Mundo ficciónIniciar sesiónPara Massimo Carusso lo único importante, son las empresas Carusso y para mantenerlas, está dispuesto a todo, hasta casarse como quiere su padre para darle el nieto que tanto desea, por eso no duda en escoger como esposa a Clara Thompson, creyendo que con ella podrá lograr el heredero que tanto ansían sus padres, lo que no sabe es que su futura esposa, no está interesada en ser madre, solo le importa el poder y el dinero y eso solo puede lograrlo fusionando el patrimonio de su familia con los Carusso, pero sabe que necesita darle el hijo que tanto quiere, por eso obliga a Diana Parker a la hija de la amiga de su madre, bajo chantaje a tener intimidad con su esposo y darle a los Carusso el heredero que tanto quieren ¿Aceptará Diana el chantaje? ¿Si lo hace sería capaz de renunciar a su hijo? ¿Qué hará Massimo cuando sepa la verdad?
Leer másCapítulo 1. La prometida.
—Massimo, debes casarte si no quieres perder el control de la empresa —la voz de Andrés Carusso resonó con dureza en la oficina de cristal. Massimo ni siquiera levantó la vista de los documentos que firmaba. —¿En serio piensas amenazarme con lo único valioso para mí con tal de cumplir tus caprichos seniles? —respondió, dejando la pluma sobre el escritorio con un golpe seco. —¡Quiero un heredero! Y voy a valerme de cualquier medio para que me lo des —enfatizó su padre, golpeando el bastón contra el suelo—. Tienes treinta y dos años. Ya basta de juegos. Massimo suspiró, recostándose en su silla de cuero. Sabía que su padre no estaba bromeando. El viejo Andrés era capaz de vender la empresa a la competencia solo para darle una lección. —Está bien —cedió Massimo con frialdad, como quien cierra un trato aburrido—. Acepto. Escoge a la mujer, pon la fecha y allí estaré. Pero no esperes que juegue al marido enamorado. —Esta noche —sentenció Andrés, ignorando el sarcasmo de su hijo—. En el Restaurante Luxor, a las ocho. He seleccionado a las candidatas de las mejores familias. Tú solo tienes que señalar a la que toleres más. Massimo hizo un gesto de despedida con la mano, echándolo de su oficina. El matrimonio para él no era más que una fusión corporativa; una cláusula molesta en el contrato de su vida. El resto del día fue un infierno administrativo. Apenas su padre salió, su asistente entró pálido. —Señor Carusso, tenemos un problema con el proyecto Tristán. Alguien filtró que se están usando materiales de baja calidad en los cimientos. Massimo se puso de pie, sus ojos Verdes destellando furia. —¿Quién es el responsable? —Aún no lo sabemos con certeza, señor, pero... una de nuestras socias corporativas, la señorita Thompson, fue quien nos alertó del rumor antes de que llegara a la prensa. Ella sugiere una reunión urgente. Massimo frunció el ceño. Thompson. La familia Thompson tenía una constructora rival que llevaba años intentando fusionarse con ellos. Qué conveniente que ella tuviera esa información. —No quiero reuniones —cortó—. Inicien una auditoría interna. Si alguien en compras está robando para meter material barato, quiero su cabeza en una bandeja. Y en cuanto a la señorita Thompson... agradécele el dato, pero mantenla lejos. No me gustan las mujeres que juegan a ser espías. ***** A las ocho en punto, el Bugatti negro de Massimo frenó frente al Restaurante Luxor. Su sola presencia emanaba autoridad; los empleados se tensaron al verlo caminar hacia el área VIP. Su padre lo esperaba en un salón privado con una pared de cristal unidireccional. Al otro lado, en el salón principal, varias mujeres cenaban casualmente, sin saber que eran observadas como ganado en una feria. —Ahí las tienes —dijo Andrés con orgullo—. La crema y nata de la sociedad. Massimo las barrió con la mirada, aburrido. Todas parecían iguales: vestidos caros, risas ensayadas y ojos vacíos. Hasta que su vista se detuvo en la mesa seis. Era una rubia despampanante, de porte regio y mirada afilada. No sonreía como las demás; miraba su teléfono con gesto de aburrimiento, como si el mundo no mereciera su atención. —La de la mesa seis —dijo Massimo sin pensarlo mucho. Andrés sonrió de oreja a oreja. —¡Excelente elección! Es Clara Thompson. La única heredera del imperio constructor. Sabía que su belleza te atraparía. —No es su belleza, padre. Es que parece tan fría como yo. Será un matrimonio práctico. Tráela. Minutos después, Clara entró al privado. Caminaba moviendo las caderas con una elegancia depredadora. Al ver a Massimo, sus ojos brillaron, no de amor, sino de ambición. —Señor Carusso —dijo con voz aterciopelada—, es un placer. Aunque debo decir que su auditoría en el proyecto Tristán está causando mucho ruido. Quizás si fusionamos nuestras empresas, podría ayudarle a... limpiar el desorden. Massimo arqueó una ceja. La mujer era audaz. —Vayamos al grano, señorita Thompson. Mi padre quiere un nieto. Yo quiero el control total de mi empresa. Usted quiere una fusión. Clara sonrió, complacida por la franqueza. —Me gusta cómo piensa. Haremos un gran equipo. Usted pone el apellido, yo pongo el útero y ambos nos quedamos con el poder. Trato hecho. Sellemos ese acuerdo. Clara se inclinó para besarlo en los labios, pero Massimo apartó el rostro con desagrado, y se lo dio en la mejilla. Él tomó una servilleta, y se limpió con asco, viendo la gruesa capa de pintura que había quedado. —Espero que esta sea la última vez. Esto solo es un trato comercial. Nada más, No te olvides. Ella sonrió, pero no dijo nada. Discutieron las condiciones como dos generales trazando un mapa de guerra. El ambiente era gélido, puramente transaccional. En ese momento, la puerta se abrió. Una joven mesonera entró con una bandeja llena de bebidas. Caminaba con cuidado, mirando al suelo con timidez. Desde que Clara la vio, no le cayó bien, le desagradó tanto que le revolvió el estómago. Así que cuando Diana pasó cerca de su silla para servir el vino a Massimo, Clara, con un movimiento rápido y disimulado bajo el mantel, estiró la pierna. El tacón de Clara se enganchó en el tobillo de Diana. —¡Ah! —exclamó la chica. Diana perdió el equilibrio. La bandeja voló de sus manos y ella se precipitó hacia adelante, cayendo pesadamente sobre el regazo de Massimo. El vino tinto bañó la camisa inmaculada del magnate, pero Massimo no se movió para apartarla. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sintió el cuerpo cálido y tembloroso de la joven contra su pecho, y un aroma suave, a flores silvestres y lluvia, invadió sus sentidos, golpeándolo con una intensidad que ninguna mujer en ese salón había logrado provocar.Diana sintió que el suelo del hospital se abría bajo sus pies. Las palabras de Clara Thompson flotaban en el aire estéril, tan absurdas y monstruosas que su cerebro se negaba a procesarlas.—¿Que ocupe... su lugar? —repitió Diana, con la voz ahogada—. ¿Está loca? ¡Eso es una violación! ¡Es el engaño más vil que he escuchado en mi vida!Clara ni siquiera parpadeó. Mantuvo esa sonrisa gélida y perfecta, cruzando las piernas con elegancia en la silla de plástico barato.—No seas dramática, querida. No es una violación si es su esposa quien entra en la habitación. Legalmente, él estará cumpliendo con sus deberes conyugales conmigo. —Clara señaló su propio pecho con una uña perfectamente manicurada—. Que el cuerpo sea el tuyo es solo un... detalle técnico. Un trámite necesario.—¡Es un ser humano! ¡Es el hombre que me salvó la vida! —Diana se puso de pie, temblando de indignación—. No voy a ser partícipe de esto. No le haré esto a él. Prefiero morir de hambre que caer tan bajo.Diana se di
El regreso a la consciencia no fue gradual; fue violento, como emerger de un pozo de agua helada buscando aire desesperadamente.Massimo aspiró una bocanada de aire, pero el movimiento le provocó un dolor punzante en el tórax que le arrancó un gemido ronco. Sentía el cuerpo pesado, como si estuviera hecho de plomo fundido, y un latido sordo y constante martilleaba sus sienes.—¡Se ha despertado! —escuchó una voz femenina, lejana y distorsionada por el zumbido en sus oídos. Era su madre, Isabella.—Llamen al doctor, rápido. —Esa era la voz de su padre, Andrés. Sonaba más viejo, más cansado.Massimo intentó abrir los ojos. Sentía los párpados pesados, pegajosos. Hizo un esfuerzo titánico y logró separarlos. Esperaba ver el techo blanco del hospital, las luces fluorescentes, los rostros preocupados de sus padres.Pero no vio nada.Absolutamente nada.Solo una oscuridad densa, impenetrable y asfixiante, como si lo hubieran encerrado en una caja fuerte en el fondo del océano.—¿Madre? —pre
La orden fue dicha en un tono bajo, grave, pero tuvo el efecto de un trueno. Massimo Carusso se había puesto de pie. Caminó hacia el centro del desastre con pasos lentos y depredadores. Su sola presencia hizo que el jefe de meseros soltara a Diana de inmediato y retrocediera.Massimo miró a Clara con una frialdad que heló la sangre de los presentes.—Massimo, mi amor, mira lo que me hizo esta inútil... —empezó a quejarse Clara, adoptando su papel de víctima.—La golpeaste —dijo él. No era una pregunta. Era una acusación.—Ella arruinó mi...—¡Es un maldito vestido, Clara! —rugió Massimo, perdiendo la compostura por primera vez en años. La hipocresía, el lujo vacío, la crueldad de su esposa... todo le revolvió el estómago.—Ella es una persona. Y está sangrando.Massimo bajó la vista hacia Diana. La chica estaba temblando, rodeada de cristales, mirándolo con terror y asombro. En medio de ese mundo artificial de plástico y mentiras, sus ojos llenos de dolor real eran lo único auténti
Una semana despuésEl "sí, acepto" de Massimo Carusso sonó más como una sentencia de muerte que como una promesa de amor eterno.Su voz grave retumbó en las paredes de piedra de la Basílica de la Inmaculada, carente de cualquier emoción. A su lado, Clara Thompson sonreía con la perfección plástica de una muñeca de escaparate, apretando su mano con una fuerza posesiva que hizo que las uñas de manicura francesa se clavaran en la palma de Massimo.—Puede besar a la novia —anunció el sacerdote, visiblemente incómodo por la frialdad que irradiaba el novio.Massimo se inclinó. Fue un beso técnico, seco, calculado para la prensa que esperaba afuera y para los cientos de invitados de la alta sociedad que llenaban los bancos. Al separarse, vio el triunfo en los ojos azules de Clara. No era amor lo que brillaba allí; era la satisfacción de haber cerrado el trato comercial más importante de su vida. Ella ahora era una Carusso. Él ahora tenía el útero que le daría el heredero para callar a su p
—Lo siento, señor, me tropecé —balbuceó Diana, intentando incorporarse, con el pánico brillando en sus ojos color miel.Massimo tardó un segundo en reaccionar. No por el vino que empapaba su camisa de seda italiana, sino por la electricidad que le recorrió el cuerpo al sentir las manos pequeñas de la chica sobre su pecho. Su aroma, una mezcla de vainilla barata y algo puramente femenino, le llenó los pulmones, borrando por un instante el olor a perfume costoso de Clara.—¡Quítate de encima, estúpida! —el grito de Clara rompió el hechizo.La rubia se levantó de un salto y jaló a Diana del brazo con tal violencia que sus uñas se clavaron en la piel de la chica.—¡Maldita inepta! —bramó Clara, sacudiéndola—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Es un traje de cinco mil dólares!—Fue un accidente, señorita Thompson... usted me puso el pie —se defendió Diana con la voz temblorosa, intentando soltarse.—¿Acaso me estás culpando de tu torpeza? —Clara soltó una risa histérica—. ¡Eres una descarada! Lo h
Capítulo 1. La prometida.—Massimo, debes casarte si no quieres perder el control de la empresa —la voz de Andrés Carusso resonó con dureza en la oficina de cristal.Massimo ni siquiera levantó la vista de los documentos que firmaba.—¿En serio piensas amenazarme con lo único valioso para mí con tal de cumplir tus caprichos seniles? —respondió, dejando la pluma sobre el escritorio con un golpe seco.—¡Quiero un heredero! Y voy a valerme de cualquier medio para que me lo des —enfatizó su padre, golpeando el bastón contra el suelo—. Tienes treinta y dos años. Ya basta de juegos.Massimo suspiró, recostándose en su silla de cuero. Sabía que su padre no estaba bromeando. El viejo Andrés era capaz de vender la empresa a la competencia solo para darle una lección.—Está bien —cedió Massimo con frialdad, como quien cierra un trato aburrido—. Acepto. Escoge a la mujer, pon la fecha y allí estaré. Pero no esperes que juegue al marido enamorado.—Esta noche —sentenció Andrés, ignorando el sarca
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