Mundo ficciónIniciar sesión—¿Tuya? —repetí, la palabra saliendo de mis labios con una mezcla de incredulidad y desafío.
Mi mente de cazadora trabajaba a mil por hora, repasando cada lección de la Orden. Sabía la anatomía de los licántropos, sus debilidades, sus jerarquías y sus tácticas de manada. Pero en los libros de texto de los Cazadores, el concepto de "Mate" o "Pareja Destinada" se describía como una superstición animal, un celo biológico glorificado para justificar su lujuria salvaje. Nunca nos dijeron que fuera esto.
Nunca mencionaron que una sola palabra de un Alfa pudiera sentirse como una cadena invisible atándose alrededor de mi garganta y tirando de mí hacia él.
Lucien no se apartó. Al contrario, se irguió en toda su imponente altura, bloqueando mi visión del resto de la fiesta. Para él, Antoine y los cientos de invitados ya no existían.
—No te hagas la ingenua, Mademoiselle Vasseur —dijo con una suavidad aterradora, sus ojos verdes recorriendo mi rostro como si estuviera memorizando un mapa—. Sabes exactamente por qué he bajado esas escaleras. Lo sentiste en el momento en que entré.
El sudor frío recorrió mi espalda. M****a. Estaba convencida de que hablaba de mi intención asesina. Creía que mis micro-expresiones me habían delatado, o quizás el olor metálico de la daga no estaba tan oculto como pensaba.
—Creo que me está confundiendo con otra persona, Señor Blanc —mentí, manteniendo la barbilla alta.
Lucien soltó una risa baja, un sonido oscuro que vibró en mi pecho.
—Tu boca miente con elegancia, pero tu pulso es un tambor —se inclinó y ofreció su brazo. No era una invitación cortés; era un mandato—. Vamos. Aquí hay demasiado ruido. Demasiados... testigos.
Mi corazón dio un vuelco. Quiere aislarme. Era la oportunidad perfecta. En medio del salón de baile, con tanta seguridad, matarlo sería un suicidio. Pero a solas... a solas solo necesitaría un segundo de descuido.
—¿Me está secuestrando en su propia fiesta? —pregunté, arqueando una ceja mientras posaba mi mano sobre su antebrazo. El músculo bajo la tela del esmoquin era duro como el acero. Al contacto, una chispa de electricidad estática me recorrió los dedos. Casi la retiro del susto, pero me obligué a apretar.
—Digamos que quiero inspeccionar mi... adquisición —murmuró él, guiándome a través de la multitud.
La gente se apartaba como el Mar Rojo ante Moisés. Sentí las miradas de envidia de las mujeres y de temor de los hombres. Caminar del brazo del Alfa Supremo de Europa era una declaración de poder, pero yo me sentía como una prisionera caminando hacia el patíbulo.
Nos llevó fuera del salón, a través de pasillos de mármol negro custodiados por guardias que bajaban la cabeza al vernos pasar. Lucien no dijo nada, pero su agarre sobre mi mano, que ahora reposaba sobre la suya, era firme. Posesivo.
Llegamos a unas puertas dobles de roble tallado. Él las abrió y me hizo pasar primero.
Era su despacho privado. Una habitación cavernosa con paredes forradas de libros antiguos, una chimenea encendida que crepitaba furiosamente y un enorme ventanal que daba a la tormenta de nieve que empezaba a rugir fuera.
En cuanto entramos, Lucien cerró la puerta. El sonido del cerrojo click-clack resonó como un disparo en el silencio.
Estábamos solos.
Me giré lentamente, calculando la distancia. Cinco metros. Podía sacar la daga de mi muslo en dos segundos, lanzarme sobre él y clavársela en la carótida antes de que pudiera transformarse.
—Te gusta jugar con fuego, ¿verdad? —dijo Lucien, caminando hacia la pequeña barra de licores. Se sirvió un whisky sin ofrecerme nada. Se giró, apoyando la cadera contra el mueble, y me miró con esos ojos de depredador aburrido—. Entras en mi casa, oliendo a una mezcla de peligro y... —aspiró el aire, cerrando los ojos un segundo—... flores vírgenes. Es una combinación intoxicante.
—No sé de qué habla —respondí, deslizando mi mano derecha disimuladamente hacia la abertura de mi vestido.
Lucien dejó el vaso con un golpe seco sobre la madera. En un parpadeo, cruzó la distancia que nos separaba. Fue inhumanamente rápido. Antes de que mis dedos pudieran rozar el encaje de mi liga, él ya estaba frente a mí, atrapando mi muñeca en el aire.
No me lastimó, pero su agarre era inamovible.
—Sé lo que eres —repitió, bajando la voz hasta un susurro ronco—. Lo huelo en tu piel. Lo veo en la forma en que evalúas las salidas.
Tragué saliva. Se acabó. Sabe que soy una cazadora.
—Si sabes lo que soy —susurré, tensando cada músculo de mi cuerpo, lista para pelear a muerte—, ¿por qué no me has matado todavía?
Lucien pareció confundido por un microsegundo. Su ceño se frunció. Luego, sus ojos brillaron con una intensidad nueva, más oscura, más caliente. Me soltó la muñeca y, en su lugar, sus manos grandes y calientes fueron a mi cintura, atrayéndome bruscamente contra su cuerpo.
El impacto fue brutal. Mis pechos chocaron contra su pecho duro. Mi pelvis contra la suya. Sentí la magnitud de su cuerpo, el calor absurdo que irradiaba, como un horno viviente.
—¿Matarte? —Lucien soltó una carcajada incrédula, rozando mi mejilla con sus nudillos—. Pequeña tonta. Un lobo no mata a lo que el destino le ha regalado. Un lobo lo protege. Lo reclama. Lo devora, sí... pero de otra manera.
Me quedé paralizada. ¿Destino? ¿Regalo?
Él bajó la cabeza, enterrando su nariz en el hueco de mi cuello, inhalando profundamente como si mi olor fuera su oxígeno.
—Eres mi Mate, Zoé —susurró contra mi piel, usando mi nombre real, no el falso.
El mundo se detuvo. Sabía mi nombre. Pero lo que me aterrorizó no fue eso. Fue la reacción de mi propio cuerpo. Cuando sus labios rozaron la piel sensible de mi cuello, un gemido traicionero murió en mi garganta y mis piernas temblaron.
Yo vine aquí para clavarle un cuchillo en el corazón. Pero él estaba decidido a clavarse en mi alma.
—Suéltame —dije, pero sonó más como una súplica que como una orden.
—Jamás —gruñó él, y por primera vez, sentí la vibración de su lobo contra mi vientre.







