del lobo. Porque esta noche, uno de los dos no bajará de esta montaña con vida.

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