Mundo ficciónIniciar sesión"Cuatro maridos muertos. Un contrato firmado con sangre. Y un destino que nadie ha logrado sobrevivir." En los salones dorados de Nueva York, el nombre de Diamond Valentine se pronuncia en susurros. La llaman la "Viuda Negra". Dicen que su belleza es un veneno y que sus pretendientes terminan bajo tierra antes de llegar al altar. Pero nadie conoce la verdad: Diamond es el diamante más preciado —y prisionero— de su hermano, el psicópata Killian Valentine, quien elimina a cualquier hombre que ose tocar lo que él considera "suyo". Un escape desesperado hacia el frío. Para huir del infierno de su familia, Diamond acepta un matrimonio por contrato con el hombre más letal de Transilvania: el Capitán Ridell North. Un gigante de hielo que la desprecia y que solo busca usarla como escudo político. Ridell no cree en maldiciones, pero cree aún menos en las mujeres "delicadas" que vienen de la ciudad. El Gigante de Hielo vs. La Mujer de Porcelana. Ridell está decidido a humillarla. La abandona en una mansión hostil, permite que su amante la pisotee y la condena a vivir como un fantasma. Lo que él no sabe es que Diamond no es la muñeca rota que aparenta. Mientras él intenta doblegar su voluntad, ella está vendiendo sus joyas en el mercado negro, planeando su fuga y esperando que el reloj marque el final de sus seis meses de contrato. ¿Sobrevivirá el Capitán a la maldición? Cuando el deseo estalle entre el desprecio y la sumisión, Ridell descubrirá que su esposa es mucho más peligrosa de lo que imaginaba. No porque sea una asesina, sino porque es la única mujer capaz de hacer que su corazón de hielo se derrita… justo antes de que Killian venga a reclamar su propiedad.
Leer másDiamond entró en el despacho ignorando el peso de la mirada plateada de Ridell. Era la misma intensidad con la que un depredador analiza a su presa.
Aunque mantenía su máscara de esposa dulce y sumisa, Ridell no se dejaba engañar; él ya había visto a la verdadera mujer bajo, la lengua afilada que se escondía tras esa sonrisa de porcelana.
Llevaban cinco meses encadenados a un matrimonio por contrato, y para Diamond, el tiempo se agotaba.
«Un mes», pensó sintiendo un escalofrío. «Solo me queda un mes antes de que mi hermano venga a reclamar lo que cree suyo».
Su último intento de escape había sido un fracaso humillante.
Ahora, con la sombra de Killian Valentine acercándose desde Nueva York, Diamond sabía que no podía fallar de nuevo.
Necesitaba el divorcio o, al menos, la distracción suficiente para desaparecer.
—He terminado de jugar a la casita, Capitán North —soltó ella. Su voz no tembló mientras dejaba caer el sobre de manila sobre la caoba. El sonido resonó como un disparo—. Quiero el divorcio.
Ridell no respondió de inmediato.
Sus dedos se cerraron alrededor de su bolígrafo de platino y, con una fuerza aterradora, Diamond vio cómo el metal se doblaba hasta crujir.
El gesto le provocó un escalofrío del que no supo si era de miedo o de una oscura curiosidad.
—¿Divorcio? —La voz de Ridell fue un susurro ronco—. En la familia North no existe esa palabra. Y nosotros no seremos la excepción.
Él se puso de pie y el oxígeno de la habitación pareció desaparecer. Su presencia física la abrumaba, reclamando cada centímetro de aire.
Se acercó con lentitud depredadora, e instintivamente, Diamond mantuvo la barbilla en alto. "Está loco", pensó.
"Hace una semana me ignoraba y ahora quiere incinerarme con la mirada".
—¡Me importa una m****a tu familia y tus reglas! —le gritó, con los ojos azules encendidos—. Estoy harta de ser tu sombra y el blanco de las burlas de tu amante. Me voy. Y si intentas detenerme, suplicarás no haberme conocido. No tienes idea de lo mala que puedo ser.
Ridell soltó una carcajada amarga y, antes de que ella pudiera reaccionar, la atrapó contra el borde del escritorio.
Sus manos se cerraron sobre la madera a ambos lados de su cuerpo, acorralándola. Diamond sintió el calor abrasador de su cuerpo, un contraste violento con su habitual frialdad.
—¿Crees que eres un trofeo? —Ridell se inclinó hasta que sus rostros casi se rozaron—. No tienes idea de lo que me cuesta no reclamar cada cláusula de ese contrato ahora mismo.
—Entonces fírmalo y déjame ir —desafió ella, humedeciendo sus labios por puro nerviosismo.
La mirada de Ridell bajó a su boca. Ya no era solo rabia; era un deseo primitivo acumulado durante meses de silencio. Su mano subió a la nuca de Diamond, hundiéndose en su cabello para obligarla a mirarlo.
—No te vas a ninguna parte. Porque eres mía.
Entonces, la besó. Fue una invasión.
Diamond sintió el sabor a tabaco y café, y la presión de unos labios que no pedían permiso, sino que tomaban posesión.
Fue un beso cargado de una urgencia que le hizo flaquear las piernas.
Una descarga eléctrica le recorrió la columna, una calidez traicionera que la instaba a responder, a enredar sus dedos en el cuello de su uniforme y dejarse llevar.
"No", rugió su mente. "Es solo otro hombre intentando dominarte".
Recuperando el control, Diamond mordió el labio de Ridell con fuerza hasta sentir el sabor cobrizo de la sangre.
Él se separó lo justo para mirarla, jadeando, con un hilo rojo decorando su comisura.
En lugar de enfurecerse, sus ojos brillaron con fascinación.
—¿Eso es todo lo que tienes, Viuda Negra? ¿Me estás retando?
—Tómalo como quieras —respondió ella, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.
Ridell la tomó de nuevo por la nuca y la reclamó en un segundo beso, aún más hambriento que el anterior. Diamond sintió que algo explotaba en su interior. Estaba cansada de los golpes de su padre y de la sombra de su hermano, pero ese beso le generaba una furia nueva, una que disfrutaba de manera inquietante. Lo empujó con todas sus fuerzas, separándose apenas unos centímetros.
—¿Por qué tanta prisa por dejarme? —preguntó él con voz ronca—. ¿Hay alguien más esperándote fuera de mis fronteras?
Diamond soltó una carcajada seca. —Tal vez. Después de todo, tengo una reputación que mantener. He tenido cinco esposos, Ridell. Tú eres solo el quinto contrato en mi lista. Tal vez ya es hora de ir por el sexto.
El rostro de Ridell se endureció como la piedra. —¿El sexto? —repitió, las palabras saliendo como cuchillas.
—Sí. Y estoy segura de que el número seis será mucho mejor que tú. Al menos él no será un bloque de hielo que necesita el permiso de su amiga de la infancia para respirar.
El golpe al orgullo de Ridell fue certero. En la alta sociedad se preguntaban cómo él seguía vivo siendo el esposo de la "Viuda Negra".
Diamond acababa de recordarle que él no era especial, solo el siguiente en la fila.
—No habrá un sexto —gruñó Ridell, atrapando su cintura con un brazo de hierro que la pegó a su cuerpo—. Porque no pienso morir, Diamond. Y porque no te voy a dejar ir nunca.
Cuando él finalmente la soltó, ella retrocedió hacia la puerta, aturdida por el calor del hombre que juró odiar.
—¡Estás demente! —gritó antes de salir disparada de la oficina.
Ridell, desde la ventana, la vio correr por el jardín. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una determinación gélida.
No le importaba si tenía que luchar contra el mundo entero para mantenerla. Lo que Ridell no sabía era que el diablo ya estaba en camino desde Nueva York.
Su nombre era Killian Valentine, el hermano que no aceptaba que su "propiedad" más preciada perteneciera a otro hombre.
Killian Valentine dio un paso atrás, rompiendo la asfixiante burbuja de tensión que se había formado entre él y Ridell.Sus ojos avellana brillaron con una astucia gélida mientras observaba el lenguaje corporal de la pareja.Con una elegancia que Diamond conocía como el preludio de un ataque, Killian se ajustó los puños de la camisa y forzó una expresión de cortesía distante.—Veo que los ánimos están algo caldeados —dijo Killian con una voz aterciopelada que no llegaba a ocultar su veneno—. No quisiera ser el motivo de una disputa marital. Me retiraré a descansar; el viaje desde Nueva York ha sido agotador. Espero que no te moleste mi presencia en la mansión, Capitán North, pero tenemos mucho de qué hablar mañana, con más calma, sobre el futuro de mi hermana y su necesario viaje.Ridell se tensó de tal manera que Diamond pudo sentir la vibración de sus músculos bajo la mano que aún sostenía.Killian le dedicó a su hermana una sonrisa cargada de un significado oculto, una promesa de q
El comedor de la mansión North se había transformado en un escenario de pesadilla.Diamond sentía que el oxígeno desaparecía de sus pulmones, mientras el sabor metálico del beso forzado de Killian aún quemaba en sus labios.El silencio que siguió al acto fue roto por la risa cristalina y ponzoñosa de Sienna, quien permanecía en el umbral junto a una Celine petrificada.—Vaya, Diamond —dijo Sienna, con una sonrisa que destilaba un triunfo absoluto—. Siempre supimos que tu devoción por tu "familia" era... especial. Pero esto supera cualquier chisme que haya llegado desde Nueva York.Celine, cuyo rostro era una máscara de palidez y decepción, dio un paso al frente.Sus ojos grises, que antes miraban a Diamond con hermandad, ahora estaban nublados por la confusión y el enojo.—Sienna, vete —ordenó Celine con voz temblorosa—. Hablaremos de esto luego.—¿Irme? —Sienna arqueó una ceja, disfrutando del caos—. Oh, no. Quiero estar aquí cuando Ridell llegue. Estoy segura de que le encantará sab
El aire en el gran comedor de la mansión North se había vuelto denso, casi sólido.Diamond permanecía sentada con la espalda rígidamente recta, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la columna.Frente a ella, Killian Valentine cortaba un trozo de carne con una elegancia que resultaba obscena dada la tensión que emanaba de su figura.A su lado, Allen permanecía en un silencio sepulcral, con la mirada fija en su plato, como si esperara que la porcelana lo tragara.Celine, sentada al extremo de la mesa, era el único escudo que Diamond tenía, pero se sentía como un escudo de papel frente a un incendio forestal.El Patriarca no había salido de la oficina luego de la discusión con su hija, y la ausencia de Ridell pesaba más que nunca.—¿Por qué pareces tan nerviosa, Diamond? —preguntó Killian, levantando sus ojos avellana hacia ella.Su voz era suave, casi cariñosa, pero Diamond conocía el filo que se ocultaba tras esa seda.—No estoy nerviosa, hermano mayor —respondió ella, forzando una
El aire a las afuera de la mansión parecía haberse solidificado, convirtiéndose en un cristal quebradizo que amenazaba con cortarle la garganta a Diamond con cada inhalación.Frente a ella, la figura de Killian Valentine se alzaba como una sombra ancestral, una que ella había intentado enterrar en los rincones más oscuros de su memoria.Al ver la ceja levantada de su hermano —ese gesto sutil que siempre precedía a una tormenta de violencia—, el instinto de supervivencia de Diamond, pulido tras años de abusos, tomó el control.—¡Hermano mayor! ¡No puedo creer que estés aquí! —exclamó ella, forzando una alegría que sonó vibrante, casi real.Corrió hacia él, sintiendo que sus piernas eran de plomo, y lo rodeó con un abrazo que pretendía ser afectuoso pero que era, en realidad, un escudo.Al pegar su mejilla contra la fría tela de su saco, Diamond cerró los ojos y maldijo su suerte.Su mente era un caos de reproches: maldecía a Killian por estar allí, se maldecía a sí misma por la posible
El aire en el despacho del Patriarca North era gélido, pero no por el invierno de Transilvania que se resistía a morir, sino por la frialdad de los secretos que se guardaban tras las paredes de madera oscura.Celine North permanecía junto al gran ventanal, con la vista fija en la entrada de la mansión.Allá abajo, diminuta y vulnerable, Diamond seguía de pie en el umbral, observando el punto donde el coche de Ridell había desaparecido entre la bruma del sendero.Celine sintió un nudo de angustia en la garganta al notar que otro vehículo, una limusina negra de cristales tintados y presencia amenazante, se acercaba con una lentitud depredadora.Se giró hacia su padre, quien estaba sentado tras su escritorio de roble, revisando unos informes con una indiferencia que le resultaba insultante.—Dime que no es lo que pienso —soltó Celine, su voz temblando por la rabia acumulada—. Dime que esto no es parte de tu plan, padre. Enviaste a Ridell a la capital en el momento exacto, con una urgenci
La penumbra de la habitación matrimonial estaba impregnada del aroma del deseo satisfecho y la melancolía del adiós.Diamond se encontraba envuelta entre las sábanas de seda, con la piel aún encendida por el contacto de Ridell.Él se cernía sobre ella, sus ojos platinados brillando con una intensidad que no era solo lujuria, sino una posesividad protectora que la hacía estremecer.No era el encuentro frío y calculador de un contrato; era una entrega física y emocional que había dejado a ambos sin aliento.—Voy a extrañar esto cada minuto que esté fuera de esta casa —susurró Ridell, recorriendo con sus labios la línea del hombro de Diamond, deteniéndose en el inicio de sus cicatrices para depositar un beso cargado de promesa—. No dejes que el frío de Transilvania te alcance mientras no estoy.Diamond enredó sus dedos en el cabello corto de él, atrayéndolo para un último beso, uno profundo que sabía a desesperación contenida.Sus cuerpos volvieron a encontrarse en una danza lenta, una d





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