Mundo ficciónIniciar sesiónEl salón de baile del Hotel Silver Heights no era simplemente lujoso; era un insulto a la pobreza. Techos de seis metros de altura, lámparas de araña de cristal de Baccarat que costaban más que una casa promedio y una orquesta en vivo tocando valses suaves. El aire olía a champán caro, caviar y a la arrogancia silenciosa de la élite europea.
Pero cuando crucé el umbral de las puertas dobles, el sonido de las conversaciones se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de una radio.
Sentí docenas de miradas clavarse en mi piel. Hombres, mujeres, humanos y lobos. Todos dejaron sus copas para mirarme. Sabía lo que veían: el vestido verde esmeralda brillaba bajo las luces, abrazando mis caderas latinas y resaltando mis pechos con una provocación calculada. Mi cabello castaño caía en ondas salvajes sobre mi espalda desnuda.
No era Zoé la cazadora. Era Élise, la diosa inalcanzable.
Avancé con paso firme, mis tacones resonando sobre el mármol. Mis ojos verdes escanearon la sala, buscando al objetivo, pero sabía que no podía ir directamente hacia Lucien Blanc. Eso sería sospechoso. Necesitaba un peón. Alguien lo suficientemente estúpido y rico para llamar la atención del Alfa.
Lo encontré cerca de la barra de hielo. Antoine Dubois. Un magnate bancario parisino, humano, cliente habitual de estos eventos y conocido "amigo" y rival comercial de Blanc. Antoine creía que su dinero lo ponía a la altura de los lobos. Pobre iluso.
Le lancé una mirada por encima del hombro, una invitación silenciosa, y mordí levemente mi labio inferior. El anzuelo fue tragado al instante.
Antoine se separó de su grupo y se deslizó hacia mí como una anguila con esmoquin.
—Dios mío —murmuró, bloqueándome el paso con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero resultaba empalagosa—. No sabía que las montañas escondían joyas como usted. Soy Antoine Dubois.
—Élise Vasseur —respondí, dándole mi mano con desgana fingida.
Él la besó, demorándose demasiado en mis nudillos. Sentí repulsión, pero mantuve la máscara.
—Está sola, Élise —dijo, acercándose más de lo necesario. Su mano se posó en mi cintura, sus dedos apretando la seda de mi vestido. Sentí el calor de su palma y tuve que luchar contra el reflejo de romperle la muñeca—. Lucien Blanc tarda en bajar. Dice que le gusta hacer esperar a sus invitados, pero yo no cometería el error de hacer esperar a una mujer como usted. ¿Quizás podríamos ir a un lugar más... privado?
El plan funcionaba. Antoine estaba marcando territorio. Ahora solo necesitaba que el dueño real del territorio apareciera.
Y entonces, sucedió.
Las puertas principales en la cima de la gran escalera se abrieron de golpe. El aire en el salón cambió violentamente. La temperatura pareció descender diez grados, y un silencio sepulcral, cargado de miedo y respeto, cayó sobre la fiesta.
Lucien Blanc.
Lo vi en lo alto de la escalera y mi aliento se detuvo. Las fotos del dossier eran una broma comparadas con la realidad. Era inmenso. Casi dos metros de pura potencia masculina enfundada en un esmoquin negro hecho a medida que apenas contenía sus hombros anchos. Su cabello largo y rebelde caía sobre su cuello, dándole ese aire de dios vikingo salvaje que ninguna ropa civilizada podía ocultar.
Bajó el primer escalón con la autoridad de un rey, pero de repente, se congeló.
Lo vi detenerse en seco, como si una locomotora invisible lo hubiera golpeado en el pecho. Su cabeza giró bruscamente, escaneando la multitud con una desesperación frenética. Sus fosas nasales se dilataron, aspirando el aire con fuerza.
Los supresores, pensé con pánico. Deberían funcionar.
Pero los ojos de Lucien, dos esmeraldas brillantes y furiosas, se clavaron directamente en los míos a través de cincuenta metros de distancia y cientos de personas. No me miró; me atravesó.
Fue una conexión visceral. Sentí un tirón en el ombligo, un calor absurdo que nació en mi vientre y me hizo temblar las rodillas.
—¿Élise? —preguntó Antoine, ajeno a que la muerte acababa de entrar en la sala. Su mano bajó un poco más por mi cadera.
El rugido que salió de la garganta de Lucien no fue humano. Fue un gruñido bajo, vibrante, que hizo tintinear las copas de cristal. Bajó las escaleras no caminando, sino devorando el espacio, apartando a la gente sin tocarlos, solo con la fuerza de su presencia. Su mirada estaba fija en la mano de Antoine sobre mi cintura. Si las miradas mataran, Antoine ya sería ceniza.
En segundos, el gigante vikingo estaba frente a nosotros. Su aroma me golpeó: sándalo, hielo y una nota profunda y masculina que hizo que mis instintos de cazadora gritaran "PELIGRO" y mis instintos de mujer gritaran "SÍ".
Antoine, estúpidamente valiente por el alcohol, no quitó la mano de mi cintura.
—Lucien, mi amigo —dijo Antoine con una risa nerviosa—. Llegas tarde. Estaba entreteniendo a esta belleza... creo que la vi primero.
El aire se volvió irrespirable. Lucien ignoró a Antoine como se ignora a un insecto. Se plantó frente a mí, tan cerca que el calor de su cuerpo irradiaba a través de mi vestido. Era una montaña de músculo y furia contenida.
—Quita tu mano de ella, Dubois —dijo Lucien. Su voz era grave, profunda, como rocas chocando bajo el agua—. Antes de que te arranque el brazo.
Antoine palideció y retiró la mano como si mi vestido ardiera.
—Solo estábamos charlando, Lucien. No hace falta ponerse... territorial.
Lucien dio un paso más, invadiendo mi espacio personal, acorralándome sin tocarme. Sus ojos verdes recorrieron mi rostro, bajaron a mis labios rojos, siguieron por mi cuello, se detuvieron en el escote de mis pechos y bajaron hasta la abertura de mi pierna. Era una inspección descarada, posesiva.
—No soy territorial con lo que no me importa —murmuró Lucien, y por primera vez me miró a los ojos. Había hambre allí. Un hambre milenaria—. Pero hay cosas que no se tocan, Antoine.
—¿Y usted quién es para decidir eso, Monsieur Blanc? —dije, mi voz saliendo más ronca de lo que pretendía, alzando la barbilla para desafiarlo. No podía dejar que me intimidara. Yo era la cazadora.
Lucien sonrió. Fue una sonrisa depredadora, de dientes blancos y perfectos, que no llegó a sus ojos. Se inclinó hacia mi oído, su aliento caliente rozando mi piel sensible, y susurró solo para que yo lo oyera:
—Sé lo que eres.
Mi corazón se detuvo. ¿Sabe que soy una cazadora? ¿Fallé? Mi mano se movió imperceptiblemente hacia mi muslo, hacia la daga.
Pero entonces, él aspiró mi aroma profundamente, cerrando los ojos como si estuviera embriagado, y terminó la frase:
—Eres mía.







