POV: Zoé Dupont
La cena fue silenciosa, pero no fue el silencio hostil de la mañana. Era un silencio pesado, cargado de cosas que no se decían.
Lucien no pidió servicio de habitaciones. Él mismo cocinó. Lo observé desde la barra de la cocina mientras cortaba verduras con una destreza que me inquietaba. Ver a un hombre capaz de decapitar a un enemigo picando zanahorias con delicadeza era una disonancia cognitiva más para mi lista.
Puso dos platos de risotto sobre la mesa baja frente a la chimenea. El fuego crepitaba, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de cristal que nos separaban de la tormenta de nieve exterior.
—Siéntate —dijo, sirviendo dos copas de vino tinto—. No hay veneno, lo prometo.
Me senté en la alfombra, cruzando las piernas, ignorando la silla. Me sentía más segura cerca del suelo, lista para moverme. Lucien se sentó frente a mí, imitando mi postura, aunque sus piernas largas parecían ocupar todo el espacio.
Comimos en silencio durante unos minutos. El alcohol