Mundo ficciónIniciar sesiónPara Massimo Carusso lo único importante, son las empresas Carusso y para mantenerlas, está dispuesto a todo, hasta casarse como quiere su padre para darle el nieto que tanto desea, por eso no duda en escoger como esposa a Clara Thompson, creyendo que con ella podrá lograr el heredero que tanto ansían sus padres, lo que no sabe es que su futura esposa, no está interesada en ser madre, solo le importa el poder y el dinero y eso solo puede lograrlo fusionando el patrimonio de su familia con los Carusso, pero sabe que necesita darle el hijo que tanto quiere, por eso obliga a Diana Parker a la hija de la amiga de su madre, bajo chantaje a tener intimidad con su esposo y darle a los Carusso el heredero que tanto quieren ¿Aceptará Diana el chantaje? ¿Si lo hace sería capaz de renunciar a su hijo? ¿Qué hará Massimo cuando sepa la verdad?
Leer más—Massimo, debes casarte si no quieres perder el control de la empresa —la voz de Lorenzo Carusso resonó con dureza en la oficina de cristal.
Massimo ni siquiera levantó la vista de los documentos que firmaba. —¿En serio piensas amenazarme con lo único valioso para mí con tal de cumplir tus caprichos seniles? —respondió, dejando la pluma sobre el escritorio con un golpe seco. —¡Quiero un heredero! Y voy a valerme de cualquier medio para que me lo des —enfatizó su padre, golpeando el bastón contra el suelo—. Tienes treinta y dos años. Ya basta de juegos. Massimo suspiró, recostándose en su silla de cuero. Sabía que su padre no estaba bromeando. El viejo Lorenzo Andrés, era capaz de vender la empresa a la competencia solo para darle una lección. —Está bien —cedió Massimo con frialdad, como quien cierra un trato aburrido—. Acepto. Escoge a la mujer, pon la fecha y allí estaré. Pero no esperes que juegue al marido enamorado. —Esta noche —sentenció Lorenzo, ignorando el sarcasmo de su hijo—. En el Restaurante Luxor, a las ocho. He seleccionado a las candidatas de las mejores familias. Tú solo tienes que señalar a la que toleres más. Massimo hizo un gesto de despedida con la mano, echándolo de su oficina. El matrimonio para él no era más que una fusión corporativa; una cláusula molesta en el contrato de su vida. El resto del día fue un infierno administrativo. Apenas su padre salió, su asistente entró pálido. —Señor Carusso, tenemos un problema con el proyecto Tristán. Alguien filtró que se están usando materiales de baja calidad en los cimientos. Massimo se puso de pie, sus ojos Verdes destellando furia. —¿Quién es el responsable? —Aún no lo sabemos con certeza, señor, pero... una de nuestras socias corporativas, la señorita Thompson, fue quien nos alertó del rumor antes de que llegara a la prensa. Ella sugiere una reunión urgente. Massimo frunció el ceño. Thompson. La familia Thompson tenía una constructora rival que llevaba años intentando fusionarse con ellos. Qué conveniente que ella tuviera esa información. —No quiero reuniones —cortó—. Inicien una auditoría interna. Si alguien en compras está robando para meter material barato, quiero su cabeza en una bandeja. Y en cuanto a la señorita Thompson... agradécele el dato, pero mantenla lejos. No me gustan las mujeres que juegan a ser espías. ***** A las ocho en punto, el Bugatti negro de Massimo frenó frente al Restaurante Luxor. Su sola presencia emanaba autoridad; los empleados se tensaron al verlo caminar hacia el área VIP. Su padre lo esperaba en un salón privado con una pared de cristal unidireccional. Al otro lado, en el salón principal, varias mujeres cenaban casualmente, sin saber que eran observadas como ganado en una feria. —Ahí las tienes —dijo Lorenzo con orgullo—. La crema y nata de la sociedad. Massimo las barrió con la mirada, aburrido. Todas parecían iguales: vestidos caros, risas ensayadas y ojos vacíos. Hasta que su vista se detuvo en la mesa seis. Era una rubia despampanante, de porte regio y mirada afilada. No sonreía como las demás; miraba su teléfono con gesto de aburrimiento, como si el mundo no mereciera su atención. —La de la mesa seis —dijo Massimo sin pensarlo mucho. Lorenzo sonrió de oreja a oreja. —¡Excelente elección! Es Clara Thompson. La única heredera del imperio constructor. Sabía que su belleza te atraparía. —No es su belleza, padre. Es que parece tan fría como yo. Será un matrimonio práctico. Tráela. Minutos después, Clara entró al privado. Caminaba moviendo las caderas con una elegancia depredadora. Al ver a Massimo, sus ojos brillaron, no de amor, sino de ambición. —Señor Carusso —dijo con voz aterciopelada—, es un placer. Aunque debo decir que su auditoría en el proyecto Tristán está causando mucho ruido. Quizás si fusionamos nuestras empresas, podría ayudarle a... limpiar el desorden. Massimo arqueó una ceja. La mujer era audaz. —Vayamos al grano, señorita Thompson. Mi padre quiere un nieto. Yo quiero el control total de mi empresa. Usted quiere una fusión. Clara sonrió, complacida por la franqueza. —Me gusta cómo piensa. Haremos un gran equipo. Usted pone el apellido, yo pongo el útero y ambos nos quedamos con el poder. Trato hecho. Sellemos ese acuerdo. Clara se inclinó para besarlo en los labios, pero Massimo apartó el rostro con desagrado, y se lo dio en la mejilla. Él tomó una servilleta, y se limpió con asco, viendo la gruesa capa de pintura que había quedado. —Espero que esta sea la última vez. Esto solo es un trato comercial. Nada más, No te olvides. Ella sonrió, pero no dijo nada. Discutieron las condiciones como dos generales trazando un mapa de guerra. El ambiente era gélido, puramente transaccional. En ese momento, la puerta se abrió. Una joven mesonera entró con una bandeja llena de bebidas. Caminaba con cuidado, mirando al suelo con timidez. Desde que Clara la vio, no le cayó bien, le desagradó tanto que le revolvió el estómago. Así que cuando Diana pasó cerca de su silla para servir el vino a Massimo, Clara, con un movimiento rápido y disimulado bajo el mantel, estiró la pierna. El tacón de Clara se enganchó en el tobillo de Diana. —¡Ah! —exclamó la chica. Diana perdió el equilibrio. La bandeja voló de sus manos y ella se precipitó hacia adelante, cayendo pesadamente sobre el regazo de Massimo. El vino tinto bañó la camisa inmaculada del magnate, pero Massimo no se movió para apartarla. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sintió el cuerpo cálido y tembloroso de la joven contra su pecho, y un aroma suave, a flores silvestres y lluvia, invadió sus sentidos, golpeándolo con una intensidad que ninguna mujer en ese salón había logrado provocar.Cinco años despuésEl aire helado de los Alpes suizos golpeó el rostro de Renzo.Bajó de la camioneta Suburban negra blindada. Su bota táctica pisó la nieve dura.No llevaba traje de sastre de diez mil euros esta vez. Llevaba una chaqueta táctica de color azul oscuro, reforzada, sin insignias, con un chaleco ligero por debajo. Pantalones de carga oscuros y gruesos. Sus manos grandes estaban cubiertas por guantes tácticos de cuero negro.Se giró hacia la puerta trasera.Abrió la hoja de metal pesada.Vittorio, su hijo de cinco años, saltó al suelo con una agilidad natural. Llevaba un abrigo de lana oscuro con el cuello de piel. Gorro de lana gris. Sus ojos negros y letales como los de Renzo Castelli escanearon el perímetro blanco con puro cálculo instintivo. No sonrió. No se quejó del frío. Simplemente esperó.Renzo metió la mano en la cabina.Sacó a Caterina, su hija de tres años. La niña llevaba un abrigo rosa pálido, grueso y cálido, con el gorro blanco. Tenía los mismos ojos de Val
Un mes y medio despuésLa puerta de caoba del penthouse se cerró de golpe.Renzo giró la llave de acero. Pasó el seguro principal. Clic.Bajó el pasador de metal grueso. Clic.Estaban completamente solos. Marco y los hombres de seguridad tenían órdenes estrictas de quedarse en el pasillo exterior. Nadie cruzaría esa puerta. El mundo entero se quedó afuera.Renzo se giró.Su cuerpo inmenso ocupó el espacio del vestíbulo. Llevaba su traje oscuro impecable, pero se aflojó el nudo de la corbata de seda negra con un tirón seco de su mano derecha.En su brazo izquierdo, sostenía a su hijo. El pequeño dormía profundamente, envuelto en una manta térmica de algodón blanco.Valentina estaba a dos pasos de distancia.Se quitó los tacones negros. Los dejó caer sobre la alfombra gris sin importarle el ruido. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Llevaba un vestido oscuro, holgado, cómodo para su cuerpo. Su cabello negro le caía suelto por la espalda. Estaba agotada físicamente, pero su postura
Una hora después, Marco empujó la puerta doble de cristal opaco de la habitación clínica.Los rieles metálicos rechinaron con un sonido agudo. Cortaron el silencio aséptico del cuarto blanco.Vittorio Castelli cruzó el umbral primero. Su bastón de plata golpeó las baldosas pulidas del suelo. Un golpe sonoro. Seco. Autoritario. Caminó tres pasos hacia adelante y frenó en seco en el centro de la habitación.Detrás del anciano patriarca, entraron los padres de Valentina. Caminaban despacio. Arrastraban las suelas de sus zapatos caros. El padre se secó el sudor de la frente con un pañuelo arrugado. La madre la miró preocupada y con la respiración contenida.Massimo y Diana cerraron el grupo. Entraron a pasos firmes. Se quedaron cerca de la puerta. Cubriendo la retaguardia por puro instinto táctico.Renzo no se movió de su posición.Estaba de pie junto a la cabecera de la cama de su mujer. Su cuerpo inmenso bloqueaba casi toda la visión hacia Valentina. Llevaba la bata quirúrgica azul abie
Meses después.El dolor le partió la espalda baja en dos mitades exactas.Valentina apretó los dientes. El sonido del hueso chocando contra el hueso llenó la habitación blanca y esterilizada. Tiró de las sábanas de la cama de hospital con las dos manos. Sus nudillos se pusieron completamente blancos por la fuerza del agarre.Renzo estaba de pie justo a su lado derecho.Llevaba una bata quirúrgica de color azul claro sobre su camisa negra a medida. No llevaba corbata. Las mangas de la camisa estaban remangadas hasta los codos.Agarró la mano izquierda de Valentina.Ella le clavó las uñas directamente en la piel de la muñeca. Renzo no se quejó. No apartó el brazo ni un milímetro. Dejó que ella drenara todo el dolor físico contra su propio cuerpo. Se mantuvo firme como un muro de concreto.El monitor fetal a la izquierda de la cama emitía pitidos rápidos. Constantes. Rítmicos.—Respira —ordenó Renzo. Su voz fue ronca. Un gruñido bajo y estrictamente territorial.—No me digas qué maldita





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