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La lluvia en París no limpiaba nada; solo lo ensuciaba todo de un gris miserable. Las gotas repiqueteaban contra los cientos de paraguas negros que se agolpaban en el cementerio de Père Lachaise como una bandada de cuervos silenciosos.
Yo no llevaba paraguas. Dejé que el agua helada me empapara el cabello y corriera por mi cuello, colándose bajo el cuello rígido de mi abrigo negro. Necesitaba sentir ese frío. Era lo único que me recordaba que yo seguía viva, porque todo lo demás dentro de mí se sentía tan muerto como el hombre que yacía en el agujero frente a mis pies.
—Zoé.
La voz era grave, rasposa, como el sonido de botas militares arrastrándose sobre grava. No necesité girarme para saber que mi tío, Gaspard, estaba a mi lado. Él era ahora el Gran Maestre interino, pero para mí, en ese momento, solo era el único familiar que me quedaba en un mundo que se había vuelto repentinamente hostil.
Gaspard extendió su paraguas para cubrirme, pero yo di un paso al frente, acercándome más al borde de la fosa.
—Deberían haberlo dejado abierto —murmuré, mi voz sonando extraña, carente de inflexión.
—No, ma chérie —Gaspard puso una mano pesada sobre mi hombro, apretando con una fuerza que pretendía ser reconfortante pero que se sentía como una atadura—. Créeme. No querías verlo. Nadie debería ver a su padre así.
Cerré los ojos y la imagen que había tratado de bloquear durante tres días estalló en mi mente con violencia. No había visto el cuerpo, pero había leído el informe forense de la Orden. "Desmembramiento traumático". "Laceraciones profundas consistentes con garras de gran tamaño". "Pérdida del cuarenta por ciento de la masa corporal".
No lo habían matado. Lo habían cazado. Lo habían destrozado como si fuera un muñeco de trapo, por deporte, por crueldad. Mi padre, el hombre que me enseñó a empuñar una daga antes de que aprendiera a escribir, el líder más fuerte que la Orden había conocido, reducido a carne irreconocible.
—Fueron ellos, ¿verdad? —pregunté. La rabia empezó a calentarme el pecho, desplazando al frío de la lluvia.
Gaspard suspiró, un sonido largo y teatral. Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que los otros miembros de la Orden, que cuchicheaban a nuestras espaldas, no pudieran oírnos.
—No fue un ataque al azar, Zoé. Fue un mensaje.
—¿De quién?
—De la Manada del Pico de Plata.
El nombre flotó en el aire húmedo, cargado de una amenaza eléctrica. Silver Peak Pack. Incluso entre los cazadores, ese nombre se pronunciaba con respeto y miedo. No eran chuchos callejeros ni bestias sin control. Eran la realeza del mundo subterráneo. Ricos, poderosos, intocables.
—¿El Alfa? —pregunté, sintiendo cómo mis manos se cerraban en puños dentro de mis bolsillos, clavándome las uñas en las palmas hasta casi sangrar.
—Lucien Blanc —escupió Gaspard el nombre como si fuera veneno—. El lobo más fuerte de Europa. Se cree un dios intocable en su trono de hielo en los Alpes. Piensa que puede bajar de su montaña, masacrar al líder de los Cazadores y volver a sus fiestas de gala sin consecuencias.
Me giré lentamente hacia mi tío. Sus ojos grises me miraban con una intensidad febril. En ese momento no vi la manipulación, no vi la codicia que brillaba en el fondo de sus pupilas; solo vi a un hombre compartiendo mi dolor, ofreciéndome un blanco para mi odio.
—¿Por qué mi padre? —insistí.
—Porque tu padre descubrió algo —mintió Gaspard con una fluidez aterradora—. Blanc está expandiendo su territorio. Quiere erradicar a la Orden. Empezó cortando la cabeza de la serpiente.
Gaspard sacó un sobre grueso del interior de su chaqueta y me lo tendió. El papel estaba seco, protegido de la lluvia.
—La Orden quiere responder con un ataque militar, pero eso sería un suicidio —dijo él—. Blanc tiene un ejército. Si vamos a la guerra, perderemos. Necesitamos algo más sutil. Algo… definitivo.
Tomé el sobre. Pesaba. Sabía lo que había dentro sin abrirlo: fotos, itinerarios, debilidades.
—¿Por qué me das esto a mí?
—Porque eres la mejor, Zoé. Tu padre te entrenó para ser perfecta. Eres disciplinada, eres letal y, lo más importante, nadie sabe quién eres fuera de estos muros. Eres un fantasma.
Miré el ataúd de caoba brillante una última vez. Mi padre siempre me había dicho que las emociones eran una debilidad, que el placer y el dolor eran distracciones que un cazador no podía permitirse. He vivido mi vida siguiendo sus reglas monásticas. Nunca he bebido hasta perder el sentido, nunca he bailado hasta el amanecer, nunca he dejado que un hombre me toque. He guardado mi cuerpo y mi mente como un templo sagrado dedicado a una sola cosa: la Misión.
Ahora, esa pureza tenía un propósito.
—Lucien Blanc —pronuncié el nombre, probando su sabor en mi lengua. Sabía a sangre.
—Él va a celebrar la Gala de Invierno en tres semanas —susurró Gaspard, como una serpiente en mi oído—. En St. Moritz. Estará rodeado de lujo y seguridad. Se sentirá invencible. Necesito a alguien que pueda entrar, acercarse lo suficiente para ver el color de sus ojos y clavarle una daga de plata en el corazón antes de que se transforme.
Abrí el sobre. La primera foto era de un hombre bajando de un jet privado. Era alto, impecable en un traje gris oscuro. Tenía el cabello negro y una mandíbula que parecía tallada en granito. Pero fueron sus ojos los que me detuvieron. Incluso en la foto granulada, tenían una arrogancia depredadora.
No parecía un monstruo. Parecía un príncipe.
—Lo haré —dije. No fue una promesa; fue una sentencia.
—Ten cuidado, sobrina —advirtió Gaspard, aunque vi la sonrisa de triunfo que intentaba ocultar—. Blanc no es solo un animal. Es seductor. Es rico. Utilizará todo eso para desarmarte.
Cerré el sobre y alcé la vista hacia el cielo plomizo. La lluvia se había convertido en aguanieve.
—No tengo interés en su dinero ni en sus encantos, tío. Mi vida no tiene espacio para eso.
Di media vuelta, dando la espalda a la tumba de mi padre. El dolor seguía ahí, un agujero negro en mi pecho, pero ahora tenía algo con qué llenarlo. Un nombre. Un rostro.
Lucien Blanc creía ser el depredador más peligroso de Europa. Estaba a punto de descubrir qué sucede cuando la presa tiene colmillos propios.
Me ajusté el abrigo y caminé hacia la salida del cementerio. La caza había comenzado.







