Mundo ficciónIniciar sesiónAzucena solo conocía el dolor, la humillación y las cadenas. Había sido la esclava del lobo más hermoso… y el más repulsivo. Milord hizo que su mundo se tiñera de sangre: destruyó su manada y la obligó a convertirse en su amante para que diera a luz a un cachorro que heredara el don que ella poseía. El don de la curación. Sin embargo, logró escapar, encontrando al Rey Alfa Askeladd: el demonio de ojos rojos, el Alfa más temido de los bosques. —¿Quién eres? —rugió él, mientras la observaba tras los barrotes de la celda. —Me llamo… Azucena —balbuceó ella. —¿Qué hace una loba medio muerta en mi reino, viniendo a ofrecerme su vida como si tuviera algún valor? —Mi manada… fue destruida. Por favor, acépteme dentro de su Clan. No quiero morir... Pero ¿cuál sería el precio? ¿Se convertiría en la esclava del demonio de ojos rojos? ¿O quizás en su amante? ¿Sería mejor o peor que haber sido amante de Milord? Ella debía elegir: aceptar los deseos del Rey Alfa… o morir. En un mundo de jerarquías salvajes, secretos y un don que podría cambiarlo todo, Azucena descubrirá que la verdadera prisión no siempre tiene barrotes, y que el corazón más oscuro puede convertirse en su único refugio.
Leer másRagnar, que había permanecido escuchando en silencio, se atrevió al fin a formular la pregunta que se desprendía de las palabras de su señor.—Entonces… ¿está pensando en poner a ese beta, al que fue la mano derecha de Milord, como gobernante de Asis? —preguntó con cautela, observando el semblante imperturbable de Askeladd.El Rey Alfa negó lentamente con la cabeza.—No, Ragnar. No es eso lo que pienso. A decir verdad, ese lobo tiene cualidades notables. Es inteligente, astuto y un estratega nato, pero hay un problema: su lealtad. He hablado con él, Ragnar. Y ¿sabes qué me dijo? Que conoce a la perfección los defectos de su Alfa: su orgullo, su egoísmo, sus fallas como gobernante… y aun así, a pesar de todo, le es leal. Leal hasta la médula. Eso es lo que me confesó con toda honestidad.Los ojos de Askeladd brillaron un instante con algo que parecía admiración.—Y lo entiendo. Lo entiendo porque los betas son así. Lo llevan en la sangre. La lealtad hacia su Alfa no es una carga, es su
Después de semanas de incansable dedicación, Azucena había llevado su compromiso con la sanación al límite. Día tras día, se entregaba por completo a curar a los enfermos, a aliviar heridas y a brindar alivio a quienes sufrían, hasta que finalmente su cuerpo no pudo más y se desvaneció de agotamiento.Su colapso alertó de inmediato a Askeladd, quien, preocupado y sobresaltado, ordenó que el médico real acudiera sin demora para examinarla y asegurarse de que nada grave estuviera ocurriendo. Mientras el médico evaluaba su estado, Askeladd, con la preocupación y autoridad que lo caracterizaba, no dudó en dar su punto de vista.—Te dije que te estabas sobrepasando, Azucena. Apoyo que uses tu don para sanar, pero esto… esto es demasiado. Está poniendo en riesgo tu salud —en ese momento, dirigió la vista al médico—. Por favor, dile que guarde reposo, que no se esfuerce tanto.—Pero sabes que me gusta hacer esto —replicó la loba—. No quiero quedarme encerrada en el gran pabellón otra vez, si
Milord, todavía con el rostro desencajado por el horror de lo que acababa de escuchar, alzó la vista hacia Azucena. Ella permanecía inmóvil detrás de Askeladd, con las manos unidas frente a sí y el semblante serio, sin devolverle siquiera una mirada. Su silencio era más doloroso para él que las cadenas, más hiriente que cualquier palabra de desprecio. La observó con incredulidad, con un rastro de súplica en los ojos, y al fin rompió el silencio con voz entrecortada.—Azucena… Azucena, ¿tú de verdad vas a permitir esto? —preguntó con desesperación—. ¿Estás de acuerdo en regenerarme solo para que él vuelva a torturarme? ¿Para que esa cosa, esa aberración sin sentido, ese monstruo deforme me destroce una y otra vez?Azucena alzó apenas la cabeza, aunque no lo miró. —No insultes a mi mascota —advirtió Askeladd—. Él puede oírte, comprender lo que dices, y si lo provocas se enfadará.Milord ignoró sus palabras y continuó suplicándole a Azucena, buscando en ella un resquicio de compasión qu
Askeladd dio una señal con la mano, y de inmediato un soldado ingresó en la celda de Milord. El guerrero obedeció en silencio y se acercó hasta donde Milord permanecía suspendido. Entonces, retiró las cadenas que lo sujetaban, y el peso del propio cuerpo del prisionero lo venció: Milord cayó contra el suelo de piedra húmeda, con un estruendo que resonó entre los muros estrechos. Intentó incorporarse, pero apenas pudo sostenerse con los brazos. Sus nuevas piernas, aunque presentes, no respondían con firmeza.—No lo intentes. No podrás caminar —declaró Askeladd, hizo una breve pausa y giró la cabeza hacia Azucena—. Le pedí que regenerara tus extremidades, pero también que las dejara débiles. Inútiles para ponerte de pie.Las palabras fueron un golpe aún más cruel que la caída. Milord sintió cómo la humillación lo envolvía por completo. Lo habían reducido a algo menos que un lobo, menos que un hombre, incapaz de sostenerse por sí mismo. Su orgullo se desplomaba junto con él, y aunque no
Al llegar a Askeladd, Azucena se puso de rodillas y se inclinó hacia él.—Mi señor… mi señor, por favor… por favor, resista. Estoy aquí y lo voy a curar. No se preocupe, lo voy a sanar.Sus manos se posaron sobre las heridas de Askeladd, y lentamente comenzó a canalizar su don. Primero, la pata que Milord le había arrancado empezó a regenerarse, con el tejido formándose y fortaleciéndose con un brillo de energía pura que emanaba de Azucena. Luego, continuó con todas las demás heridas que Askeladd había sufrido durante la pelea: cortes, contusiones, fracturas.Su energía se expandía, cálida y luminosa, penetrando cada fibra de su cuerpo, devolviéndole fuerza y vitalidad. Más aún, al reconocer que Askeladd era su mate, Azucena compartió también su propia energía vital, reforzando su recuperación, asegurándose de que recuperara no solo su cuerpo, sino también la fuerza necesaria para levantarse y continuar.Cuando terminó, Azucena tambaleó ligeramente; la concentración y el gasto de su p
Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. El silencio que los envolvía era absoluto, como si el mundo entero hubiera dejado de existir por un instante. Ambos estaban demasiado absortos, demasiado impactados, intentando procesar lo que acababan de descubrir: que se habían encontrado con su mate, su compañero destinado. Ese aroma único, esa esencia que solo podía percibirse entre almas gemelas, los había golpeado con una fuerza inesperada. Sus corazones latían desbocados, sus sentidos estaban en alerta máxima, y por un momento, parecía que todo lo demás desaparecía.Pero esa concentración en su vínculo, en el aroma que los había marcado como compañeros, abrió una grieta en su atención. Askeladd estaba completamente absorbido por la sensación de tener a su mate frente a él, por el perfume único que emanaba de Azucena, por esa certeza que hasta ahora había estado bloqueada por fuerzas externas. Estaba distraído, sumido en ese trance, olvidando por completo el peligro que los rodeaba, l
Último capítulo