Un año ha transcurrido desde que el frío eterno de la Antártida dejó de ser una amenaza para convertirse en un recuerdo punzante. Un año desde que el último Inquisidor, despojado de su fanatismo y de su acero, dejó caer su arma sobre la nieve ensangrentada. Aquel día, el Septentrión no solo perdió una batalla; se disolvió en el olvido de una historia que ya no necesitaba villanos de sangre fría. Para el resto del mundo, fue el fin de una guerra invisible. Para nosotros, fue el primer respiro de