LA ÚLTIMA SUBASTA DEL DIAMANTE

—Lo siento, señorita Diamond. Sé que esto no es caballeroso de mi parte, y hasta podría decirse que es una falta de respeto hacia usted... pero me temo que no puedo seguir adelante con esto. He decidido romper nuestro compromiso.

Diamond observó al hombre frente a ella, el joven Smith. El pobre tipo estaba sudando tanto que el cuello de su camisa parecía a punto de asfixiarlo.

Por fuera, Diamond le regaló una pequeña sonrisa trémula, la imagen misma de la fragilidad herida, esa que hacía que los hombres quisieran protegerla antes de huir de ella.

Pero por dentro, la frustración le quemaba la garganta como ácido.

Sus manos, ocultas bajo el mantel de lino del restaurante más caro de Nueva York, se apretaron hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas, buscando un dolor físico que distrajera su rabia.

«No de nuevo», pensó con un cinismo gélido. «No, otra vez este patético desfile de cobardes».

—Eso es una completa falta de palabra, señor Smith.

La voz de Arthur Valentine, su padre, resonó en el salón privado con una autoridad que hizo vibrar las copas de cristal.

Diamond no necesitaba mirar a su alrededor para saber qué estaba ocurriendo.

Smith estaba aterrorizado. En los círculos de poder de Manhattan, Diamond no era una mujer; era un presagio de muerte.

La "Viuda Negra". Cuatro prometidos antes que él habían terminado en una tumba o huyendo del país en circunstancias misteriosas antes de poder ponerles un anillo.

—Lo lamento, señor Valentine. Le pido mil disculpas... —balbuceó Smith. Sus ojos saltaban desesperadamente hacia la esquina de la habitación, donde Killian Valentine, el hermano mayor de Diamond, permanecía de pie en las sombras.

Killian no decía nada.

Solo jugaba con un encendedor de oro; el clic-clac del metal era el único sonido en los silencios de Smith.

Observaba al prometido con la fijeza de un lobo que está decidiendo por dónde empezar a morder. Diamond sintió un escalofrío.

Ella sabía que Smith no se iba porque no la quisiera; se iba porque Killian le había dado a elegir entre su vida o el matrimonio.

—Espero una compensación por este insulto —sentenció Arthur. Para él, Diamond no era una hija, era una acción de mercado que acababa de desplomarse frente a sus ojos.

—Por supuesto. El trato comercial... se hará bajo sus términos —cedió Smith, ansioso por escapar con vida. Miró a Diamond una última vez, con una mezcla de lástima y deseo culpable—. Señorita Diamond... si usted desea algo para compensar el daño, yo...

«Sácame de aquí. Dame una pistola. Quema esta ciudad conmigo adentro», quiso gritar ella.

Pero su voz, esa máscara de sumisión que había entrenado durante años, salió suave y rota: —No necesito nada, señor Smith. Con que haga feliz a mi padre y compense sus negocios, estaré satisfecha. Soy... solo una mujer, después de todo.

En cuanto Smith huyó del salón como si el mismo diablo lo persiguiera, la puerta de roble se cerró con un chasquido final.

El silencio que quedó era tóxico, cargado del olor al tabaco de su padre y la presencia asfixiante de su hermano.

Diamond apenas tuvo tiempo de tensar los músculos antes de que la bofetada de su padre la lanzara al suelo.

El impacto fue seco. El sabor metálico de la sangre inundó su boca instantáneamente.

Diamond cayó sobre la alfombra, con el cabello rubio cubriéndole el rostro.

No lloró.

Había aprendido que las lágrimas solo excitaban más la crueldad de Arthur.

—¡Maldita basura inútil! —rugió Arthur, agarrándola del cabello y obligándola a arrodillarse frente a él—. ¿Tienes idea de cuánto dinero he perdido hoy? ¡Ese idiota era mi entrada al mercado europeo! Ahora tengo que lamerle las botas por tu culpa, por tu maldita fama de mujer maldita.

Diamond miró de reojo a Killian. Su hermano no se había movido de la esquina. Tenía una sonrisa de satisfacción que le revolvió el estómago. Él lo había hecho. Él era el arquitecto de su soledad.

—Padre, cálmate —dijo Killian, acercándose con pasos felinos. Su voz era seda pura, lo que la hacía doblemente peligrosa—. Si nuestra querida "Día" no se casa con un débil como Smith, tenemos una oportunidad mejor. Los North han solicitado una alianza. El Capitán Ridell North está dispuesto a aceptarla a cambio de que detengamos la presión sobre sus rutas en el Este.

Diamond se tensó tanto que sintió que sus huesos crujían. Los North.

Hombres de guerra, fríos, distantes.

Casarse con Ridell North significaba ser enviada al exilio, a las tierras heladas y remotas donde el apellido Valentine no tenía el mismo peso.

Arthur soltó el cabello de Diamond con un empujón que la hizo tambalear. —Hablaré con ellos. Te casarás la próxima semana. Y esta vez, Diamond... —Arthur se agachó, apretándole la mandíbula con una fuerza que amenazaba con dislocarla—. Fui yo quien te sacó de la miseria cuando no eras nada. Te crié como a una reina solo para que fueras mi mejor moneda de cambio. Si este matrimonio falla, te juro que desearás haber muerto con tus anteriores esposos.

—Sí, padre... lo haré bien —susurró ella, fingiendo un temblor que no sentía. Su miedo a Arthur se había evaporado hacía años, reemplazado por un odio frío y calculador.

Arthur salió del salón, dejando tras de sí un rastro de desprecio. Killian se quedó atrás.

Se arrodilló frente a ella y, con una delicadeza que le helaba la sangre, le apartó el cabello para ver la marca roja en su mejilla.

Sus dedos rozaron la piel herida y Diamond tuvo que luchar para no escupirle en la cara.

—Pobrecita mi pequeña niña... —susurró Killian, su aliento rozando el oído de Diamond—. He tenido que espantar a tantos pretendientes para que entiendas que eres mía, Diamond. Solo mía. Eres mi diamante perfecto, y no voy a permitir que nadie más te ensucie con sus manos mediocres.

Diamond sintió una náusea violenta.

Sabía que Killian la observaba desde las sombras de la mansión, que entraba en su habitación por las noches solo para verla dormir, asegurándose de que seguía bajo su control.

Era un psicópata con cara de ángel.

—No permitas que ese hombre North te toque —continuó Killian, apretándole el mentón para obligarla a mirarlo a los ojos—. Sé una perra con él. Haz que te odie. Sé una niña mala para él, y mantente como mi niña buena para cuando yo regrese por ti. Recuerda que eres basura que nadie quiso, excepto yo.

—Nunca lo olvidaré, hermano —respondió ella, bajando la mirada para ocultar el brillo de puro odio en sus ojos azules.

Cuando Killian finalmente se marchó, Diamond se puso de pie lentamente. Se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y miró su reflejo en el espejo del salón. La "Viuda Negra" no estaba asustada. Estaba lista.

Ellos creían que la estaban enviando a un castigo en Transilvania, a los brazos de un hombre de hielo.

No sabían que el Capitán Ridell North, el hombre más letal del ejército, era su única salida.

Si tenía que quemar el mundo entero para escapar de las manos de Killian, lo haría.

"Espérame, Capitán North", pensó, mientras su verdadera personalidad, mordaz y calculadora, tomaba el control absoluto de su mente.

"No tienes idea del monstruo que te están enviando en una caja de regalo. Y no tienes idea de lo que soy capaz de hacer para que este contrato sea mi libertad".

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